Los archivos pulineros: El naufragio del White Ship

Hace tiempo que no rescato alguno de los articulejos con los que amenazaba amenizaba  a los pacientes lectores de los Suplementos de LD. Aquí va uno de ellos, publicado hace un añito. O tempora.

***

Inglaterra, 1120. Enrique I reina desde hace 20 años. Es un monarca poderoso, cuyos dominios se extienden a ambos lados del Canal de la Mancha, que debe cruzar a menudo para ocuparse de sus territorios de Normandía. El paso del Canal, por breve que resulte, es siempre peligroso, especialmente en invierno, cuando fuertes vientos y oleajes provocan accidentes a menudo. Por ello, el rey nunca realiza la travesía pasado el mes de septiembre. Pero ese año tiene un motivo especial para demorar su viaje de regreso a Inglaterra: tras dos años de guerra, ha conseguido firmar la paz con el rey de Francia.

Desde que en 1066 Guillermo, duque de Normandía, conquistara Inglaterra, las disputas entre los monarcas ingleses y sus poderosos vecinos del continente fueron continuas. Los duques normandos, en principio vasallos del rey de Francia, vieron aumentado espectacularmente su poder con la conquista de Inglaterra. A partir de ese momento, estados vecinos como Flandes, Anjou o Maine veían a Guillermo y a sus sucesores como rivales por el dominio de las tierras galas. Guillermo trató de evitar problemas y suspicacias dividiendo sus posesiones entre sus hijos mayores: a Roberto le correspondió Normandía y a Guillermo II, Inglaterra. Pero con ello no logró sino agravar el problema: sus hijos trataron de arrebatarse mutuamente sus posesiones, los vecinos seguían mirándoles mal y los barones anglonormandos, con tierras a ambos lados del Canal, preferían tener un solo señor al que servir, no dos.

En aquellas circunstancias, hacía falta un hombre fuerte y a la vez hábil negociador para mantener a raya a parientes, vecinos y súbditos, y ni Roberto ni el disoluto y rapaz Guillermo II lo eran. Pero el tercer hijo de Guillermo el Conquistador sí reunía esas características: Enrique, astuto e intrigante, había apoyado ora a un hermano, ora al otro en sus disputas. Tanto había cambiado de bando, que éstos, desconfiados, hicieron testamento para legarse mutuamente sus posesiones en caso de fallecer sin herederos legítimos: todo con tal de que no heredara Enrique.

De nada les sirvió: cuando en 1100 Guillermo falleció sin hijos, en un accidente de caza en el mismo bosque en el que –¡oh, casualidad!– Enrique estaba cazando, éste vio llegada su oportunidad. Por muy atado y bien atado que creyeran sus hermanos tener el tema de la sucesión, el ascenso al trono en la Inglaterra normanda era más bien una cuestión de velocidad: había que ser el primero en llegar a Winchester a tomar posesión del tesoro real, el más rápido en deshacerse de los posibles rivales y opositores; y, naturalmente, había que encontrar antes que los demás un obispo afín que se aviniera a la coronación. Enrique completó las tres etapas en tiempo récord, antes de que Roberto pudiera protestar, ya que se hallaba en las Cruzadas. A su regreso, éste le declaró la guerra; mejor no lo hubiera hecho: Enrique le derrotó, lo mantuvo prisionero de por vida y le arrebató el ducado de Normandía.

Pero Enrique siguió teniendo problemas. Si bien en Inglaterra no hubo levantamientos durante el resto de su reinado, en el continente no cesaron las luchas. Un año especialmente difícil para él fue 1118: hubo de hacer frente a graves disputas con Anjou y guerrear contra Francia, lo que le mantuvo ocupado hasta el año siguiente, cuando derrotó al soberano francés y logró firmar un tratado de paz con el conde Foulques de Anjou. Según dicho tratado, la hija de Foulques se casaría con Guillermo Adelin (o Aetheling, término con el que los anglosajones designaban a los príncipes herederos), hijo de Enrique. El soberano normando tenía más de veinte hijos bastardos reconocidos, a los que colmaba de honores, pero sólo dos hijos legítimos: Guillermo, el heredero, y su hermana Matilde, casada con el emperador alemán Enrique V.

Enrique, tras vencer a Luis VI de Francia, logró que éste aceptara que su hijo Guillermo le prestase homenaje, lo que equivalía a reconocer al primero como señor de Normandía y a su hijo como legítimo heredero.

Todo había salido a la perfección en el continente. Tras las celebraciones que tuvieron lugar en Normandía, el soberano normando se hallaba listo para partir de regreso a Inglaterra el 20 de noviembre de 1120.

En el puerto de Barfleur le esperaba el snecca, el barco real con proa en forma de dragón típico de los normandos. Barfleur era el puerto más importante de Normandía, el mismo desde el que había partido en 1066 Guillermo el Conquistador rumbo a Inglaterra. Para colmo de casualidades, en el puerto se encuentra Thomas Fitzstephen, hijo del mismo capitán que había llevado al Conquistador a las Islas.

Fitzstephen pone a disposición del rey su nuevo barco: el White Ship (en francés, la Blanche-Nef), el Barco Blanco. Se trata de la nave más moderna y mejor preparada del momento, el orgullo de su capitán. Enrique prefiere seguir con sus planes de viaje originales y regresar en el snecca, pero para no desairar a Fitzstephen le propone que lleve a su hijo Guillermo y a su séquito.

Esa misma tarde parte el rey. Su hijo y sus compañeros, mientras, prefieren seguir con las celebraciones en el puerto. La comitiva estaba formada por la flor y nata de la nobleza anglonormanda: dos de los hijos bastardos del rey, Ricardo y Matilde, condesa de Perche; el conde de Chester y su hermano, tutor del príncipe; el sobrino favorito del rey, Esteban, hijo de su hermana Adela; un sobrino del emperador Enrique V… En total, unos 150 nobles, más sus sirvientes y la tripulación. Se calcula que se hallaban a bordo unas 300 personas.

El ambiente en el White Ship antes de zarpar es de fiesta, han consumido todo el vino que se encontraba en el puerto, con lo que el pasaje y la tripulación están completamente borrachos cuando la nave, por fin, se hace a la mar. Antes, sin embargo, uno de los pasajeros exige desembarcar: Esteban, el sobrino del rey y el único que permanecía sobrio a bordo. Según algunos narradores, no pudo soportar más el desenfreno que reinaba a bordo; otros, como Orderic Vitalis, brillante cronista de la época, explican que no probara el alcohol y desembarcara debido a una inoportuna diarrea. Y no faltan quienes sospecharan que tuvo algo que ver en la tragedia que siguió.

Ya es de noche cerrada cuando el White Ship zarpa. No hay luna, pero el mar está en calma. El príncipe y sus compañeros, animados por el vino, retan a los marineros a alcanzar al snecca y llegar antes que éste a Inglaterra. El barco es más rápido y moderno, y, siguiendo una ruta más corta, puede lograrlo, argumentan. Así, en vez de abandonar el puerto por el sur, la salida habitual, lo hacen por el norte. A menos de milla y media hay una roca semisumergida, llamada Quillebeuf. Nadie a bordo la ve y el barco choca contra ella. En cuestión de minutos el barco se hunde. Guillermo, dicen algunos cronistas, logró subir al único bote salvavidas, pero ordena regresar cuando oye los gritos desesperados de su hermana bastarda, la condesa de Perche. Los que aún se mantienen a flote se lanzan sobre el bote cuando lo ven regresar y, en su desesperación, lo hacen volcar: todos los que iban a bordo se ahogan en las heladas aguas del Canal.

Pasan las horas y de los pasajeros del White Ship sólo dos se mantienen con vida, aferrados a un remo: un noble llamado Geoffrey Fitzgilbert y un carnicero de Rouen llamado Berold, que había subido a bordo para cobrar lo que le adeudaban unos miembros del séquito del príncipe. Fitzgilbert no resiste mucho más y se suelta del remo. A la mañana siguiente tres pescadores rescatan al único superviviente de la tragedia, el carnicero Berold, cuyo chaleco de basta piel de oveja le ha ayudado a no morir congelado.

Orderic Vitalis cuenta que Thomas Fitzstephen, el capitán y armador, se habría salvado también, pero que, ante la perspectiva de comparecer ante el rey y tener que anunciarle la muerte de su hijo, prefirió ahogarse. La reacción de Enrique I cuando, días después, se atrevieron a darle la noticia de la tragedia fue no sólo la de un padre al perder a un hijo, sino la de un monarca que ve que sus planes de sucesión, fruto de costosas alianzas, guerras e intrigas, se vienen abajo. Fue tal su desesperación, que se desmayó y, según las crónicas, nunca volvió a sonreír.

El naufragio del White Ship no sólo tuvo consecuencias en la sucesión al trono: muchas familias nobles de Inglaterra y Normandía habían perdido a sus descendientes. El caos hereditario duraría décadas. Enrique trataría infructuosamente de engendrar un nuevo heredero legítimo contrayendo matrimonio apenas dos años después con una joven condesa de Lorena. Al fracasar en sus intentos intentará que los barones acepten a su hija Matilde, viuda del emperador alemán, como heredera. Aunque éstos la jurarán como tal en dos ocasiones, de nada servirá: Enrique muere en 1135 de una indigestión tras un atracón de lampreas, y el primero en llegar a Winchester y hacerse coronar no será Matilde, sino Esteban, el sobrino del rey que milagrosamente se salvó de morir ahogado en la aciaga noche del 20 de noviembre de 1120.

La guerra civil que asolaría Inglaterra durante veinte años estaba a punto de comenzar.

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Publicado originalmente en el Suplemento Historia de Libertad Digital el 22 de febrero de 2012.

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