El Putsch de la Cervecería

Hoy, 8 de noviembre, se cumplen 89 años del intento de golpe de Estado de Hitler, conocido como el Putsch de Múnich o el Putsch de la Cervecería. Os dejo el artículo que escribí para el suplemento Historia de Libertad Digital

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No fue 1923 el mejor año para la República de Weimar: continuas crisis de gobierno, inflación galopante, el problema de las reparaciones de guerra y la ocupación franco-belga del Ruhr para forzar el pago de éstas… Todos estos problemas, estrechamente relacionados, no contribuían precisamente a la estabilidad política y económica de Alemania

En Baviera no se presenta el año mejor que en el resto del país. Múnich, su capital, es un verdadero refugio para los enemigos de la República, que pueden contar allí con protección y financiación para sus actividades. No es extraño que los grupos extremistas sean allí especialmente activos, y los disturbios y levantamientos se sucedan. Desde 1918, los Gobiernos locales carecen de estabilidad, y a menudo se oponen al Ejecutivo nacional, como en septiembre de 1923, cuando el presidente bávaro Von Knilling decreta el estado de excepción en protesta por la decisión del canciller Stresemann de suspender la resistencia pasiva ante la ocupación del Ruhr.

“Para garantizar el orden”, Von Knilling nombrará un Generalstaatskommissar (comisario o delegado general estatal) con plenos poderes, no sometido al control del Parlamento: Gustav von Kahr. Kahr, Hans von Seisser (jefe de la Policía Estatal Bávara) y Otto von Lossow (comandante de la 7ª División del Ejército, acantonada en Baviera) conformarán un triunvirato que ostentará el poder de facto en el Freistaat. Los tres, fieles a los Wittelsbach, la dinastía reinante en Baviera hasta 1918, desprecian la República y no pretenden obedecer, en absoluto, las órdenes de Berlín. Incluso contemplan la posibilidad de derrocar al Gobierno federal.

No son los únicos; en Múnich abundan los conspiradores contra la República. Dos de ellos destacan poderosamente, por diversas razones: Erich Ludendorff y Adolf Hitler. Ludendorff fue jefe del Estado Mayor del Ejército del Reich junto a Hindenburg durante la I Guerra Mundial; incapaz de frenar el avance de las fuerzas de la Entente, renunció en septiembre de 1918, no sin antes recomendar la firma de un tratado de paz, y se exilió en Suecia. Desde allí comenzó a propagar la idea de que el Ejército podría haber ganado la guerra de no haber sido traicionado por los políticos de izquierdas que firmaron la infame paz con el enemigo (la famosa leyenda de “la puñalada en la espalda”). De regreso a Alemania, Ludendorff se instala en las afueras de Múnich, desde donde se dedica a conspirar –como en el intento de golpe de estado de Kapp (1920)– y difundir sus ideas antidemocráticas, mientras es considerado un héroe por los bávaros.

Hitler, por el contrario, carece de un pasado glorioso: durante la guerra, el austriaco no pasó de cabo, y antes de ella no era más que un artista fracasado, un bohemio sin oficio ni beneficio. Pero desde 1919 empieza a ganar popularidad. Afiliado al DAP (Deutsche Arbeiter Partei), germen del NSDAP (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter Partei), pronto se revela un orador muy efectivo, capaz de mover a las masas con un discurso populista, agresivo y lleno de lugares comunes: los culpables de la postración de Alemania eran los marxistas, los judíos y el capital; el Tratado de Versalles debía ser abolido; era preciso crear una Gran Alemania que reuniera a toda la raza germana; había que dar trabajo a todos los alemanes…En ese clima de inestabilidad y crisis no le faltan oyentes, al menos en Baviera. Entre tanto, el número de simpatizantes y afiliados al partido nazi no para de crecer: en noviembre del 23, estos últimos son ya 55.000, a la espera de una orden de su líder para asaltar el poder.

Se veía venir: Hitler y Ludendorff acabaron reuniéndose para conspirar contra el Gobierno de Berlín. En 1923 celebran varias entrevistas, pero no acaban de ponerse de acuerdo. Hitler también matendrá encuentros con Kahr, Seisser y Lossow, pero la desconfianza impide el entendimiento.

Hitler no carece de medios humanos, materiales y económicos para intentar el golpe: las SA disponen de 15.000 hombres armados, e industriales y hombres de negocios como Fritz Thyssen no parecen tener grandes problemas en financiar un partido que clama por la nacionalización de las grandes empresas y se proclama anticapitalista. Tras la Marcha sobre Roma de Mussolini del año anterior, la idea de marchar sobre Berlín atrae profundamente al líder nazi, que ya tenía planeado el putsch en septiembre. Sin embargo, Kahr vacila. No se fía del austriaco y, además, quiere asegurarse el apoyo de otros länder, aparte del bávaro, para su revolución.

Pero el futuro Führer tiene prisa. Cree llegado el momento cuando, el 18 de octubre, el gobierno federal prohíbe el periódico nazi Völkischer Beobachter y el general Von Lossow se niega a cumplir la orden de hacer efectivo el cierre. Relevado de su puesto, el insumiso pone su división a las órdenes del estado de Baviera. Hitler considera estos efectivos decisivos para sus planes. Es hora de actuar, aunque el indeciso Kahr (al que Hitler considera, despectivamente, un burócrata) no esté de acuerdo. Varios planes de golpe se frustran en pocas semanas. Hitler teme que los miembros de su partido se impacienten.

El 7 de noviembre Hitler se reúne con Ludendorff, Lossow, Seisser y otros conspiradores. Planean dar el golpe al día siguiente en la Bürgerbräukeller, una de las cervecerías más populares de la ciudad, aprovechando que Kahr pronunciará allí un discurso. El plan del líder nazi es que las SA y otros grupos paramilitares menores irrumpan en el local y él proclame, ante Kahr y el resto del Gobierno bávaro, el inicio de la revolución. A partir de ahí, ocuparán la ciudad y el Freistaat, y marcharán sobre Berlín.

El plan, desde un principio, asombra a los conspiradores. Hitler no se interesa sino por la cantidad de hombres que deberá movilizar para ocupar la cervecería, qué armas han de llevar, en qué momento actuarán. La ocupación de la ciudad y el asalto a Berlín no le preocupan; parece creer que, tras la toma de la Bürgerbräukeller, todo vendrá rodado. Sus cómplices, o bien confían en que, aunque no se los revele, tiene los detalles bien pensados, o le temen demasiado como para contradecirle.

La Bürgerbräukeller.El 8 de noviembre, a las ocho y media de la tarde, Hitler y unos 600 hombres armados de las SA irrumpen en la Bürgerbräukeller, donde poco antes Kahr ha iniciado su discurso. Ante la alarmada audiencia, el austriaco se sube a una mesa y dispara su pistola al aire. “¡Ha comenzado la revolución nacional!”, proclama. Amenaza a los asistentes, declara depuesto al Gobierno bávaro y se erige jefe de un Gobierno provisional “hasta que se ajusten las cuentas con los criminales que están conduciendo Alemania a la ruina”. Hay algunas protestas en la sala, así que insta a Kahr y a los otros dos miembros del triunvirato a que le acompañen a una habitación contigua.

Ludendorff, tras conocer que Hitler se ha proclamado jefe del Gobierno provisional –cargo que esperaba asumir él–, se dirige a la cervecería. Allí se viven momentos de tensión. El austriaco amenaza a sus tres interlocutores; como teme que le traicionen, tiene cuatro balas en la pistola: una para cada uno de ellos, y la cuarta para él mismo. Tratan de razonar con él, de calmarle. No renuncian a su objetivo común, pero tal vez no sea el momento adecuado, ni el mejor medio. No obstante, la llegada de Ludendorff parece convencer, primero a Seisser y Lossow, luego a Kahr, de que el golpe es posible. Este último acepta, luego de solicitar que los Wittelsbach sean restaurados en el trono bávaro; Hitler, que no tiene, por supuesto, la menor intención de cumplir ese requisito, asiente.

Los miembros del Gobierno bávaro que se hallan en la sala principal son retenidos como rehenes. Ernst Röhm, comandante de las SA, y algunos de sus hombres toman el cuartel general del Ejército en el Ministerio de Defensa muniqués y se atrincheran allí. Otros miembros de las tropas de asalto nazis arrasan periódicos, viviendas de judíos, diversos locales… La policía y el ejército, sin órdenes de las autoridades, no se lo impiden, pero varios oficiales toman posiciones y se mantienen a la expectativa. En un cuartel de la ciudad, los militares se niegan a colaborar con un grupo de golpistas que acuden en busca de armas y los hacen prisioneros. Hitler, enterado, acude –sin éxito– a liberarlos. Ha cometido un error crucial. Ludendorff, harto de estar en la Bürgerbräukeller, y deseoso de reunirse con Röhm en el cuartel general del Ejército, deja marchar a Kahr, a Seisser y a Lossow “a ocupar sus puestos”. Cuando Hitler regresa, ya es tarde.

Los miembros del triunvirato se han dado cuenta de que el golpe, improvisado y chapucero, no tiene posibilidades de triunfar, y deciden organizar la resistencia antigolpista. De madrugada, Kahr anuncia que sus declaraciones de apoyo al golpe fueron obtenidas mediante coacción. Hitler y Ludendorff son conscientes de que les han traicionado, pero no abandonan. Regresan a la Bürgerbräukeller y esperan acontecimientos.

A la mañana siguiente, en Múnich muchos ignoran los acontecimientos de la noche anterior. Algunos periódicos anuncian el triunfo del golpe; miembros del partido nazi, como Julius Streicher, pronuncian discursos en las calles para informar a la población de la revolución y tratar de sumar apoyos para la misma. El alcalde, socialista, es tomado como rehén. A las doce, la comitiva golpista abandona la cervecería. Ludendorff está decidido a marchar sobre la ciudad, no se sabe bien con qué objeto. Tal vez cree que la población se les unirá. Hitler, vacilante, le sigue. Llegan a la Marienplatz, la plaza en la que se encuentra el Ayuntamiento, rodeados por miles de curiosos. Pero no se detienen. Al parecer, Ludendorff quiere reunirse con Röhm en el Ministerio de Defensa, sin saber que éste ya está sitiado por policías y soldados. Para llegar hasta allí deben atravesar la Odeonsplatz, donde se alza el monumento a los héroes militares de Baviera, la Feldherrnhalle. En la plaza se concentra la policía del estado. Tiene órdenes del gobierno de que los golpistas no pasen de allí.

A las 12:45 la marcha llega a la Feldherrnhalle; se ha reunido una multitud, entre golpistas y espectadores. De pronto suena una detonación. Ni siquiera hoy está claro de quién fue este primer disparo, al que sigue un breve e intenso tiroteo. Algunos cabecillas nazis, como Göring, resultan heridos. Hay una desbandada general. Hitler huye a toda prisa, en una ambulancia –años después alegará que lo hizo para salvar a un niño herido–. Cuatro policías, un espectador y catorce golpistas mueren en el tiroteo. Estos últimos, junto a dos milicianos muertos ante el Ministerio de Defensa, serán llamados por los nazis Blutzeugen (literalmente, “testigos de sangre”), los Mártires de la Feldherrnhalle, y recibirán toda clase de honores una vez el partido alcance el poder en 1933: monumentos funerarios custodiados por una guardia permanente, honras en el desfile anual en recuerdo del putsch, medallas conmemorativas…

Tras la huida, Hitler se refugia en el campo, en casa de un amigo. Piensa en suicidarse, en huir a Austria, pero es detenido días después, al igual que Ludendorff y otros cabecillas. El NSDAP y sus organizaciones dependientes, como las SA, son prohibidos en toda Alemania.

En la primavera de 1924, Hitler comparece ante el tribunal, acusado de alta traición. Se enfrenta a una posible pena de muerte o, en todo caso, a una larga condena y a la deportación, dada su condición de extranjero. Sin embargo, el juicio es una farsa. El partido nazi cuenta, como ya se ha dicho, con numerosos simpatizantes en Baviera. El juez, ultraconservador y ferviente nacionalista, no es una excepción, y permite que Hitler y los demás acusados hablen libremente durante el proceso. El futuro Führer pronuncia uno de sus interminables y exaltados discursos; pasa de acusado a acusador, señalando a la República como la verdadera causante de todos los males, y se presenta a sí mismo como a un patriota que ha venido a salvar al país.

La condena es ridícula: cinco años en la prisión de baja seguridad de Landshut, donde comenzará a escribir Mein Kampf. Ni siquiera cumplirá la condena completa; saldrá a los nueve meses por “buena conducta”. Para mayor vergüenza, el tribunal dictamina que un hombre que ha demostrado “tanto patriotismo” como Hitler no merece ser deportado tras cumplir la sentencia, como marca la ley. Otros golpistas, como Ludendorff, son declarados inocentes. El NSDAP volverá a ser legalizado en 1925.

Hitler aprendió del fracaso del putsch que ése no era el camino para hacerse con el poder: la inestable República de Weimar se podía derribar desde dentro. Cuando ante el terror y el desafío a la democracia se muestra tanta debilidad, se paga muy caro. Alemania y el mundo no tardarían en comprobarlo.

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