Archivo mensual: febrero 2013

Los libros del Papa

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Hoy ha sido el último día del pontificado de Benedicto XVI. Todos estos días, desde que anunció su despedida, han sido muy intensos y emocionantes. Hoy, con su humildad de siempre, se ha despedido del Vaticano y de Roma como Papa, y nos ha bendecido por última vez desde el balcón de Castelgandolfo.

Es un momento muy especial para los católicos y me está costando no dejarme llevar por el lado triste, que es no tener ya como Pontífice a este hombre extraordinario. Pero con su renuncia nos ha dado un nuevo ejemplo de fe, inteligencia y honestidad y, sobre todo, de amor a la Iglesia. Así que seré fuerte, pensaré de nuevo en lo mucho que nos ha dado Benedicto XVI y daré gracias por haber tenido la suerte de tener un Papa como él.

Os dejo mi entrada en el blog de LD Libros sobre los libros de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, que escribí como modesto homenaje a este gran hombre y gran Papa, cuya obra nos acompañará siempre.

Los archivos pulineros: El naufragio del White Ship

Hace tiempo que no rescato alguno de los articulejos con los que amenazaba amenizaba  a los pacientes lectores de los Suplementos de LD. Aquí va uno de ellos, publicado hace un añito. O tempora.

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Inglaterra, 1120. Enrique I reina desde hace 20 años. Es un monarca poderoso, cuyos dominios se extienden a ambos lados del Canal de la Mancha, que debe cruzar a menudo para ocuparse de sus territorios de Normandía. El paso del Canal, por breve que resulte, es siempre peligroso, especialmente en invierno, cuando fuertes vientos y oleajes provocan accidentes a menudo. Por ello, el rey nunca realiza la travesía pasado el mes de septiembre. Pero ese año tiene un motivo especial para demorar su viaje de regreso a Inglaterra: tras dos años de guerra, ha conseguido firmar la paz con el rey de Francia.

Desde que en 1066 Guillermo, duque de Normandía, conquistara Inglaterra, las disputas entre los monarcas ingleses y sus poderosos vecinos del continente fueron continuas. Los duques normandos, en principio vasallos del rey de Francia, vieron aumentado espectacularmente su poder con la conquista de Inglaterra. A partir de ese momento, estados vecinos como Flandes, Anjou o Maine veían a Guillermo y a sus sucesores como rivales por el dominio de las tierras galas. Guillermo trató de evitar problemas y suspicacias dividiendo sus posesiones entre sus hijos mayores: a Roberto le correspondió Normandía y a Guillermo II, Inglaterra. Pero con ello no logró sino agravar el problema: sus hijos trataron de arrebatarse mutuamente sus posesiones, los vecinos seguían mirándoles mal y los barones anglonormandos, con tierras a ambos lados del Canal, preferían tener un solo señor al que servir, no dos.

En aquellas circunstancias, hacía falta un hombre fuerte y a la vez hábil negociador para mantener a raya a parientes, vecinos y súbditos, y ni Roberto ni el disoluto y rapaz Guillermo II lo eran. Pero el tercer hijo de Guillermo el Conquistador sí reunía esas características: Enrique, astuto e intrigante, había apoyado ora a un hermano, ora al otro en sus disputas. Tanto había cambiado de bando, que éstos, desconfiados, hicieron testamento para legarse mutuamente sus posesiones en caso de fallecer sin herederos legítimos: todo con tal de que no heredara Enrique.

De nada les sirvió: cuando en 1100 Guillermo falleció sin hijos, en un accidente de caza en el mismo bosque en el que –¡oh, casualidad!– Enrique estaba cazando, éste vio llegada su oportunidad. Por muy atado y bien atado que creyeran sus hermanos tener el tema de la sucesión, el ascenso al trono en la Inglaterra normanda era más bien una cuestión de velocidad: había que ser el primero en llegar a Winchester a tomar posesión del tesoro real, el más rápido en deshacerse de los posibles rivales y opositores; y, naturalmente, había que encontrar antes que los demás un obispo afín que se aviniera a la coronación. Enrique completó las tres etapas en tiempo récord, antes de que Roberto pudiera protestar, ya que se hallaba en las Cruzadas. A su regreso, éste le declaró la guerra; mejor no lo hubiera hecho: Enrique le derrotó, lo mantuvo prisionero de por vida y le arrebató el ducado de Normandía.

Pero Enrique siguió teniendo problemas. Si bien en Inglaterra no hubo levantamientos durante el resto de su reinado, en el continente no cesaron las luchas. Un año especialmente difícil para él fue 1118: hubo de hacer frente a graves disputas con Anjou y guerrear contra Francia, lo que le mantuvo ocupado hasta el año siguiente, cuando derrotó al soberano francés y logró firmar un tratado de paz con el conde Foulques de Anjou. Según dicho tratado, la hija de Foulques se casaría con Guillermo Adelin (o Aetheling, término con el que los anglosajones designaban a los príncipes herederos), hijo de Enrique. El soberano normando tenía más de veinte hijos bastardos reconocidos, a los que colmaba de honores, pero sólo dos hijos legítimos: Guillermo, el heredero, y su hermana Matilde, casada con el emperador alemán Enrique V.

Enrique, tras vencer a Luis VI de Francia, logró que éste aceptara que su hijo Guillermo le prestase homenaje, lo que equivalía a reconocer al primero como señor de Normandía y a su hijo como legítimo heredero.

Todo había salido a la perfección en el continente. Tras las celebraciones que tuvieron lugar en Normandía, el soberano normando se hallaba listo para partir de regreso a Inglaterra el 20 de noviembre de 1120.

En el puerto de Barfleur le esperaba el snecca, el barco real con proa en forma de dragón típico de los normandos. Barfleur era el puerto más importante de Normandía, el mismo desde el que había partido en 1066 Guillermo el Conquistador rumbo a Inglaterra. Para colmo de casualidades, en el puerto se encuentra Thomas Fitzstephen, hijo del mismo capitán que había llevado al Conquistador a las Islas.

Fitzstephen pone a disposición del rey su nuevo barco: el White Ship (en francés, la Blanche-Nef), el Barco Blanco. Se trata de la nave más moderna y mejor preparada del momento, el orgullo de su capitán. Enrique prefiere seguir con sus planes de viaje originales y regresar en el snecca, pero para no desairar a Fitzstephen le propone que lleve a su hijo Guillermo y a su séquito.

Esa misma tarde parte el rey. Su hijo y sus compañeros, mientras, prefieren seguir con las celebraciones en el puerto. La comitiva estaba formada por la flor y nata de la nobleza anglonormanda: dos de los hijos bastardos del rey, Ricardo y Matilde, condesa de Perche; el conde de Chester y su hermano, tutor del príncipe; el sobrino favorito del rey, Esteban, hijo de su hermana Adela; un sobrino del emperador Enrique V… En total, unos 150 nobles, más sus sirvientes y la tripulación. Se calcula que se hallaban a bordo unas 300 personas.

El ambiente en el White Ship antes de zarpar es de fiesta, han consumido todo el vino que se encontraba en el puerto, con lo que el pasaje y la tripulación están completamente borrachos cuando la nave, por fin, se hace a la mar. Antes, sin embargo, uno de los pasajeros exige desembarcar: Esteban, el sobrino del rey y el único que permanecía sobrio a bordo. Según algunos narradores, no pudo soportar más el desenfreno que reinaba a bordo; otros, como Orderic Vitalis, brillante cronista de la época, explican que no probara el alcohol y desembarcara debido a una inoportuna diarrea. Y no faltan quienes sospecharan que tuvo algo que ver en la tragedia que siguió.

Ya es de noche cerrada cuando el White Ship zarpa. No hay luna, pero el mar está en calma. El príncipe y sus compañeros, animados por el vino, retan a los marineros a alcanzar al snecca y llegar antes que éste a Inglaterra. El barco es más rápido y moderno, y, siguiendo una ruta más corta, puede lograrlo, argumentan. Así, en vez de abandonar el puerto por el sur, la salida habitual, lo hacen por el norte. A menos de milla y media hay una roca semisumergida, llamada Quillebeuf. Nadie a bordo la ve y el barco choca contra ella. En cuestión de minutos el barco se hunde. Guillermo, dicen algunos cronistas, logró subir al único bote salvavidas, pero ordena regresar cuando oye los gritos desesperados de su hermana bastarda, la condesa de Perche. Los que aún se mantienen a flote se lanzan sobre el bote cuando lo ven regresar y, en su desesperación, lo hacen volcar: todos los que iban a bordo se ahogan en las heladas aguas del Canal.

Pasan las horas y de los pasajeros del White Ship sólo dos se mantienen con vida, aferrados a un remo: un noble llamado Geoffrey Fitzgilbert y un carnicero de Rouen llamado Berold, que había subido a bordo para cobrar lo que le adeudaban unos miembros del séquito del príncipe. Fitzgilbert no resiste mucho más y se suelta del remo. A la mañana siguiente tres pescadores rescatan al único superviviente de la tragedia, el carnicero Berold, cuyo chaleco de basta piel de oveja le ha ayudado a no morir congelado.

Orderic Vitalis cuenta que Thomas Fitzstephen, el capitán y armador, se habría salvado también, pero que, ante la perspectiva de comparecer ante el rey y tener que anunciarle la muerte de su hijo, prefirió ahogarse. La reacción de Enrique I cuando, días después, se atrevieron a darle la noticia de la tragedia fue no sólo la de un padre al perder a un hijo, sino la de un monarca que ve que sus planes de sucesión, fruto de costosas alianzas, guerras e intrigas, se vienen abajo. Fue tal su desesperación, que se desmayó y, según las crónicas, nunca volvió a sonreír.

El naufragio del White Ship no sólo tuvo consecuencias en la sucesión al trono: muchas familias nobles de Inglaterra y Normandía habían perdido a sus descendientes. El caos hereditario duraría décadas. Enrique trataría infructuosamente de engendrar un nuevo heredero legítimo contrayendo matrimonio apenas dos años después con una joven condesa de Lorena. Al fracasar en sus intentos intentará que los barones acepten a su hija Matilde, viuda del emperador alemán, como heredera. Aunque éstos la jurarán como tal en dos ocasiones, de nada servirá: Enrique muere en 1135 de una indigestión tras un atracón de lampreas, y el primero en llegar a Winchester y hacerse coronar no será Matilde, sino Esteban, el sobrino del rey que milagrosamente se salvó de morir ahogado en la aciaga noche del 20 de noviembre de 1120.

La guerra civil que asolaría Inglaterra durante veinte años estaba a punto de comenzar.

***

Publicado originalmente en el Suplemento Historia de Libertad Digital el 22 de febrero de 2012.

Los libros de la semana (Del 10 al 17 de febrero)

Ha sido una semana bastante atareada, también en lecturas.

LEÍDOS

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)

Cuento de hadas, de brujas, de hermanas que viven en una casa remota en medio del bosque. De muertes misteriosas y asesinatos sin resolver. De miedo y odio y talismanes protectores. De jardines, pasteles y gatos. Del amor y de la familia que nos quiere, y de la familia que nos vuelve locos. De cambios. De fuego. De príncipes codiciosos. De niños perversos. De fantasmas que están vivos. De castillos.

De todo eso y mucho más trata este libro especial y diferente, que gustará a adultos y a adolescentes tan especiales como Merricat, la protagonista de esta historia. Un clásico que ha gustado a lectores de todas las edades y a escritores tan conocidos como Stephen King, Dorothy Parker y Joyce Carol Oates, autora del estupendo posfacio que cierra esta edición y que está prohibidísimo leer hasta terminar de leer esta historia que sorprende y engancha sin que, realmente, sepa explicar muy bien por qué. Será la magia de las buenas historias.

También lo comenté en LD Libros, por si os apetece oírlo.

Nazi, komm raus!, de Christian Springer (LangenMüller)

Cuando hablamos de nazis huidos al extranjero, casi todos pensamos inmediatamente en Argentina, Brasil, Uruguay o incluso España. En la organización ODESSA. En películas como Marathon Man.

Lo que mucha gente no sabe es que destacados criminales nazis hallaron refugio en países como Egipto, Siria o Líbano. Que los países árabes cooperaron con Hitler y que personajes tan siniestros como el Gran Muftí de Jerusalén Ammin Al-Husseini o el Primer Ministro iraquí Rashid Alí eran simpatizantes y aliados de los nacionalsocialistas y pasaron la II GM en Berlín como huéspedes de Hitler.

De esa conexión nazi-árabe trata este libro, más concretamente, de la peripecia de un joven actor alemán, Christian Spinger, enamorado de Siria, que un buen día descubre que en ese país se oculta uno de los más destacados criminales nazis, Alois Brunner, la mano derecha de Eichmann.Desde ese momento, y pese a no contar con el respaldo de nadie ni con mucha información, el joven Springer se dedicará, durante años, a recoger pistas, testimonios que le conduzcan a Brunner (o, como se hace llamar en Siria, Georg Fischer). Lo más terrible de todo no es que Brunner se paseara con total impunidad por Damasco, amparado y protegido por las autoridades, ni que el régimen de los Assad negara siempre que el asesino nazi estuviera en el país: lo que horroriza y llena de vergüenza es que nadie moviera un dedo para lograr la extradición de Brunner, condenado a muerte en Francia, y buscado por cazadores de nazis como Simon Wiesenthal o los Klarsfeld. Ni Alemania, ni la UE, ni la ONU;  nadie hizo nada ni se interesó por el asunto hasta que fue tarde y por el camino “desaparecieron” importantes pruebas que podrían haber revelado mucho de lo que pasó en Alemania tras la guerra, y de las sombras del proceso de “desnazificación”.

Un libro que resulta a veces un tanto desordenado y confuso, con numerosos saltos temporales, pues su autor no es escritor ni historiador, y no acierta a saber encajar las partes históricas con las anécdotas y peripecias de su aventura siria, si bien ambas partes son muy interesantes en sí mismas: es la mezcla lo que resulta confuso. Pero se perdona porque este libro cumple un propósito muy importante: recordar a las víctimas, tratar de descubrir quién y por qué ayudó a sus asesinos y demostrar que un solo hombre, un solo justo, puede hacer mucho. O, al menos, intentarlo.

La saga del sagú de Slattery, de Flann O’Brien (Nórdica)

Un libro bien curioso, no sólo por el tema y el peculiar estilo del escritor, sino porque es el último que escribió O’Brien. Inconcluso a la muerte del autor, Nórdica recupera ahora lo poco (unos capítulos) que dejó escritos.

Es difícil juzgar esta obra; lo que se nos presenta es interesante, sugestivo, divertido y bien escrito. Afirman algunas de las críticas que acompañan a la obra que el libro prometía convertirse en el mejor del autor irlandés. Creo que lo poco que nos ha llegado no permite afirmarlo: apenas conocemos a media docena de personajes, cuya importancia posterior en la obra desconocemos. La trama no está siquiera planteada: sabemos que va a tener que ver con la misteriosa planta del sagú, con Irlanda y con los Estados Unidos, pero nada más. Ni siquiera sabemos si  O’Brien, de haber vivido, habría llegado a terminarla o, a mitad de la narración, habría decidido que no le gustaba o no le interesaba y la habría abandonado. O si la versión definitiva, de haber existido, conservaría trama y personajes tal y como se insinúan en estas pocas páginas.

Si nos centramos sólo en lo que leemos: es divertido, retrata muy bien, en algunos golpes estupendos, los caracteres de irlandeses, estadounidenses y escoceses, a los que el cáustico autor aprovecha para repartir estopa con su estilo habitual. La historia promete, y realmente se queda uno con ganas de saber cómo continuaría la obra.

El problema, y el motivo por el que creo que la editorial se equivoca al publicar este libro, es que no es una versión completa de un libro que el autor no tuvo tiempo de revisar y corregir, o una serie de cuentos que se queda a medias. Es un conjunto de capítulos que no sabemos a dónde nos llevaría si la obra continuara, y eso, en mi opinión, no es una novela, ni debe venderse como si lo fuera. Para el estudioso puede ser interesante; para el lector es frustrante. No es una “obra póstuma”, como anuncia la editorial. Es algo que se quedó a medias y no sabemos qué habría llegado a ser. No llega a la categoría de “obra”, sino de “proyecto”.

Juzgando lo escrito, un notable alto; juzgando la publicación en general, un suspenso. Especialmente porque el precio es el de un libro entero.

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono. Ilustraciones de Joëlle Jolivet (Duomo-Nefelibata)

Una bellísima historia, no sé si real o no, y la verdad es que eso no importa, sobre la generosidad, la humildad, el esfuerzo y el amor a la naturaleza y al ser humano. En este cuento se pone de manifiesto cómo el hombre puede ser colaborador en la labor divina. En este caso, con la muy evocadora imagen del hombre que planta semillas que dan fruto bueno y abundante; aunque éste no lo llegue a recoger el sembrador, alimentará (física y espiritualmente)  a quienes vengan después de él.

A veces de lo pequeño nace algo muy grande. De las bellotas que planta el protagonista de esta historia nacen robles, pero también esperanza, belleza y una vida nueva para muchas personas. Un libro con muchas moralejas posibles, pero que, incluso sin ellas, se puede disfrutar porque es una historia bonita, interesante y bien narrada.

Esta edición cuanta con unas preciosas ilustraciones y dos pop-ups, uno al principio de la historia y otro al final, que sirven para comprobar visualmente la diferencia que marca la acción de un sólo hombre en las vidas de muchos. Un libro perfecto para todas las edades.

LEYENDO

The Pursuit of Italy, de David Gilmour (Penguin)

Pues como ya os he contado aquí y aquí cómo iba, y esta semana sólo he podido llegar a un poco después de la Segunda Guerra Mundial, no añado más.

Me está costando acabarlo, y no porque no sea estupendo.

 

 

Hermanito y hermanita, y otros dieciséis cuentos que no están en los libros, de Jacob y Wilhelm Grimm (Nordica ebook)

Ocurre un poco con este libro como con el de Flann O’Brien que he comentado antes: son cuentos recopilados por los Hermanos Grimm y que publicaron en varias revistas, volúmenes de relatos, etc., pero que posteriormente (salvo tres o cuatro cuentos) fueron editados y reescritos por los autores para la versión definitiva de sus famosísimos libros de cuentos (en algunos casos los cambios son numerosos respecto al original). Algunas de las historias que aquí aparecen resultan chocantes, no tanto por el tema como por la estructura y el lenguaje. Me temo que será otro caso de libro que resulta curioso como anécdota o interesante para los estudiosos de la materia, pero no para el lector corriente, que puede sentirse (con razón) un tanto confundido al ver cuentos que parecen escritos por alguien que no sabe escribir. Y los Hermanos Grimm, desde luego, sabían.

Veremos cómo acaba la cosa.

¡Abajo el colejio!, de Geoffrey Willians y Donald Searle (Impedimenta)

Cuando me enteré de que habían editado este libro me eché a temblar: es, seguramente, uno de los libros más divertidos que había leído en inglés, pero su estilo, su humor, su mero planteamiento (el narrador es un escolar gamberro que escribe con faltas de ortografía bastantes para batir el récord Guinness a perpetuidad) me hacían pensar que sería intraducible.

Como de costumbre, me equivocaba. Jon Bilbao, el traductor, hace un magnífico trabajo y convierte este libro en una verdadera joya. Impresionante. Bravo a la editorial por arriesgarse y por traernos este clásico del humor inglés pata negra (o black leg, I presume) que estoy disfrutando como una enana. (Alguien me tiene que explicar un día por qué disfrutan tanto los enanos y por qué se aburren las ostras.)

COMPRADOS

 Constantine the Emperor, de David Potter (OUP); Israel: An Introduction, de Barry Rubin (Yale University Press); Christ Stopped at Eboli. The Story Of A Year, de Carlo Levi (Levi Press);  Nazis on the Run. How Hitler’s Henchmen Fled Justice, de Gerald Steinacher (OUP); Mossad, de Michael Bar-Zohar y Nissim Mishal (Ecco); When General Grant Expelled the Jews, de Michael D. Sarna (Schocken); Spies Against Armaggedon, de Yossi Melman y Dan Raviv (Levant Books); Necesario pero imposible, de Javier Gomá (Taurus); The Dialectics of Secularization, de Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas (Ignatius Press); True Freedom: On Protecting Human Dignity and Religious Liberty, de Timothy Dolan (Random House); Prayer, de Hans Urs von Balthasar(Ignatius Press); Credo, de Hans Urs von Balthasar (Ignatius Press); Milestones, de Joseph Ratzinger (Ignatius Press); Mein Bruder der Papst, de Georg Ratzinger (Herbig); Der Schattenmann: Von Goebbels zu Carlos, de Willi Winkler (Rowohlt Berlin); Hitlers Muslime: Die Geschichte einer unheiligen Allianz, de Volker Koop (Bebra Verlag); Schweigen die Täter, reden die Enkel, de Claudia Brunner y Uwe von Seltmann (Fischer Taschenbuch); Persilscheine und fälsche Passe, de Ernst Klee (Fischer Taschenbuch); Halbmond und Hakenkreuz: Das Dritte Reich, die Araber und Palästina, de Klaus Mallmann und Martin Cüppers (Primus Verlag).

Superioridad moral

Un imbécil solemne, un indignasuno indocumentado, un Nadie con licencia para la demagogia, que responde al nombre de Gorka Otxoa, ha dicho en su Twitter (la de basura que cabe en 140 caracteres):

“El PP es culpable directo de la muerte de los 2 ancianos q iban a ser deshauciados [sic]. Tiene las manos llenas de sangre. Q lo sepan sus votantes”.

Yo había tenido la suerte de no enterarme, por el bien de mi hígado, hasta que he leído este estupendo artículo de mi amigo Mario Noya que, como de costumbre, lo clava. Leedlo, os lo recomiendo.

Y ésa es la superioridad moral de la izquierda, que ya conocemos bien, pero que no deja de sorprendernos cada vez que alcanza nuevas y abismales cotas de miseria.

Por otro lado, a muchos kilómetros (reales y metafóricos) de Otxoa El Valiente, un hombre sabio, anciano y humilde nos mostraba una vez más lo que es la verdadera superioridad moral:

“Muchos parecen dispuestos a rasgarse las vestiduras frente a los escándalos e injusticias -naturalmente cometidos por otros- pero pocos parecen dispuestos a actuar sobre el propio corazón, sobre la propia conciencia y las propias intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta.”

Pues eso, el que tenga oídos para oír, que oiga. Y el que no, a seguir tuiteando basura.

Vídeo

Un paseo por Múnich

Desde hace un par de días tengo que trabajar en el portátil, no en el Mac grande de casa, y así he podido ver que tenía en él unas cuantas fotos de cuando estuve viviendo unos meses en Múnich de las que ya no me acordaba.

Con la tontería, me metí en Youtube, a ver qué tal funcionaba su editor de vídeos a partir de unas fotos; no está mal, pese a que sigo prefiriendo mis iMovie y iPhoto, especiales para torpes como yo. Pero es completito, salvo en el apartado musical; no permite (o yo no sé) subir tu propia música, tienes que elegir entre lo que tienen. Elegí “Rosen aus den Süden”, de Strauss, porque no encontré otra cosa que le fuera mejor, y además es de mis valses preferidos (aunque sea austriaco, como son vecinos de los bávaros usaremos la manga ancha).

Las fotos están sin retocar y se nota, y en esos meses hice cosas mejores, pero al final el resultado no me disgusta; pensaba borrarlo pues era sólo una prueba, pero lo voy a conservar porque me ha recordado mis paseos vespertinos por la ciudad; trataba de descubrir sitios nuevos, pero los lugares que aparecen en el vídeo son, al final, los más habituales en mi ruta.

Espero que os guste.

Gracias, Benedicto XVI

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En un día en el que a católicos y no católicos nos sorprendía la renuncia de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, me han dejado especialmente estupefacta (aunque ya debería estar acostumbrada) la mezquindad, miseria moral e intelectual y la simple tontería de quienes, sin pararse en barras, se dedican a opinar en los medios de un asunto sobre el que ni tienen conocimientos (las chorradas que he podido escuchar en una sola mañana en diferentes medios sobre Derecho canónico, historia de la Iglesia y  sobre el papado en general dan para varias wikipedias) ni interés alguno por adquirirlos.

Como sería largo citar todas las reacciones, vamos a poner unas pocas como muestra: tenemos a la intelectual que opina desde el respeto y el conocimiento, al fanático miembro de otra religión que  nos deja un comentario lleno de tolerancia y verdad, y, afortunadamente, y ya en serio, a quien muestra de verdad su respeto y es coherente con los hechos y con la trayectoria de un gran intelectual y un gran Papa.

Yo he pasado una mañana entre la incredulidad, la pena y, finalmente, la gratitud a Benedicto XVI por este último gesto de grandeza, generosidad, humildad y honestidad. He recordado los últimos años de Juan Pablo II. No se trata ahora de cuestionar si éste hizo bien o mal en seguir adelante pese a su enfermedad, ni de comparar su decisión con la de Benedicto XVI, para empezar porque no soy quien. Pero sí he pensado que el cardenal Ratzinger estuvo junto a él también en esos años, viendo el deterioro del Papa, sufriendo también por las críticas que se le hacían cuestionando a su persona, al papado e incluso a la Iglesia (algunos aprovechan cualquier ocasión). Y también supongo, no lo sé, que debió de ver cómo muchos  dentro y fuera de la Iglesia aprovechaban esos momentos de debilidad para hacer y deshacer a su antojo, para manejar los hilos y tomar decisiones que un Papa fuerte y en plenitud no habría quizá aprobado.

Es mi opinión personal, simplemente, que una de las razones del Papa para dimitir puede haber sido precisamente evitar que en su caso llegue a pasar algo similar. Cuando físicamente se encuentra muy débil, enfermo y cansado, pero mentalmente sigue conservando las facultades extraordinarias que posee, y sin duda tras honda meditación y oración, ha decidido que esta es la mejor decisión para la Iglesia.

Sólo cabe agradecerle, una vez más, su gesto, su ejemplo y su magisterio. Para mí ha sido y es un gran Papa, un hombre que con su ejemplo y sus escritos me ha iluminado y ayudado en momentos de gran dolor y confusión. Un hombre que ha cumplido lo que dijo al iniciar su breve pontificado:

Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Estas palabras las ha recordado Juan Antonio Cabrera, sacerdote agustino, en el excelente artículo que ha escrito para Libertad Digital y que os recomiendo encarecidamente a todos. Se agradece leer algo tan sensato, mesurado y bien fundado. Especialmente sabiendo que las tonterías que hemos escuchado hoy no son nada comparado con lo que nos espera.

Los libros de la semana (Del 1 al 8 de febrero )

Esta semana con un poco de bastante retraso, pero allá vamos.

LEÍDOS

Las fuentes del afecto. Cuentos dublineses, de Maeve Brennan (Alfabia)

Recopilación de cuentos publicados por la autora en New Yorker y Harper’s Bazaar.

El título es un tanto engañoso, pues la ciudad de Dublín no es la gran protagonista de estas historias; salvo en unos cuantos de los relatos, el hecho de que transcurran en Dublín o no es irrelevante. Sí aparece la ciudad como telón de fondo, pero el libro se podría haber llamado igualmente “Cuentos irlandeses”, por ejemplo, porque lo que sí está presente en todo momento es el espíritu irlandés, ese algo especial que hace que, pese a tener un estilo propio y una forma de narrar muy interesante y personal, el libro me haya recordado mucho a Joyce (el de Los muertos), a Seamus O’Kelley o a Liam O’Flaherty, a los que he leído hace poco.

El libro se divide en tres bloques: el primero, de relatos autobiográficos de la autora, que recuerda su infancia en Dublín. En los otros dos los protagonistas son dos familias, los Derdon y los Bagot. El tono amable y ligero de los primeros relatos da paso a otro en el que los protagonistas revelan su vacío, su desazón ante una vida gris y un matrimonio en el que, quizá, nunca hubo amor, sólo una chispa de deseo que el egoísmo, el hastío y la rutina pronto sofocaron.

No son grandes tragedias ni dramones victorianos, “sólo” relatos muy bien escritos en los que se nos muestra a unos personajes profundamente reales: ni muy buenos ni muy malos, sólo humanos.

Un libro y una autora altamente recomendables, como comenté en el LD Libros de la semana pasada.

Virginia Woolf, de Michèle Glazier y Bernard Ciccolini (Impedimenta)

Una biografía muy original de Virginia Woolf, en forma de cómic. Llego a ella gracias a la reseña de Carmen Carbonell en LD Libros (aquí, desde el minuto 22:50, aunque el resto del programa es también muy recomendable). Nunca me ha conseguido gustar lo poco que he leído de la escritora, pero me parece muy interesante su vida (lo que no quiere decir que me guste). Este cómic constituye una buena aproximación que, ciertamente, te deja con ganas de saber más de ella y de los integrantes de su círculo de amigos, el muy progre “Grupo de Bloomsbury”.

Los dibujos no son especialmente impresionantes, según mi opinión: hay dibujantes que me gustan más, pero creo que el estilo se adapta bien a la vida turbulenta de Virginia Woolf, a sus dramas, su enfermedad, su desasosiego. Sí es bonito ese aire de haber sido hechos a la acuarela, que les otorga un encanto especial. En cuanto al texto, evidentemente no puede profundizar demasiado, pero creo que ahí radica su mérito, en dejar al lector con ganas de saber más. Personalmente, me parece un tanto discutible que se hayan escogido una serie de anécdotas de la biografía de Woolf un tanto irrelevantes por el mero hecho de que se refieran a Francia (país de los autores del libro). Salvo por ese detalle, me parece bastante objetivo y, pese a que en la vida de Virginia Woolf hubo mucho de escabroso, los autores consiguen narrar esos aspectos sin resultar morbosos, con bastante elegancia.

La frontera, de Franco Vegliani (Minúscula)

En realidad lo terminé la semana pasada, pero como no hubo entrada en el blog, lo incluyo ahora. Es una obra desasosegante, en la que se entrecruzan las vidas de dos soldados italianos, uno de la Primera Guerra Mundial y otro de la Segunda. Ambos son originarios de la misma región, entre Friuli e Istria, que el autor, Vegliani, conocía bien por ser nativo de Trieste.

El drama de los habitantes de esa región es indudable; simples peones en manos de venecianos, austrohúngaros, Napoleón, piamonteses, italianos, yugoeslavos… Y además con la “ayuda” de las potencias europeas, que negociaron con su pertenencia a uno o a otro país por meros criterios estratégicos.

Emidio Orlich, soldado triestino en el ejército austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial, ve cómo su vida, que parecía correr por raíles bien establecidos, cambia radicalmente con la guerra: descubre el amor, la pasión, el miedo y, sobre todo, cuestiona su propio patriotismo cuando conoce a un soldado eslavo de otra compañía que es detenido por traición. Mirado con suspicacia por superiores y compañeros de armas por el hecho de ser italoparlante, Emidio deberá tomar una terrible decisión que tendrá trágicas consecuencias.

Años después, en plena Segunda Guerra Mundial, su historia es rememorada por su tío, el viejo pescador istriano Simeone que, en la Dalmacia ocupada por Italia, explica a un soldado italiano la trágica historia de Emidio, pues cree adivinar que entre ambos soldados hay más coincidencias de lo que parece.

Un clásico de la literatura triestina que conmueve y desasosiega; sin embargo, no sé si porque influye la traducción, que no me convence, el estilo del autor no me acaba de enganchar: tiende mucho a anticipar lo que va a suceder a continuación , insinuando más que contando, con lo que se carga toda posible sorpresa. Indudablemente, si su objetivo era crear una tensión agobiante en el lector y ganas de sacudir al a ratos muy cansino protagonista, lo logra con creces. Con todo, en mi opinión, notable.

LEYENDO

The Pursuit of Italy, de David Gilmour (Penguin)

Lenta, pero sin pausa, sigo avanzando en este libro estupendo. Pese a las salvedades que comenté la última vez que hablé de él, es un libro que considero imprescindible para cualquier interesado en la historia de Italia en general y de su “unificación” en particular.  Durante esta semana he podido leer como desmonta mitos, expone las miserias de los “grandes hombres” del Risorgimento y narra la “unificación” como lo que realmente fue: una anexión-absorción por parte del Piamonte. Ahora estoy con la época de Mussolini, al que está repartiendo estopa a base de bien, pero, con su ecuanimidad habitual (salvo cuando se trata de la Iglesia -para mal- y de algunos de sus personajes favoritos -para bien) señala también que el Duce no fue, ni mucho menos, un monstruo a la altura de Hitler, Lenin o Stalin. Cada cosa lo que sea. Exagerar y comparar lleva a deformar la realidad y a escribir una historia irreal.

Espero acabarlo esta semana.

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)

Un sorprendente cuento sobre dos hermanas que viven en una mansión en medio de un bosque, aisladas voluntariamente de los habitantes del pueblo vecino, que las odian y temen. ¿Por qué iban a odiar a dos jóvenes bellas, ricas y alegres? Porque seis años atrás toda la familia de las muchachas, salvo su anciano tío Julian, que quedó con graves secuelas, murió asesinada, envenenada con arsénico, al parecer por la hija mayor, Constance.

La historia nos la narra Mary Katherine, Merricat, la hija menor superviviente de la tragedia, una adolescente enigmática y diferente, que trata de proteger a su hermana Constance y a sí misma del odio de sus vecinos y de cualquier cambio que perturbe su existencia con una serie de amuletos, rituales y pensamientos de lo más peculiar.

Inquietante, divertida, dramática y espeluznante a ratos, este libro es todo un descubrimiento. A punto de terminarla.

Miguel Ángel. Obra completa, de William E. Wallace (Electa)

Espectacular volumen, por tamaño y calidad. Fotos excelentes de las obras del gran Miguel Ángel, analizadas y comentadas por William E. Wallace, gran conocedor de su obra. Incluye una amena, si bien breve, introducción biográfica. Ágil, accesible y rigurosa. Indudablemente, hay obras dedicadas a un público más experto en las que se realiza un análisis mucho más profundo y extenso, pero este libro constituye una buena obra de referencia y una adecuada introducción a la obra del genio florentino.

Ya he terminado con la escultura, ahora a por la pintura.

COMPRADOS

The Politically Incorrect Guide to the Presidents, de Steven F.Hayward (Regnery);  María Estuardo, de Stefan Zweig (Acantilado); Nazi, komm raus, de Christian Springer (Herbig); Classical Art, de Mary Beard y John Henderson (OUP); Historia criminal del comunismo, de Fernando Díaz Villanueva; Verano en English  Creek, de Ivan Doig (Libros del Asteroide)…