Archivo mensual: agosto 2012

El buen salvaje

Estos indígenas ni están en guerra ni son salvajes, atención, cenutrio occidental.

Uno de los mitos que más me tocan las narices es el del buen salvaje. Precisamente he tenido que recordarlo porque desde hace unas semanas, a la hora en la que veo la tele a mediodía, en Discovery Max ponen unos anuncios de la oenegé Survival, que según su página web se dedica a “defender los derechos de los pueblos indígenas tribales de todo el mundo” (sic) porque “ellos saben lo que más les conviene y tienen derecho a elegir un modo de vida diferente. Los pueblos indígenas no son atrasados, primitivos ni pertenecen a la Edad de Piedra.” (resic, y además subrayado, para que quede bien claro).

Bueno, a lo que iba. El anuncio de marras:

Vamos a ver. Sin entrar en más disquisiciones sobre las oenegés que muchas veces, demasiadas, hacen más daño que otra cosa (como demuestra este libro altamente recomendable), sobre el culto al primitivismo, la manipulación de la realidad diciendo que estas sociedades ni tienen guerras ni pobreza, el mito del buen salvaje, la crítica más o menos burda a Occidente y la civilización, el buenismo y demás mandangas, me parece un anuncio profundamente estúpido, porque si los salvajes son tan guays, viven tan bien, y el progreso es tan malo y los occidentales somos los verdaderamente primitivos, no deja de tener su aquél que estos señores de Survival empleen la tele, internet y los medios de comunicación para que el malvado occidental limpie su conciencia aflojando la pasta. Que yo sepa, resulta que la tele, la radio, internet, las cámaras con las que retratan a estas simpáticas tribus, los aviones en los que han viajado para conocer a las mismas, y hasta las cuentas corrientes en las que los decadentes occidentales les ingresan parte de sus ahorros a las oenegés son, precisamente, producto de la malvada y ruin civilización.

Eso de no morder la mano que te da de comer parece que no se les ha ocurrido.

Radio Days

Estos miércoles de agosto he tenido la suerte de poder participar en la sección Los Libros de Es la mañana de Federico en esRadio. Con Carmen Carbonell al frente ha sido fácil y lo he pasado estupendamente. Me sugiere mi amigo Miguel, siempre tan atento, que recopile los audios de los programas para quienes se los hayan perdido, y sus deseos son órdenes. Así que aquí os los dejo, sólo tenéis que hacer clic en el título de las obras reseñadas y accederéis al audio de la sección completa.

Ah, para los que no lo sepáis, en el espacio reseñan Andrés Amorós (clásicos), Jorge Alcalde (Ciencia), Ayanta Barilli (infantil y juvenil) y servidora, que ha intentado tirar por Historia y Arte. Como siempre, no estáis obligados a oírme. (Me suena esto…)

Lisístrata en Togo

Leo en el WP esta noticia y muchos comentan que qué buena idea, que qué originales y que así se combate el machismo y tal: “Togolese women vow sex strike to press for resignation of President Faure”.

lisistrata

Nada nuevo bajo el sol, señores. Hace unos cuantos siglos, un griego del que a lo mejor han oído hablar, un tal Aristófanes, planteó esa misma idea en una comedia llamada Lisístrata. En ella, la heroína convence a las mujeres atenienses de que se declaren en huelga de sexo para obligar a los hombres a detener la guerra. La obra ha sido esgrimida a menudo por pacifistas y feministas, y hasta hubo un Proyecto Lisístrata de lectura de la obra en varios países para recaudar fondos destinados a oenegés por la paz. En fin.

 

 

Los archivos pulineros: La voz de la nación

Hace unos días, en el cine, poco antes de que comenzara la proyección de la excelente películaEl discurso del Rey, escuché una conversación entre dos respetables señoras que estaban sentadas detrás de mí. Una preguntaba quién era el rey del título, a lo que la otra respondió que creía que Enrique IV, hijo de “no sé quién”. Iluminada, la primera dama repuso: “Ah, sí, el de ‘Mi reino por un caballo'”. “Pero eso fue más tarde, en la guerra”, puntualizó su docta interlocutora.

Jorge VI es uno de los soberanos británicos menos conocidos en España. Tampoco es que sus antecesores sean escandalosamente populares, pero, gracias sobre todo al cine y la televisión, Enrique VIII, la reina Victoria, Isabel I o Ricardo Corazón de León nos resultan algo más familiares, por muy distorsionados que sean a veces los retratos que de ellos se hacen. Jorge VI, padre de la actual soberana, Isabel II, es prácticamente un desconocido entre nosotros, apenas un personaje secundario en filmes sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre su infinitamente más famoso hermano, el duque de Windsor. Pues bien, igual la cinta de Tom Hooper contribuye a que cambien algo las cosas. Voy a tratar de aportar mi granito de arena.

Alberto Federico Arturo Jorge, segundo de los cinco hijos de Jorge V y María, nació el 14 de diciembre de 1895 en York Cottage, en la finca real de Sandringham. Se le bautizó con el nombre de Alberto en honor a su bisabuelo, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, esposo de la reina Victoria, la cual al parecer no acogió con especial alegría el nacimiento de nuestro hombre: y es que el pobre tuvo la mala fortuna –la primera de muchas– de nacer el día del aniversario del fallecimiento del idolatrado Príncipe Consorte. Para complacerla, el padre de la criatura propuso que llevara el nombre del difunto; no es que la anciana soberana no cupiera en sí de alegría, pero el detalle sirvió para animarla un poco y que le tuviera menos tirria al chico.

Alberto (Bertie para la familia) fue siempre el patito feo. Pronto manifestó problemas físicos y de salud: estaba desnutrido, tenía las piernas zambas, tics nerviosos y problemas digestivos. Además, padecía una extrema timidez y un tartamudeo que le acompañó, en mayor o menor grado, el resto de su vida. A ver quién se sorprende: a Bertie, vivir a la sombra de dos personalidades tan fuertes y distintas de la suya no hacía sino volverle más y más inseguro, torpe y enfermizo. Su hermano Eduardo (o David, como le llamaban los íntimos) tenía todo de lo que a él, al parecer, le faltaba: encanto, atractivo, confianza en sí mismo, habilidad en los deportes, popularidad… Pese a que, sin duda, quería a su hermano, a veces se burlaba de él de forma cruel. En realidad, era lo que hoy llamaríamos un pijazo con bastante mala sombra. Su padre, que seguía el simpático criterio pedagógico de inspirar en sus hijos el mismo temor reverencial que le inspirara en tiempos el suyo (Eduardo VII), ayudaba poco, con sus maneras bruscas y su poca paciencia, a que ganara confianza. Además, sus vástagos tenían que seguir sus pasos fielmente: así que todos cazaban, todos coleccionaban sellos y todos debían hacer carrera en la Marina.

En 1909, con trece años, Alberto ingresó como cadete en la Escuela Naval de Osborne, donde su hermano llevaba ya dos años. Al año siguiente su padre subió al trono y se convirtió en Jorge V, con lo que él pasó a ser el segundo en la línea de sucesión, tras Eduardo. Osborne, un antiguo palacio que la reina Victoria había hecho construir en la isla de Wight como residencia estival, no entusiasmó al pobre Bertie: era un estudiante mediocre, y en los exámenes acabó el último de su promoción. En la Escuela Naval de Dartmouth tampoco destacó. Finalmente, ingresó en la Armada… y no le fue mejor: padecía frecuentes gastritis… ¡y se mareaba al navegar! Ahora bien, cuando le tocó ponerse a prueba, nada menos que en la Batalla de Jutlandia, la mayor batalla naval de la Primera Guerra Mundial, no hizo mal papel. Poco después, y dado que se agravaron sus problemas de salud, fue transferido a la Fuerza Aérea, donde sirvió en puestos de despacho, lejos del frente.

En 1917 tuvo lugar un acontecimiento clave para toda la familia y para el mismo Imperio Británico: el rey Jorge decidió cambiar el nombre de la dinastía: Sajonia-Coburgo-Gotha, tan germánico y poco adecuado en plena guerra, por el eminentemente británico de Windsor. Además, aquél renunció, para sí y para toda la Casa (“la Empresa”, la llamaba él), a todos los títulos, rangos, distinciones y honores alemanes. Estos cambios agradaron a la población, que aborrecía todo lo que le recordara en lo más mínimo a los odiados hunos. Como muestra de lo alterados que andaban los ánimos por Gran Bretaña, señalaremos que numerosos dueños de perros salchicha fueron agredidos, ante la sospecha de que simpatizaban con el enemigo.

El papel de la Familia Real durante la contienda fue, en general, ejemplar. La conducta de sus padres sirvió de guía a Bertie, ya convertido en Jorge VI, durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero volvamos a la Primera. Una vez finalizada, nuestro hombre ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde se dedicó, fundamentalmente, a hacer el gamberrete y pasarlo bien. En 1920 su padre le otorgó el título de Duque de York.

En 1923 tomó la que posiblemente fue la mejor decisión de su vida: casarse con lady Isabel Bowes-Lyon, hija de un conde escocés. Isabel fue para él representante, secretaria, relaciones públicas, consejera, amiga, compañera fiel… Le ayudó a superar muchos de sus problemas, como el del tartamudeo y el miedo a hablar en público; a tal fin, le animó a visitar a diversos especialistas: fue Lionel Logue, un excéntrico terapeuta australiano, quien dio por fin con el enfoque, el tratamiento correcto. Pese a las inevitables licencias dramáticas, la relación entre Logue y Jorge VI está muy bien tratada en la película de Hooper; excelente película, por si no lo he dicho antes.

Alberto, Isabel y sus dos hijas (Isabel y Margarita) formaban la perfecta familia británica. Muy queridos por la población, su modélica (y aburrida) vida doméstica contrastaba enormemente con la que llevaba el príncipe de Gales: aficionado a las fiestas, el lujo, el juego y, sobre todo, a las mujeres casadas, su conducta era motivo de gran preocupación para su padre. Al final de sus días, Jorge V anhelaba que fuera su segundo hijo quien, pese a sus deficiencias, heredara la corona. Llegó a desear que Eduardo nunca se casara ni tuviera hijos, para que así nada se interpusiera entre Bertie, su querida y mimada nieta Isabel y el trono. La relación de Eduardo con una divorciada estadounidense de dudosa reputación, Wallis Warfield Simpson, le inquietaba especialmente; su hijo era el príncipe de Gales más popular de la historia, y aun así parecía decidido a echarlo todo por la borda por “esa mujer”, como la llamaba siempre la duquesa de York. Poco antes de su muerte, el Rey vaticinó: “Cuando yo muera, el chico no aguantará ni doce meses”.

Por no aguantar, no aguantó ni once. Jorge V falleció en Sandringham el 20 de enero de 1936, y Eduardo VIII, decidido a casarse con la Sra. Simpson, abdicó el 11 de diciembre de ese mismo año, sin haber llegado siquiera a ser coronado.

Con enorme pavor, Alberto se vio haciendo frente a lo que siempre había temido: el trono. La reina Isabel y su suegra, la reina María, estaban espantadas: el Rey de Inglaterra había abandonado su deber por una mujer. La población se sentía abandonada y defraudada. ¿Estaría Alberto a la altura de las circunstancias? No lo parecía, en absoluto. La imagen de la Corona se hundió hasta cotas abisales.

El nuevo soberano eligió el nombre de Jorge VI en honor a su padre, para ofrecer una imagen de continuidad dinástica y restaurar la confianza en la monarquía. Fue coronado en Westminster el 12 de mayo del 36, fecha prevista para la coronación de su hermano. El escritor Evelyn Waugh auguró que aquél sería uno de los reinados más desastrosos de la historia de la nación, y los funestos acontecimientos que se sucedieron parecían darle la razón: los ignominiosos Acuerdos de Múnich, la Segunda Guerra Mundial, el dominio soviético sobre media Europa, la dura posguerra, la pérdida de la India, el fin del Imperio… Demasiado para un rey bienintencionado, tímido, inseguro, ingenuo, lleno de idealismo y partidario del apaciguamiento.

Es sorprendente lo mucho que, pese a todo, tenía en común con su padre: ambos eran segundones que, en principio, no tenían que haber llegado al trono; sirvieron en la Armada; vivieron sendas guerras mundiales; se casaron con mujeres de fuerte personalidad que fueron decisivas para reforzar la imagen de la monarquía en los tiempos difíciles que les tocó vivir; fueron admirados por su pueblo por su sentido del deber y eran demasiado idealistas y proclives a políticas de consensoque evitaran los conflictos. Pero a veces los conflictos son inevitables, como predijo Churchill, si bien pocos quisieron escucharle.

La opinión pública y el propio Jorge VI apoyaron la política de conciliación del Gobierno Chamberlain. Cuando éste regresó de Múnich, tras la firma de los indecentes acuerdos, el Rey le invitó a saludar a la multitud que se había congregado en Buckingham. Aquello era no sólo insólito (nunca antes un plebeyo había sido invitado a aparecer allí, en el real balcón, junto a los monarcas), sino inconstitucional: el Rey no podía mostrar jamás favoritismo político alguno, y con ese gesto indicaba inequívocamente que apoyaba la firma de los Acuerdos. Independientemente de que éstos fueran la solución acertada o no (que no lo eran), habían sido cuestionados por la oposición, y ni siquiera se habían presentado aún ante el Parlamento.

Por suerte, durante la guerra Jorge VI no tuvo como premier a Chamberlain, sino a Churchill, con el que forjó una extraordinaria alianza. En un principio, el Rey no estaba muy conforme con que éste fuera el elegido para formar gobierno, pues era de los pocos que habían apoyado a Eduardo VIII durante la crisis de la abdicación; pero ambos eran demasiado responsables y profesionales como para permitir que aquello afectara a la nación, especialmente en esas terribles circunstancias. Al final, el monarca acabó entusiasmado con su jefe de Gobierno, al que siempre agradeció su labor durante la guerra. Resulta curioso que dos personalidades tan distintas acabaran entendiéndose tan bien. Tal vez la clave estuviera en que el Rey, en todo momento, fue consciente de su papel secundario. No hubo celos, intrigas ni camarillas, sino una relación sincera y un esfuerzo común por conducir el país a la victoria.

Jorge VI dio lo mejor de sí mismo durante la guerra. Demostró poseer no sólo el sentido del deber característico de la Casa de Windsor (corramos un tupido velo sobre las ilustres excepciones, o no acabaríamos jamás), sino un valor y una dedicación extraordinarios, que le hacían sobreponerse a su timidez, a su inseguridad e incluso a su tartamudez. Junto con su mujer, se negó a abandonar Londres durante el Blitz (no cambió de opinión ni siquiera cuando dos bombas cayeron en pleno Buckingham), insistió en tener una cartilla de racionamiento como sus súbditos y visitó refugios subterráneos, hospitales e infinidad de zonas devastadas por los bombardeos. Su labor para levantar la moral de la población contribuyó decisivamente a la victoria final.

El pueblo quería a los Reyes, sentía que comprendían y compartían su sufrimiento; por eso el 8 de mayo de 1945, el Día de la Victoria, una multitud se congregó espontáneamente ante el palacio de Buckingham para celebrar el fin de la pesadilla. Junto a ellos se hallaba, como en 1938, un primer ministro, pero esta vez con todo merecimiento: Jorge VI quiso compartir aquel momento con el hombre que lo había hecho posible, Winston Churchill.

Tras la guerra se sucedieron los disgustos para el monarca. Churchill fue derrotado en las elecciones por los laboristas, que adoptaron una serie de medidas que para nada eran del agrado de Su Majestad: nacionalizaciones, impuestos, la independencia de la India… Jorge VI no se mostró, en sus últimos años, muy optimista respecto al futuro de la monarquía; creía que incluso él, con toda su popularidad, podía perder el trono en un plazo relativamente breve de tiempo.

Su salud, ya de por sí débil, se deterioró rápidamente tras el esfuerzo de los últimos años. En 1949 hubo de ser intervenido en una pierna debido a la arterioesclerosis, y en 1951 le extirparon el pulmón izquierdo: padecía cáncer, para el que no había recibido el tratamiento adecuado (su médico personal era homeópata). Tras una breve recuperación, Jorge VI falleció en Sandringham, mientras dormía, el 6 de febrero de 1952, de una trombosis coronaria. Fue enterrado en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor.

Jorge VI no fue, desde luego, el monarca más brillante ni el más popular de la historia del Reino Unido. Cometió errores, y tenía numerosos defectos: era inculto, le gustaba el humor grueso, tenía una memoria extraordinaria para recordar los fallos ajenos, era proclive a los estallidos de ira. Sin embargo, también era un hombre recto, sincero, capaz de poner el interés nacional por encima del suyo propio. En una escena de El discurso del Rey, Alberto pregunta para qué sirve un monarca, dónde reside su poder: “En que la nación cree que cuando hablo, hablo por ella”, se responde a sí mismo. Sin duda, y pese a las dificultades, supo ser la voz de su pueblo.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 5-01-2011

La casa de Asterión

Hoy mi admirado y querido Jorge Luis Borges cumpliría 113 años. Quisiera recordar este día rescatando la primera obra suya que leí, en el colegio, cuando aún era una mozuela. Me ganó para siempre. Era diferente a todo lo que había leído hasta entonces: fascinante, inteligente, inquietante. Y sigue siéndolo ahora, muchos años después.

***

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.

 Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

 No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las
partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

 Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

 -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

Nihil novo sub mare

Nuestro mar está todo él agotado y no da más de sí con la saña de la gula, tan a fondo hurga el mercado las cercanías con sus impenitentes redes, y no consentimos que los peces del Tirreno se hagan adultos.

Juvenal (60-128 d.C.)

Creador de la campaña  “Pisciculi non gratias” y activista contra loh mercaoh

Todos los caminos conducen a Roma

Hoy he estado, de nuevo, en el programa Es la Mañana de Federico en esRadio, donde he reseñado un libro estupendo, original y ameno: La antigua Roma por cinco denarios al día.

Lo recomiendo con todo el entusiasmo del mundo tanto a fans de la Historia como a los que (aún) no lo son. Es uno de esos libros que en seguida te atrapan y consiguen despertar tu interés por un tema o una época y llevarte a nuevas lecturas, a nuevos descubrimientos.

Y como no es cuestión de repetirse, aquí os dejo el audio del programa, y aquí  la reseña que he escrito para el blog de LD Libros.

Delirant isti Romani (Anónimo galo. s. I a.C.)