Gracias, Benedicto XVI

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En un día en el que a católicos y no católicos nos sorprendía la renuncia de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, me han dejado especialmente estupefacta (aunque ya debería estar acostumbrada) la mezquindad, miseria moral e intelectual y la simple tontería de quienes, sin pararse en barras, se dedican a opinar en los medios de un asunto sobre el que ni tienen conocimientos (las chorradas que he podido escuchar en una sola mañana en diferentes medios sobre Derecho canónico, historia de la Iglesia y  sobre el papado en general dan para varias wikipedias) ni interés alguno por adquirirlos.

Como sería largo citar todas las reacciones, vamos a poner unas pocas como muestra: tenemos a la intelectual que opina desde el respeto y el conocimiento, al fanático miembro de otra religión que  nos deja un comentario lleno de tolerancia y verdad, y, afortunadamente, y ya en serio, a quien muestra de verdad su respeto y es coherente con los hechos y con la trayectoria de un gran intelectual y un gran Papa.

Yo he pasado una mañana entre la incredulidad, la pena y, finalmente, la gratitud a Benedicto XVI por este último gesto de grandeza, generosidad, humildad y honestidad. He recordado los últimos años de Juan Pablo II. No se trata ahora de cuestionar si éste hizo bien o mal en seguir adelante pese a su enfermedad, ni de comparar su decisión con la de Benedicto XVI, para empezar porque no soy quien. Pero sí he pensado que el cardenal Ratzinger estuvo junto a él también en esos años, viendo el deterioro del Papa, sufriendo también por las críticas que se le hacían cuestionando a su persona, al papado e incluso a la Iglesia (algunos aprovechan cualquier ocasión). Y también supongo, no lo sé, que debió de ver cómo muchos  dentro y fuera de la Iglesia aprovechaban esos momentos de debilidad para hacer y deshacer a su antojo, para manejar los hilos y tomar decisiones que un Papa fuerte y en plenitud no habría quizá aprobado.

Es mi opinión personal, simplemente, que una de las razones del Papa para dimitir puede haber sido precisamente evitar que en su caso llegue a pasar algo similar. Cuando físicamente se encuentra muy débil, enfermo y cansado, pero mentalmente sigue conservando las facultades extraordinarias que posee, y sin duda tras honda meditación y oración, ha decidido que esta es la mejor decisión para la Iglesia.

Sólo cabe agradecerle, una vez más, su gesto, su ejemplo y su magisterio. Para mí ha sido y es un gran Papa, un hombre que con su ejemplo y sus escritos me ha iluminado y ayudado en momentos de gran dolor y confusión. Un hombre que ha cumplido lo que dijo al iniciar su breve pontificado:

Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia.

Estas palabras las ha recordado Juan Antonio Cabrera, sacerdote agustino, en el excelente artículo que ha escrito para Libertad Digital y que os recomiendo encarecidamente a todos. Se agradece leer algo tan sensato, mesurado y bien fundado. Especialmente sabiendo que las tonterías que hemos escuchado hoy no son nada comparado con lo que nos espera.

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