La Noche de los Cristales Rotos

El 9 de noviembre de 1989 caía, al fin, el Muro de Berlín. Una fecha inolvidable que debería haber sido la nueva fiesta nacional alemana. ¿Por qué, pues, se eligió como tal al 3 de octubre, Día de la Unidad Alemana? Ese día simplemente entraba en vigor el acuerdo de Unificación firmado por la República Federal Alemana y la Republica Democrática. Algo muy burocrático, quizá, frente al mayor simbolismo que hubiera tenido elegir el día de la caída del Muro.

Pero fue precisamente el simbolismo de ese 9 de noviembre el que, finalmente, hizo que no fuera preferido como fiesta nacional, pues en ese mismo día,  pero de 1938, se producía uno de los acontecimientos más repugnantes y vergonzosos de la historia reciente alemana: el pogromo que se conoce con el nombre de Noche de los Cristales Rotos.

Además, curiosamente, el 9 de noviembre también fue el día en el que se proclamó la República de Weimar (1918) y en el que fracasó el golpe de Estado de Hitler en 1923 (Putsch de la Cervecería). Un día demasiado cargado de simbolismos, tal vez, como para ser el día nacional de un país que iniciaba una nueva fase de su historia. 

Os dejo aquí el artículo sobre la Noche de los Cristales Rotos que se publicó en Libertad Digital hace un par de años. 

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El de 1938 fue un año decisivo para el régimen nazi: tuvieron lugar acontecimientos cruciales como la anexión de Austria (Anschluss), la ocupación de los Sudetes o el pogromo del 9 y 10 de noviembre, que ha pasado a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht).

Desde su llegada al poder, los nazis adoptaron una serie de medidas encaminadas a excluir a los judíos de la sociedad. Entre 1933 y 1939 se dictaron más de 400 normas –entre ellas, las llamadas “Leyes de Núremberg”– que desposeían de derechos a los judíos: fueron apartados de la Administración y la Universidad, se les privó de la nacionalidad alemana, los matrimonios mixtos fueron prohibidos… Junto a esto, se vieron obligados a traspasar sus propiedades a alemanes no judíos por un precio muy inferior al real (política de arianización de la propiedad).

El objetivo principal de todas esas disposiciones era forzar la emigración masiva de judíos. Entre 1933 y 1938 habían abandonado Alemania más de 250.000 judíos, pero los dirigentes nazis contemplaban la adopción de medidas aún más enérgicas, para acelerar el proceso. Sin embargo, no acababa de surgir la ocasión. Necesitaban una excusa, una provocación, y ésta llegó como consecuencia de otra disposición antisemita del Gobierno nazi: la expulsión de los judíos polacos residentes en Alemania.

El 28 de octubre de 1938 unos 18.000 judíos polacos fueron detenidos y conducidos en trenes hasta la frontera germano-polaca. Prácticamente no llevaban más que lo puesto. Tras un viaje de pesadilla, se encontraron con que Polonia no admitía más que a un pequeño número; el resto quedó abandonado a su suerte en la frontera. Finalmente, Varsovia cedió y organizó campamentos.

Entre las familias deportadas estaba la de los Grynszpan, residentes en Alemania desde hacía más de veinte años. El único miembro de la familia que se libró de la expulsión fue Herschel, el hijo mayor, que había emigrado a París en busca de trabajo. Cuando se enteró de la situación en que se encontraba su familia, el joven decidió vengarse. Poco podía imaginar las trágicas consecuencias que su venganza tendría para todos los judíos de Alemania.

Tras adquirir una pistola, el 7 de noviembre Herschel se dirigió a la embajada alemana en París con la idea de asesinar al embajador, Johannes von Welczeck, que ese día no estaba en la sede diplomática. Herschel insistió en que llevaba un importante mensaje, por lo que fue recibido por un joven secretario, Ernst vom Rath; casualmente, éste estaba siendo investigado por la Gestapo, pues se sospechaba que tanto él como su familia simpatizaban con elementos contrarios al régimen, particularmente con judíos.

Sin vacilar, Grynszpan disparó contra el diplomático, al que hirió gravemente.

Moribundo, Vom Rath fue trasladado a un hospital, en tanto que Grynszpan fue detenido sin que opusiera resistencia. En 1940 el régimen de Vichy lo entregó a Alemania. Nada se sabe con certeza de la suerte que corrió a partir de 1942; fue declarado oficialmente muerto en 1960.

La noticia del atentado llegó pronto a Alemania. Uno de los primeros en enterarse de lo sucedido fue, naturalmente, el todopoderoso ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que de inmediato decidió aprovechar la ocasión.

Goebbels estaba pasando por horas bajas: en los últimos meses, Hitler había cuestionado la efectividad de algunas de sus campañas; además, había caído en desgracia por su relación adúltera con la actriz Lida Baarova. Se le presentaba una gran oportunidad para redimirse, y no la desaprovechó.

Inmediatamente, instruyó a la prensa para que dedicara la mayor atención a la noticia del “intento de asesinato judío en París”. No debía presentarse como la acción de un solo individuo, sino como un ataque de los judíos contra Alemania. Además, ordenó al jefe de propaganda de la región de Hesse que, esa misma noche del 8 de noviembre, lanzara un ataque contra los judíos locales. Tanto en Hesse como en zonas de Hannover y Magdeburgo-Anhalt, grupos de las SA, apoyados por las SS y la Gestapo, incendiaron, asaltaron y destruyeron sinagogas, viviendas y propiedades judías.

Al día siguiente la prensa presentó los ataques como reacciones espontáneas del pueblo alemán, iracundo por el asesinato de Vom Rath. Nada más lejos de la realidad: la violencia había sido organizada desde un principio por Goebbels a modo de ensayo general para un pogromo a gran escala en toda Alemania.

El 9 de noviembre era una fecha especialmente significativa en el calendario nazi: se conmemoraba el fallido golpe de estado de 1923, el Putsch de la Cervecería. Como todos los años, Hitler y los altos cargos del Partido se reunieron en Múnich y participaron de una cena de gala en el Ayuntamiento. En el transcurso de la misma, Hitler y Goebbels recibieron la noticia del fallecimiento de Vom Rath. Tras una breve conversación con su ministro de Propaganda, el Führer abandonó el local sin dirigir una palabra más al resto de los asistentes. Goebbels, en cambio, pronunció un encendido discurso, en el que acusó a la “comunidad judía internacional” del asesinato del funcionario alemán. Un acto así, proclamó, no podía quedar impune; era preciso ofrecer una respuesta adecuada.

Goebbels.El ministro de Propaganda informó a los jerarcas nazis presentes en la cena de que ya se habían producido actos violentos antisemitas en diversas zonas del país; aunque el Führer se oponía, según Goebbels, a que ese tipo de acciones fueran organizadas por el Partido, en el caso de que se produjeran espontáneamente “no debían ser obstaculizadas”.

El mensaje estaba claro: el Partido no aparecería públicamente como organizador, pero lo sería de hecho. Los jerarcas se apresuraron a telefonear a sus cuarteles para cursar las instrucciones pertinentes. La orden que Hitler había transmitido a Goebbels era llevar a cabo un ataque coordinado y masivo en todo el Reich contra los judíos alemanes, sus propiedades y lugares de culto. Además, se detendría e internaría en campos de concentración al mayor número posible de varones hebreos. En ningún caso se dañarían propiedades de ciudadanos alemanes (recordemos que, tras las Leyes de Núremberg, los judíos ya no lo eran) o extranjeros.

Horas más tarde, Hitler repitió la misma orden a Heinrich Himmler –ausente en la cena del Ayuntamiento muniqués–, que a su vez las transmitió a su subordinado Heinrich Müller, jefe de la Gestapo. Tanto Müller como Reinhard Heydrich, jefe del SD (Servicio de Seguridad), enviaron telegramas con instrucciones detalladas a las oficinas locales de sus departamentos: no entrometerse en los actos antisemitas que tuvieran lugar, incautar los documentos valiosos que pudiera haber en las sinagogas, preparar el internamiento de entre 20.000 y 30.000 varones judíos, evitar que resultaran dañadas propiedades de no judíos, no molestar a ciudadanos extranjeros (aunque fueran judíos), impedir los saqueos, etc. Sin embargo, cuando estos telegramas fueron enviados ya se había desencadenado el más terrible pogromo de los registrados hasta la fecha en el III Reich, ya era tarde para detener los saqueos. Miembros de las SA y activistas del Partido se habían lanzado con entusiasmo a la tarea que les había sido encomendada: incendiar y destruir las propiedades judías.

Fue una noche de espanto. Prácticamente ardieron todas las sinagogas de Alemania. Las pocas que se mantuvieron en pie debieron su suerte al hecho de que el quemarlas habría supuesto un riesgo excesivo para edificios cuyos propietarios eran no judíos. Sea como fuere, también esas pocas fueron vandalizadas: los asaltantes sacaron a la calle los rollos de la Torá, los candelabros, los muebles valiosos…, y destruyeron todo, en ocasiones, ante la mirada de los propios judíos, que asistían, impotentes, a la profanación de sus lugares de culto mientras eran atacados, insultados y humillados.

Los negocios propiedad de judíos fueron igualmente destrozados. Tampoco se libraron las viviendas. Ni, claro, los propios judíos. Esa noche no se respetó a vivos ni a muertos: varios cementerios fueron asaltados, y sus tumbas profanadas.

El balance fue espantoso: unas 2.000 sinagogas incendiadas, 7.500 establecimientos destruidos, incontables viviendas asaltadas. Los fragmentos de cristal de ventanas y escaparates que cubrían las calles al día siguiente son los que inspiraron el nombre de Kristallnacht, que rechazan muchos judíos y estudiosos, pues consideran que quita gravedad a los hechos.

Más difícil aún es determinar el número de víctimas. Las cifras oficiales arrojan 91 muertos, si bien otras fuentes hablan de varios centenares. Hay que añadir a por lo menos 300 personas que, llevadas por la desesperación, prefirieron suicidarse. Hubo cientos de heridos, y varias mujeres fueron violadas. Más de 30.000 hombres fueron internados en campos de concentración (Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald). Sólo serían liberados a cambio de que se comprometieran a emigrar junto a sus familias y a traspasar sus propiedades a ciudadanos alemanes.

Los daños económicos ascendieron a millones de marcos. Para colmo, los judíos fueron obligados a limpiar los destrozos y a costear las reparaciones, pues las indemnizaciones de las compañías de seguros fueron confiscadas por el Estado. Además, los judíos de Alemania serían a partir de entonces considerados responsables solidarios de cualquier daño causado por uno solo de ellos al pueblo alemán; así, fueron condenados al pago de una multa colectiva de 1.000 millones de Reichsmarks como “indemnización” por el asesinato de Vom Rath.

El 12 de noviembre, en una reunión de dirigentes nazis presidida por Göring, se hizo balance del pogromo y se adoptaron nuevas medidas que privaban a los judíos alemanes de los escasos derechos que aún conservaban: se les excluyó de todos los negocios, se les prohibió asistir a espectáculos públicos, se les retiraron todos los beneficios fiscales, se les obligó a colocar sus valores y joyas en depósitos bloqueados por el Estado; se clausuraron todas las instituciones de la comunidad judía, se prohibieron las publicaciones judías… Los hebreos habían sido expulsados de la vida social alemana. La única salida que les quedaba era la emigración, pero incluso para eso les pusieron trabas, tanto Alemania (administrativas y económicas) como los países de destino (cuotas de inmigración).

Dada la brutalidad de los acontecimientos del 9 y 10 de noviembre y las medidas represivas subsiguientes, resulta escandaloso el silencio de las instituciones alemanas (universidades e iglesias, fundamentalmente). En cuanto a la reacción en el exterior, si bien la prensa se mostró indignada en un primer momento, las críticas no duraron mucho tiempo ni provocaron cambios de importancia en las actitudes o políticas de potencia alguna. Por lo que se refiere a la población alemana, la mayoría siguió mostrándose indiferente ante el destino de los judíos; incluso ganaron enteros las actitudes hostiles a ellos.

Para Hitler, el pogromo masivo constituyó un auténtico éxito. La ausencia de oposición o críticas relevantes le indicaron que ya no necesitaba mostrar contención alguna en lo que se refería a la eliminación de los judíos; el camino a la Shoá estaba abierto, como bien dijo el canciller Helmut Schmidt con motivo del 40º aniversario del mismo:

La noche del 9 de noviembre de 1938 marcó una de las etapas en el camino al infierno.

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