Archivo mensual: noviembre 2012

La receta de la semana: Tagliatelle con gorgonzola, pera y nueces

 

Ingredientes (para cuatro personas)

  • 200 gr de tagliatelle
  • 2 peras
  • Media cebolla
  • 100 gr de queso gorgonzola
  • 200 ml de nata líquida (mejor espesa)
  • 6 nueces
  • Mantequilla
  • Nuez moscada
  • Sal

Elaboración

Pelar y picar media cebolla. Derretir una cucharada de mantequilla en una sartén mediana, a ser posible de fondo grueso. Cuando la mantequilla burbujee, añadir la cebolla picada. Dorar a fuego medio-bajo.

 

Pelar las peras (si son muy grandes, con una sola bastará) y partir en dados pequeños. Mientras tanto, poner a hervir abundante agua en una olla grande, de paredes altas, pues es mejor para cocer la pasta, sobre todo la larga, que ésta tenga suficiente espacio.

 

Seguir preparando la salsa. Añadir la pera a la cebolla rehogada y dorar unos minutos, a fuego medio- bajo, hasta que esté tierna. Si ya hierve el agua de la pasta, añadir un puñado de sal y los tagliatelle. Cocer el tiempo indicado por el fabricante, hasta que esté al dente.

Añadir los 200 ml de nata a la sartén con pera y la cebolla. No dejar que hierva, mantener a fuego medio-bajo unos minutos para que se reduzca y espese la salsa.

 

 

Partir en pedacitos el queso gorgonzola para que se funda mejor. Incorporarlo a la sartén y dejar que se derrita. Remover bien. Probar la salsa; seguramente con la sal del queso será suficiente, pero rectificar la sazón si es necesario.

 

Rallar un poco de nuez moscada sobre la salsa. Picar unas nueces en trozos no muy grandes y añadir a la sartén. Retirar del fuego la salsa.

 

 

 

Cuando la pasta esté lista, colarla, ponerla en una fuente y añadir la salsa de inmediato. Servir. Ecco!

 

Santa Cecilia

Hoy es Santa Cecilia, patrona de los músicos. Cecilia fue martirizada en el siglo II o III, y es una de las siete santas a las que se menciona por su nombre en la plegaria eucarística I (Canon romano). Para celebrar este día, he decidido dejaros este cuadro de Rafael que representa a la santa, en el centro, escuchando extasiada un coro angélico, rodeada por San Pablo, San Juan Evangelista, San Agustín y Santa María Magdalena. A sus pies, instrumentos musicales rotos, abandonados, como símbolo de la música terrena que palidece ante la gloria divina, y, por extensión, del abandono de lo material por lo espiritual. El cuadro, que se halla en la Pinacoteca Nacional de Bolonia, tuvimos ocasión de contemplarlo en Madrid en la reciente exposición de Rafael en el Museo del Prado.

Según la versión más aceptada, Cecilia fue una joven cristiana romana obligada a casarse con el pagano Valeriano. Durante el banquete de bodas, mientras sonaba la música profana, Cecilia, en su corazón, cantaba himnos a Dios, de ahí que se la hiciera patrona de músicos. Posteriormente Valeriano y su hermano Tiburcio fueron convertidos por Cecilia al cristianismo y martirizados como ella, probablemente durante una persecución del emperador Alejandro Severo (hacia el 230) .

Otra tradición la hace nativa de Sicilia y martirizada allí  durante la época de Marco Aurelio (en torno al 175-180). La historia de su martirio es, como todas las que han llegado hasta nosotros, confusa, y probablemente muy alterada con hechos prodigiosos y detalles píos a lo largo del tiempo. Sin embargo, la historicidad de Cecilia, Valeriano y Tiburcio está probada. Cecilia es una de las santas de cuya veneración tenemos datos más tempranos: hacia el siglo IV la iglesia de Roma ya celebraba su fiesta.

Si bien su patronazgo de los músicos tiene un origen un tanto discutible, y puede ser fruto incluso de una mala traducción de las Actas de Santa Cecilia (confusión entre los términos latinos para designar un instrumento musical y los que se refieren a un instrumento de tortura), el caso es que arraigó y son abundantes las representaciones artísticas que durante la época medieval la muestran acompañada de instrumentos musicales. En 1584 se fundó la Academia Romana de la Música, que la adoptó como patrona, y  en 1590 Gregorio XIII la canonizó y la nombró oficialmente patrona de los músicos. Son numerosas las asociaciones, festivales y agrupaciones musicales que llevan su nombre en todo el mundo.

En Roma está también la Basílica de Santa Cecilia in Trastevere. El último cardenal presbítero titular de esta iglesia ha sido el recientemente fallecido Mons. Carlo Maria Martini. En el interior de la basílica se halla la impresionante escultura de Maderno que representa a la santa y que podemos ver en la entrada de hoy  del siempre recomendable blog de Noa Todo. El Sr. Todo nos ha dejado en esa misma entrada una maravillosa Misa de Santa Cecilia de Haydn. Nada mejor que escucharla para acabar de festejar este día.

Los archivos pulineros: Quijotes del libro

Hoy he querido recuperar esta reseña que escribí para Libertad Digital de uno de los libros que más me han gustado este año, La librería ambulante.

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¿Cuál es la mejor ocupación del mundo? Para quienes amamos los libros, cualquiera de los relacionados con ellos podría ser el trabajo ideal.

¿Quién no ha soñado con montar una pequeña librería, incluso una editorial, abandonar un trabajo de oficina que no colma las aspiraciones propias y dedicarse a lo que realmente le satisface? Algunos, más emprendedores y valientes, cumplen su sueño. Pocos, sin embargo, son los que lo hacen de una forma tan original como la que se nos relata en La librería ambulante.

Helen McGill, una digna y respetable solterona de Nueva Inglaterra, vive consagrada a su granja y al cuidado de su hermano, un autor de éxito. Sus días están ocupados en hornear pan, vigilar que las gallinas pongan, llevar las cuentas y preparar, tres veces al día, sustanciosas comidas. Todo ello lo hace con entusiasmo, mimo y orgullo. Pero su vida cambia cuando una mañana llega a su granja un curioso hombrecillo a bordo de un no menos curioso vehículo: la librería ambulante que da título a la novela.

Todos estamos familiarizados, gracias al cine y la literatura, con los charlatanes y buhoneros que antaño recorrían las zonas rurales de Estados Unidos. En sus carromatos, llevaban todo tipo de mercancías ­­–desde los utensilios más modernos a los brebajes pseudomilagrosos más inútiles– a granjas y aldeas aisladas, donde su llegada era un gran acontecimiento. Frank Mifflin, el propietario de nuestra librería ambulante, es pariente cercano de estos mercaderes, pero a él le mueve un celo cuasi evangelizador: desea llevar la literatura, la buena literatura, a todos los rincones del país.

A algunos leer puede parecerles una frivolidad, un pasatiempo sin más. Cuántos son los que afirman que no leen porque no tienen tiempo. Precisamente ellos, quizá, son quienes más lo necesitan. Como la señorita MacGill, tan absorta en su trabajo, tan ocupada con los quehaceres diarios, que ve pasar la vida sin más objetivo que la comida del día siguiente, sin más ilusión que ahorrar lo suficiente del dinero que le produce la venta de huevos para comprarse un Ford modelo T que le sirva de ayuda en la granja. Vive rodeada de las maravillas de la naturaleza, pero apenas sale a contemplar una hermosa puesta de sol. No tiene tiempo, así que cómo va a perderlo leyendo.

La literatura, afirma Mifflin, no es sólo para los grandes intelectuales. No es un misterio al alcance de unos pocos que puedan apreciarla en todo su valor, un disfrute para las mentes más nobles y exquisitas. El protagonista de nuestra novela cree que precisamente son las gentes más simples, las que viven una dura existencia dedicadas a sus modestos trabajos y al cuidado de sus familias en pueblos remotos, quienes que más necesitan del consuelo y el disfrute que proporciona la lectura. Pero no basta con recomendarles leer, aunque se trate de libros excelentes, apunta el dueño de la librería: hay que ir hasta cada persona, conocerla, comprender sus intereses, leerle cuentos, poesías, novelas; dar a cada uno el libro ideal. Y ésa es la ilusión de su vida.

Frank Mifflin es, pues, el librero perfecto: un hombre que no busca sólo vender libros, sino hallar el libro perfecto para cada lector. Un Don Quijote al que los libros han robado el alma sin hacerle perder el seso. Ama la literatura y vive para ella, pero también ama a las personas y desea compartir con ellas la felicidad que transmite la lectura de un buen libro; por eso recorre los Estados Unidos bajo el sol, la lluvia y la nieve, a bordo de su caravana, con la sola compañía de su yegua y su perro Bock (por Bocaccio), viviendo mil peripecias extraordinarias. Su locura es conseguir que no haya un hogar sin un buen libro, pues los libros, para él, nos hacen verdaderos seres humanos.

Este Quijote improbable, bajito, calvo y aparentemente insignificante encontrará un Sancho aún más improbable: una solterona gruesa, pragmática y nada sentimental. Una mujer que siente que la vida no le tiene reservado nada mejor que hornear hogaza tras hogaza de pan hasta que el librero se cruza en su camino. Y, sorprendentemente, se contagia de su locura. Sancho se vuelve más Quijote que el propio Quijote: Helen se convierte en una mujer diferente, más aventurera, decidida e idealista que el pequeño librero cuando éste le descubre una nueva vida gracias a los libros. En realidad, lo único que sucede es que éstos sacan de ella lo mejor, su verdadero yo. Un buen libro es a la vez una pantalla que nos muestra otros mundos, otras vidas, un espejo que refleja aspectos de nosotros mismos que desconocemos.

Christopher Morley (1890-1957), el autor de La librería ambulante, es uno de esos grandes escritores estadounidenses prácticamente desconocidos en España. Sus novelas y relatos cautivaron por igual a los grandes autores y al público de su tiempo. Hay mucho de él en su personaje de Frank Mifflin: Morley también recorrió los Estados Unidos de punta a punta, también amaba los libros y se esforzaba por llevar a la gente la buena literatura. La librería ambulante fue su primera novela, y en ella encontramos muchos de los temas que desarrollará en su obra posterior: la idea de la literatura como algo universal y necesario, no sólo al alcance de unos elegidos; el elogio de la vida rural y de las gentes sencillas; la defensa de la originalidad y la disconformidad… Si estamos perfectamente satisfechos con nuestras vidas nunca progresaremos, nunca alcanzaremos nuestra plenitud. El progreso llega gracias a la insatisfacción, a la idea de que es posible mejorar. Debemos volcarnos en cada tarea que acometamos, tratar de hacer las cosas cada vez mejor, porque eso es lo que nos hace avanzar, y con nosotros avanzará el mundo. Para Mifflin y la señorita McGill, la mejor de las empresas es la de llevar a todas partes el amor por el libro y por los hombres. Hay una empresa, un trabajo ideal para cada uno de nosotros: el que saque lo mejor de nosotros mismos y nos haga avanzar más.

Morley posee un entusiasmo contagioso y la rara virtud de hacer que el lector sienta que el libro le habla directamente. Al leer La librería ambulante uno experimenta la sensación de que el autor le conoce, sabe cómo es su vida, cuáles son sus secretas aspiraciones y frustraciones; experimenta el absurdo orgullo de que algo ha sido escrito sólo para sus ojos. Es casi como si pudiéramos sentir que acompañamos a Helen y Frank a bordo de su caravana y reflexionamos con ellos sobre lo que los libros significan para nosotros.



Hoy, gracias a la tecnología, muchos afortunados podemos tener nuestras propias librerías ambulantes: plataformas electrónicas que hacen posible que llevemos con nosotros miles de volúmenes en el espacio que ocuparía una revista, que los libros estén en todas partes sin que haya que desplazarlos. Pero no por eso las personas como Mifflin son menos necesarias; al contrario: hace más falta que nunca gente que conozca bien los libros y a las personas, que sepan separar el grano de la paja y dar a cada uno el compañero perfecto, el libro que necesita en cada momento aun cuando no sea consciente de ello. Necesitamos buenos libreros, bibliotecarios, editores y escritores: nuestros Quijotes del libro.

CHRISTOPHER MORLEY: LA LIBRERÍA AMBULANTE. Periférica (Cáceres), 2012, 184 páginas. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas

Bodas de platino

Como algunos sabréis, soy una gran fan de la reina Isabel II de Inglaterra. No soy especialmente monárquica, pero creo que si hay monarquía, ésta tiene que ser bien fastuosa y con pompa, boato y todo el joyerío, porque para medio pelo, ninguno, y no quiero mirar a  Letizia nadie…

Su Graciosa Majestad, que es muy seria y profesional y no especialmente graciosa, ha celebrado este 2012 sus 60 años en el trono de la Gran Bretaña con los fastos del Diamond Jubilee que tanto nos han entretenido a los fans de lo kitsch, lo tróspido y lo british.

Bien, pues como está claro que éste es su año, la buena de Isabel y su señor esposo, el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, celebran hoy sus Bodas de Platino. 65 años casados, quién iba a pensar que durarían tanto; el padre de ella, Jorge VI, no parecía muy feliz de que su adorada y mimada hija se casara con un príncipe griego exiliado, con muy buena facha, sí, pero sin un penique, sin formación para ser el consorte de la futura reina y con fama de juerguista. Pero Isabel se puso cabezota y ya sabemos el resto: hubo boda en Westminster con todo el boato, luego llegaron cuatro hijos, a cada cual más gañán y escandaloso, nueras y yernos de todo pelaje, nietos para qué contar, constantes rumores de infidelidad por parte del Duque de Edimburgo, (que menudas juergas se ha montado hasta llegar a una provecta edad) y, sobre todo, continuas meteduras de pata del bueno de Felipe, que si se calla, revienta. Curiosamente, a los ingleses , aunque le critiquen y digan que no tiene tacto, estas gañanadas les hacen gracia, porque, en realidad, dice lo que ellos están pensando pero no se atreven a soltar en voz alta. Son los famosos “Philip’s bloopers” o “Philip’s gaffes”.

En fin, que pese al extraño sentido del humor de él  y a su afición a las faldas, y aunque una no pensaría que la seria, tacaña y formalísima Isabel es su pareja ideal, el caso es que su matrimonio bate récords. De hecho, no ha habido ningún monarca inglés que llegue a celebrar las Bodas de Platino,  y los medios están sacando lo mejor de su galería de fotos para celebrar el evento, como en este reportaje del Daily Mail.

Yo dejo aquí mi homenaje a Su Majes, en forma de vídeo que nos muestra cómo ha cambiado esta mujer con la edad… y cómo sigue vistiendo de mal. Y que siga así muchos años. Congrats, Elizabeth! And God save the Queen!

La receta de la semana: Huevos mimosa

Esta semana quiero dejaros una receta que ya he puesto alguna vez en mi página de FB. Es un plato muy sencillo y socorrido que se prepara en un momento.

Ingredientes 

  • 1 huevo por persona
  • 1 lata de atún en aceite
  • Tomate frito

Para la bechamel:

  • Harina
  • Leche
  • Aceite
  • Nuez moscada
  • Sal

Elaboración

Cocer los huevos. Mientras se cuecen, en el accesorio para picar de la batidora (si no se tiene, puede hacerse con la misma batidora o incluso a mano) mezclar el atún (escurrido) y un par de cucharadas de tomate frito.

 

Cuando los huevos estén cocidos, enfriarlos, pelarlos y partirlos longitudinalmente por la mitad. Con cuidado, sacar la yema. Reservar media yema para decorar y el resto de ellas añadirlas a la mezcla de tomate y atún. Mezclar bien, hasta que quede una pasta más bien espesa.

Rellenar cada mitad de huevo con unas cucharadas de la mezcla. Ayudarse de una cucharilla para que el resultado sea regular, como si se quisiera formar un huevo completo.

 

 

Para cubrir los huevos se emplea bechamel. También puede usarse mayonesa si se prefieren tomar fríos. Podéis usar bechamel preparada, pero realmente es muy sencilla y yo prefiero hacerla en casa:

 
Poner en la sartén tres cucharadas de aceite y dos de harina. Sin encender aún el fuego, mezclar bien con unas varillas la harina y el aceite, hasta que la primera se disuelva completamente.

 

 
Encender el fuego y, sin dejar de mover, calentar la mezcla hasta que burbujee. Bajar el fuego a fuego medio. Empezar a añadir la leche, muy poco a poco: un chorrito, y remover bien con las varillas hasta que la mezcla la absorba. Al principio parecerá una especie de puré.

Conforme la mezcla absorba la leche, ir añadiendo un poco más. No hay que preocuparse porque se hagan grumos, desaparecerán conforme se vaya añadiendo leche. Repetir, esperando cada vez a que la leche se absorba, y no dejar de remover.

 

Cada vez la mezcla irá siendo más homogénea y podremos ir añadiendo más leche cada vez. Añadir sal y nuez  moscada al gusto. Seguir añadiendo leche y removiendo hasta que la bechamel tenga el punto deseado.

 

Cuando al meter una cuchara en la bechamel una capa de ésta se quede adherida a la cuchara, sin gotear mucho, estará lista. La queremos para cubrir, por lo que no debe quedar demasiado líquida, pero tampoco tan espesa como si fuéramos a hacer croquetas.

 

Cubrir cada mitad de huevo con la bechamel. Con la media yema que habíamos reservado decoraremos los huevos: usar un tenedor para aplastar la yema y formar como unas bolitas. Espolvorear sobre cada huevo. ¡Listo!

 

 

 

 

Este blog no hace huelga

Los que me conocéis sabéis de sobra lo que pienso de la huelga de hoy, de los sindicatos y de los políticos. Así que no voy a dar más la brasa. Sólo diré que basta ya de sindicalistos chantajistas que no dan un palo al agua y justifican su absoluta inutilidad organizando este tipo de saraos; de piquetes de matones que atacan a quien quiere defender su trabajo o su negocio; de politicastros que no mueven un dedo en estas ocasiones para defender el trabajo y la propiedad privada de los españoles; de gente que cree que es mejor más Estado omnipresente y más café para todos que más libertad.

Yo hoy pienso usar el transporte público, haré la compra, iré a clase, a la librería, y a todos los sitios que pueda. Estudiaré y escribiré. Prepararé el programa del viernes. En resumen: haré mi vida normal. Porque soy libre y una panda de chupópteros subvencionados no va a decirme lo que puedo o no puedo hacer. Que ya está bien.

La receta de la semana: Trufas

Una de las ideas de este blog era poner, de vez en cuando, alguna receta. Yo no soy cocinera ni nada por el estilo, y las cosas que hago son muy sencillitas, no se me dan bien las decoraciones espectaculares ni los platos complicados. Espero que ésta de trufas que os dejo os guste, sobre todo a mis amigos Miriam y Dani, a quienes va dedicada.

Ingredientes

  • 100 g de nata líquida
  • 300 g de chocolate negro, blanco o con leche, según el tipo de trufas que queramos hacer
  • 50 ml de brandy, whisky o ron (opcional)

Elaboración

  • Parta el chocolate en pedazos muy pequeños lo más uniformes posibles (para que se derritan por igual) y colóquelos en un cuenco.
  • Hierva la nata líquida y viértala sobre el chocolate troceado. Mezcle bien hasta que quede una pasta suave y homogénea. (Se pueden emplear unas varillas para que quede más ligera).
  • Si desea darles un toque de licor, añádalo en este punto y mezcle muy bien.
  • Deje enfriar la pasta en la nevera hasta que esté solidificada, pero manejable. (Mejor en el congelador, unas 2-3 horas)
  • Con la ayuda de dos cucharillas, haga unas bolitas del tamaño deseado y páselas por cacao en polvo, fideos de chocolate o almendras picadas, etc., al gusto.
  • Colóquelas en capsulitas de papel y manténgalas en el refrigerador hasta el momento de consumirlas (El chocolate coge en seguida el sabor de otros alimentos, así que es mejor guardarlas en una caja hermética tipo Tupperware).

Consejos

  • La cantidad de chocolate, sea cual sea el tipo de trufas que vamos preparar, es de 300 gr para las proporciones de esta receta, pero también se pueden mezclar 150 g de chocolate negro y 150 g de chocolate con leche para unas trufas de sabor más suave que las de negro puro. El chocolate blanco es muy diferente en textura y composición a los otros dos, por lo que no recomiendo mezclarlo con otro.
  • El chocolate que empleo es  la variedad Minigrammes de la marca Michel Cluizel, en perlas. Lo compro en el Club del Gourmet del Corte Inglés. Uso esta marca porque, al ser en perlas, se funde mucho antes y de manera homogénea y no hay que pasar por el engorro de trocear una tableta. Además es un chocolate de repostería de muy buena calidad. Y en una receta tan sencilla como ésta, el chocolate que se utilice lo es todo: cuanto mejor sea, mejores serán las trufas. Lo venden negro, blanco y con leche, así que podéis hacer trufas de los tres tipos.
  • En muchas recetas de repostería se recomienda el chocolate Nestlé Postres. Va en gustos. Para mí es un chocolate demasiado dulce y no me ha dado buen resultado, pero os recomiendo que probéis hasta dar con la marca que más os vaya.  Hay muchísimas y muy buenas.
  • Se puede añadir ralladura de naranja, canela, trocitos de almendra, coco… al chocolate para darle un toque especial. Otra forma de añadir sabores especiales es hervir la nata con corteza de naranja, una vaina de vainilla o una rama de canela, etc…que luego retiraremos. O “rebozar” las trufas con frutos secos picados, coco rallado, lo que se os ocurra. ¡Animaos a experimentar! Personalmente, las que más me gustan son las que van cubiertas de cacao (amargo) en polvo.
  • Para hacer las bolitas se puede emplear el sistema de las dos cucharillas, que es más limpio, pero si os parece difícil podéis poneros un par de guantes de látex o vinilo de los finitos y hacer las bolitas a mano; con una cucharadita colmada de masa por trufa vale, pero podéis hacer las trufas del tamaño que queráis.