Archivo mensual: marzo 2013

Los archivos pulineros: Teodora, del circo al trono

Pues aquí os dejo un artículo que escribí sobre la muy intrigante, muy misteriosa y muy fascinante Teodora de Bizancio. Una santa o el demonio hecho mujer, según a quién leamos. En cualquier caso, una de las mujeres más poderosas e influyentes de la historia.

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Aventurera, prostituta, intrigante, vengativa, ambiciosa, heroína, santa… Detodas estas formas se ha descrito a la emperatriz Teodora, la mujer más poderosa de su época y una de las más enigmáticas de todos los tiempos.

El misterio que rodea a Teodora se debe tanto al hecho de que gran parte de su vida –la anterior a su matrimonio con el emperador Justiniano– no esté documentada y sólo se haya podido reconstruir sobre suposiciones y rumores, como a que su principal biógrafo fuera al mismo tiempo su más encarnizado detractor: Procopio de Cesarea.

Procopio es el historiador más famoso de su época, gracias fundamentalmente a su Historia de las guerras de Justiniano. Además de esta obra, dedicó a la pareja imperial Sobre los edificios, en el que glosa su programa de construcciones en Constantinopla; en realidad, es un panegírico de los soberanos en el que nuestro autor demuestra sus extraordinarias dotes para la adulación. Tanto almíbar se le debió de indigestar; además, estaba resentido con Justiniano y odiaba a Teodora, si bien ignoramos los motivos concretos de su inquina: puede que su nombramiento como prefecto de Bizancio y la concesión del título de Ilustre no fueran suficiente recompensa. El caso es que, ya fuera como pasatiempo, como instrumento de chantaje o como terapia para desahogarse, Procopio escribió una de las obras más venenosas, retorcidas y chismosas de todos los tiempos: laAnekdota, o Historia secreta, en la que retrata a Bizancio como una sociedad enteramente corrupta y degenerada, gobernada por dos demonios de forma humana, Justiniano y Teodora.

Esta última es quien peor parada sale: a su lado, Mesalina es una tímida colegiala. No hay vicio, depravación o crimen que le sea ajeno: robo, fraude, prostitución, zoofilia, aborto, tortura, brujería… El problema es que, aunque en la Historia secreta hay anécdotas evidentemente falsas, fruto del odio y la imaginación calenturienta de Procopio o de la chismografía de aquel entonces, no podemos descartar la obra entera: es un buen retrato de la época y hay datos son corroborados por otras fuentes, al menos en lo esencial; otros, si bien no verificados, sí resultan verosímiles, como los que se refieren a los orígenes de Teodora.

Teodora debió de nacer en el año 500; en algún lugar indeterminado del Imperio, probablemente en Siria o en Chipre, según las escasas fuentes de las que disponemos. Era la segunda de las tres hijas de un modesto matrimonio. De su madre no conocemos ni el nombre, y de su padre sólo sabemos que trabajaba como domador de osos en el Hipódromo de Constantinopla y que se llamaba, probablemente, Acacio. Los patronos de Acacio eran los miembros de la facción Verde. Éstos no eran los ecologistas de la época, ni mucho menos: la sociedad bizantina estaba radicalmente dividida en dos facciones, los Verdes y los Azules; originariamente no eran más que dos equipos que competían en las carreras del Hipódromo, pero con el tiempo se habían convertido en bandos que dominaban por completo la vida en Constantinopla, y a los que casi podríamos comparar con los partidos políticos actuales. Sus respectivos partidarios se enfrentaban a menudo y causaban desórdenes, que acababan generalmente con intervenciones de la guardia imperial y algunos de los cabecillas en prisión.

El padre de Teodora falleció cuando ella tenía seis años, y su madre no tardó en casarse de nuevo. Esperaba que los Verdes contrataran a su nuevo esposo para ocupar el puesto del difunto, pero no fue así. Por ello, esperando conmover al público y que los Verdes no tuvieran más remedio que reconsiderar su decisión, vistió a sus tres hijitas con túnicas y guirnaldas de flores y las hizo aparecer abrazadas a ella en medio de la arena del Hipódromo en uno de los intermedios, suplicando la compasión del respetable. Lo sentimental siempre vende, y aquella no fue una excepción: los Verdes no se ablandaron, pero los Azules sí, y contrataron al padrastro de Teodora. Ésta no olvidó jamás aquello y permaneció fiel a la facción Azul el resto de su vida.

Pero las hijas crecen y la madre de Teodora pronto se vio sin recursos para mantenerlas, por lo que las animó a dedicarse al espectáculo. La mayor, Comito, pronto se hizo actriz, con bastante éxito. En aquella época (como en casi todas) las actrices no tenían demasiada buena fama: se las consideraba prácticamente como prostitutas; de hecho, muchas combinaban ambas actividades. La hermana de Teodora parece haber formado parte de esta categoría, y pronto llamó a su hermana, por entonces de unos 12 años, para que la ayudara en calidad de sirvienta. Si hemos de creer a Procopio, Teodora no tardó en desbancar a Comito tanto dentro como fuera del escenario. Omitiremos aquí los pasajes más escabrosos de la vida de nuestra protagonista; los interesados pueden acudir a ese antecedente del Sálvame y similares que es la Historia secreta.

El caso es que Teodora acabó a los 16 años convertida en amante de un funcionario al que destinaron a Libia, adonde lo acompañó. La convivencia resultó un desastre, y al poco Teodora decidió regresar a Constantinopla. De vuelta a casa se detuvo en Alejandría, lo que cambió su vida para siempre. Fue acogida por la comunidad monofisita de la ciudad, y al parecer experimentó una conversión espiritual, abrazó el monofisismo y decidió abandonar su antigua vida.

Así, en Constantinopla no volvió a los escenarios ni a su disoluta conducta anterior. Una leyenda medieval asegura que se dedicaba a hilar lana en una humilde vivienda cercana al palacio imperial cuando conoció a Justiniano, sobrino del emperador Justino y verdadero soberano en la sombra. Lo más probable, sin embargo, es que ambos se conocieran por mediación de una tal Macedonia, antigua compañera de Teodora en el mundo del espectáculo y una de las informantes de Justiniano. El caso es que el sobrino del emperador quedó totalmente fascinado por ella y la hizo su amante. Ambos vivieron en concubinato varios años, y al parecer incluso tuvieron un hijo, si bien el niño moriría en la infancia. Teodora, por cierto, ya tenía una hija (como se diría ahora, “fruto de una relación anterior”), de la que ignoramos el nombre.

Justiniano estaba totalmente hechizado por Teodora (según Procopio, literalmente) y deseaba hacerla su esposa, pero una antigua ley prohibía a las actrices contraer matrimonio con personas de rango; además, la esposa de Justino, Eufemia, se oponía tajantemente al enlace, pues consideraba que aquélla era una mujer de baja estofa indigna de tan alto honor. Seguramente hablaba por experiencia: antes de casarse con Justino era una esclava analfabeta de nombre Lupicina (nombre muy común entre las prostitutas, dicho sea de paso). No fue hasta la muerte de su tía que Justiniano pudo convencer a Justino para que derogara la ley y le permitiera casarse con Teodora, en el año 525.

Por extraño que parezca, el matrimonio funcionó. Jamás se separaron ni tuvieron la menor disputa; y, por mucho que fastidiara a Procopio, por lo visto se guardaron fidelidad hasta la muerte. En el 527 fueron coronados coemperadores con Justino, y enseguida, sólo cuatro meses después, a la muerte de éste, se convierten en amos absolutos del Imperio. Por deseo de su esposo, Teodora no fue emperatriz consorte, sino soberana por derecho propio, su igual, su principal consejera y colaboradora. Justiniano era un hombre que, pese a sus orígenes campesinos, había recibido una esmerada educación en Constantinopla y estaba considerado un intelectual. Teodora, si bien carecía de formación, era una mujer inteligente, astuta y, sobre todo, tremendamente ambiciosa. Amaba el poder y no pensaba renunciar a él.

Así lo demostró en el acontecimiento más importante de su vida, la revolución llamada Nika.

Ya hemos comentado la rivalidad existente entre las facciones Verde y Azul, y los disturbios que provocaban regularmente en Constantinopla. Sin embargo, en el año 532 esas revueltas fueron más allá de las simples algaradas callejeras. Debido al descontento popular con la subida de impuestos y la corrupción generalizada de la administración, al frente de la cual se encontraban Juan de Capadocia y Triboniano. El pueblo exigía su expulsión, y por una vez Verdes y Azules se unieron en la protesta cuando sus cabecillas fueron encarcelados y condenados a muerte.

Las algaradas acabaron por convertirse en revolución: el pueblo se negaba a obedecer al ejército, tampoco al mismísimo emperador. Ni siquiera la facción Azul, con la que simpatizaban tanto Justiniano como Teodora, hizo caso del llamamiento a la calma, ni de la oferta de perdón para los alborotadores. Las calles se convirtieron en campos de batalla y Constantinopla se vio envuelta en llamas. Edificios como la antigua basílica de Santa Sofía o el Senado fueron arrasados por el fuego. Justiniano, que, pese a su inteligencia y brillantez, era un hombre bastante indeciso y, por lo visto, cobarde, decidió que lo mejor era huir de la ciudad. Con la ayuda de sus más cercanos, preparó la huida por mar; pero, inesperadamente, Teodora se negó a acompañarle.

Hasta el mismo Procopio se vio obligado a señalar que la reacción de la emperatriz fue impecable (puede, incluso, que, llevado por la lírica, adornara en exceso su narración de los hechos); con firmeza, a los presentes en palacio Teodora les dijo que, aunque fuera impropio que una mujer aconsejara a unos hombres asustados, no creía que huir fuera lo más digno. Un emperador jamás debía escapar. Todo el que nace morirá tarde o temprano, y ella prefería hacerlo como emperatriz. Nunca renunciaría a sus vestiduras imperiales ni a la dignidad que le conferían. Si Justiniano quería huir, podía hacerlo sin dificultad. Ella prefería seguir el antiguo dicho según el cual la púrpura es el más noble de los sudarios.

Impresionado y animado por el discurso de su esposa, Justiniano cambió radicalmente de actitud. Envió a sus dos mejores hombres, los generales Belisario y Mundo, a sofocar la revolución. Éstos aguardaron a que el pueblo se hallara reunido en el Hipódromo para las carreras, bloquearon todas las salidas y procedieron a la masacre: más de 30.000 hombres, mujeres y niños perecieron. El horror apagó instantáneamente la revuelta.

Naturalmente, aquello extinguió la poca popularidad que pudiera quedarle al emperador, y aún más la de la emperatriz, a la que casi todos despreciaban y consideraban instigadora de la represión. De nada sirvieron los magníficos programas de reconstrucción o beneficencia llevados a cabo por la pareja, o las numerosas reformas legales: su fama de crueles no les abandonaría.

Muchos vieron como un castigo divino el que la pareja no tuviera hijos. Por mucho que ambos lo desearan, y pese a que ya habían sido padres antes de su matrimonio, Teodora no volvió a concebir. Según los cronistas más piadosos, Teodora dedicó el resto de su vida a ocuparse de los más necesitados y a inspirar a su esposo reformas a favor de las mujeres y los desposeídos. Sin duda, Justiniano impulsó varias reformas en ese sentido, como la que confería a las mujeres el mismo derecho de propiedad que a los hombres, pero no es posible atribuir estas mejoras sólo a la influencia de Teodora, a la que algunos quieren ver como antecedente del feminismo militante y prototipo de las mujeres modernas y liberadas. Las reformas legales de Justiniano, en especial su compilación de las leyes romanas, constituyeron indudablemente un avance histórico, pero no fueron fruto de una decisión súbita o una inspiración genial del emperador, sino el resultado de un proceso que ya llevaba en marcha muchos años y que le precedía. Justiniano y Teodora llevaron a cabo grandes reformas, sí, pero es absurdo y antihistórico atribuirles ideas o modos de pensar progresistas.

Lo que es indudable es que Teodora marcó la época. Fiel al monofisismo hasta su muerte, fue la principal valedora de esta corriente ante el emperador, y a muchos de sus protegidos llegó a ocultarlos en sus propias estancias para librarlos de la persecución. Diversos historiadores la consideran culpable de fomentar la división del cristianismo oriental, mientras que otros sostienen que, bien al contrario, Teodora logró retrasar el cisma siquiera unos años.

La mujer más poderosa de su tiempo murió en el año 548, probablemente de un cáncer de pecho. Su desolado esposo jamás se recuperó y, pese a no tener herederos, no volvió a contraer matrimonio. La hizo sepultar con todos los honores en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Diecisiete años más tarde se reuniría allí con ella.

Hoy, ambos son venerados como santos por la Iglesia Ortodoxa, que celebra su festividad el 14 de noviembre. Cabe preguntarse qué pensaría de ello el viperino Procopio.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 21 de marzo de 2012.

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Los libros de la(s) semana(s) (Del 18 de febrero al 3 de marzo)

Pues sí, ya son dos semanas y se me acumulan los libros, así que voy a intentar no extenderme mucho.

LEÍDOS

 The Pursuit of Italy, de David Gilmour (Penguin)

Por fin terminé uno de los libros con los que llevaba bastante tiempo. No es un libro para leer de una tacada, sobre todo si, como es mi caso, no se tienen demasiados conocimientos de la historia de Italia, especialmente de la moderna.
Hay que advertir que ésta no es una historia de Italia, o, al menos, una al uso. No se señalan aquí todos los hechos fundamentales, ni los personajes más sobresalientes. Se trata, por describirla de forma resumida, de una historia de la idea de Italia, de cómo el concepto de Italia como patria, como nación, ha ido evolucionando desde la época de los romanos hasta nuestros días. Naturalmente, se hace hincapié en la Unificación, y se analiza si ésta fue un acierto o un grave error que los italianos de hoy siguen pagando.

Es un libro ameno, documentadísimo y bien escrito. Me ha gustado especialmente la forma que tiene de desmontar tópicos, de cuestionar ideas que aparentemente se tienen como verdades intocables (la grandeza de ciertos personajes, las glorias del Risorgimento, la Italia rica y próspera del Norte desangrada por un Sur pobre y vago…). Gilmour razona y expone argumentos sólidos y convincentes, con imparcialidad, reconociendo méritos y fallos en unos y otros y manteniendo el interés del lector a lo largo de una obra extensa y  ambiciosa que pocos habrían sabido manejar.

Sólo en un par de ocasiones pierde el autor,  en parte,  esa equidistancia e imparcialidad: Cuando trata de personajes que le son especialmente queridos (Garibaldi, por ejemplo), aún reconociendo sus errores y fallos, no puede evitar contemplarlos con simpatía e indulgencia, lo que es comprensible, si bien esto chirría al contrastar con su habitual imparcialidad. Y el caso más flagrante, su manía por la Iglesia católica y su jerarquía, a la que no duda en acusar de numerosos defectos (muchos de ellos de forma justificada, bien es cierto), pero a la que no concede sus aciertos (alguno habrá tenido, digo yo, en casi dos milenios por tierras italianas) ni perdona sus fallos, como hace con sus personajes predilectos. No menciona muchas veces a la Iglesia, ciertamente, pero el tratamiento despectivo que le da destaca poderosamente en medio de una obra excelente.

Con todo, esos fallos no logran empañar un libro altamente recomendable y que incluyo ya entre mis favoritos.


¡Abajo el colejio!
, de Geoffrey Willians y Donald Searle (Impedimenta)

Uno de mis libros favoritos en inglés, por fin traducido al español. Y muy bien traducido, además. El diario de Nigel Molesworth, el terror de San Custodio, un arquetípico internado inglés, es una verdadera joya del mejor humor británico. Escrito con todas las faltas de ortografía habidas y por haber, lleno de comentarios carentes de respeto hacia directores, profesores y padres (por no hablar de los compañeros), plagado de planes a cual más absurdo para evitar clases, exámenes y demás incordios con los que los adultos, esos genios del mal, interrumpen la plácida existencia de un escolar. Con unas ilustraciones fantásticas y a la altura del texto, es imposible que este libro no haga reír. Ni siquiera el director de San Custodio podría resistirse

El lado bueno de las cosas, de Matthew Quick (DeBolsillo).

Me puse a leer este libro sin haber visto la película, lo que recomiendo. Tenía la intención de ver ésta después y comparar, y debo decir que no he podido hacerlo. Tanto el  libro como la película me han decepcionado un poco, pero por diferentes motivos. La película ha adaptado el libro de forma un tanto sui generis, modificando muchas cosas que en la novela son fundamentales, mejorando otras que me parecieron un error en el libro y cambiando mucho, demasiado quizá, a la mayor parte de los personajes.

Pero voy a juzgar el libro como tal, sin pensar en la película, y repito que me ha decepcionado. Esperaba algo más original, más profundo y, desde luego, mejor escrito. No es malo, ojo, sólo que esperaba más. Para no destripar demasiado el argumento, trata de un hombre, Pat, que sale del psiquiátrico en el que ha estado recluido una larga temporada por un trastorno bipolar. Y aquí empiezan los fallos: en mi nada experta opinión lo que tiene Pat no es un trastorno bipolar, sino ataques esporádicos de ira. Él no recuerda algunos hechos del pasado reciente, que ha bloqueado por un trauma. Sólo sabe que está separado de su mujer (por no haber sido un buen marido, según él mismo reconoce), y dedica todos sus esfuerzos a ser la clase de esposo que ella se merece y lograr que vuelva a su lado. Porque, piensa, eso es lo que pasa en las películas: el protagonista atraviesa crisis, duras pruebas y, finalmente, tras cambiar su comportamiento y lograr ser una persona mejor, recibe su recompensa: un final feliz. Y Pat considera que está viviendo la película de su vida y al final tendrá su final feliz, volver con su mujer.
La idea es prometedora, pero me temo que no da de sí todo lo que promete. Hay personajes poco trabajados, demasiadas cosas inverosímiles y por momentos se tiene la impresión de que Pat no es bipolar, ni iracundo, ni siquiera medio loco: parece un idiota o, la mayor parte del tiempo,  un adolescente especialmente memo. Al final del libro el propio Pat reconoce y explica ese comportamiento, que achaca a su enfermedad y a no haberse tomado su medicación regularmente, pero en mi opinión se debe a que el escritor no sabe muy bien cómo describir a alguien con un trastorno mental ni sabe tampoco cómo lograr que se note en una narración que alguien no está bien  de la cabeza y tiene un problema sin caer en la exageración y la distorsión.

Es un libro simpático, aunque a veces tengas ganas de abofetear al prota, lo que me fastidia especialmente cuando pienso que en la peli es Bradley Cooper, pero, sinceramente, no creo que recuerde nada de este libro dentro de dos meses. Sin pena ni gloria.

El sueño de Escipión, de Cicerón (Acantilado).

Pues todo lo contrario que el libro anterior: me ha entusiasmado. No sé si ya os he contado alguna vez que no tengo ni idea de filosofía, y no exagero. En el cole tuve un profesor nefasto, no aprendí nada y, lo que es peor, me quitó las ganas de aprender algo…hasta que he alcanzado esta provecta edad; ahora lamento no haberla estudiado antes.

Esta obrita es una verdadera maravilla. Me ha hecho pensar, reflexionar sobre mis ideas sobre el mundo y la vida, sobre lo que es importante y lo que no, y sobre la trascendencia de nuestros actos. Y creo que de eso, entre otras cosas, es de lo que trata la Filosofía, así que gracias al bueno de Cicerón por este milagro.

En este clásico, Cicerón coloca como protagonista a Publio Cornelio Escipión Emiliano, que, tras un banquete, narra a sus invitados un sueño en el que se le aparecen los espíritus de su padre, Emilio Paulo, y de su abuelo adoptivo, Escipión Africano, que le muestran cuán vanas son las glorias y la fama de este mundo, y cómo hay que aspirar a las del otro, el que nos aguarda tras la muerte. ¿Cómo alcanzarlas? ¿Qué virtudes hay que cultivar para ello, qué vicios hay que evitar? Leyendo esta breve narración lo descubrimos y vemos por qué esta obra es un auténtico clásico de la literatura y el pensamiento occidentales.

Me quiero hacer con el Comentarios al sueño de Escipión, de Macrobio, en Siruela.

Cuando acabe el invierno, de Mary Ann Clark Bremer (Periférica).

Libro que me ha hecho perder una tarde. Insufrible para mi gusto. Diario, o más bien, comentarios deslavazados de una snob que presume de gustos sencillos mientras se hace unos guantes a medida en Zurich, por ejemplo. Feminista, antisionista, y llena de superioridad moral; como es habitual en este tipo de personas, no vive de acuerdo a lo que predica.

En suma, los recuerdos pedantes e inconexos de una mujer pedante e inconexa, orgullosa de su “clase”, que se pasa medio libro hablando de que las mujeres deben sentirse libres e independientes (sobre todo no deben depender de un hombre), para acabar hablando de cómo ella, viuda, no volvió a ser feliz hasta que se casó por segunda vez.

Una pena. Me habían hablado muy bien de otro libro de esta autora que publicó anteriormente la misma editorial, pero me temo que éste no tiene nada que ver. Por cierto, escribir de forma caótica no es tener estilo; es escribir de forma caótica.

LEYENDO

Yom Kipur / El sueño de Makar, de Vladimir Korolenko (Hermida Editores).

Dos cuentos de un autor ruso desconocido para mí. Compré el libro por el título, pensando que sería una recopilación de cuentos judíos o algo similar, pero no es así. Son dos relatos ambientados en Rusia, muy breves, llenos de humor y sensibilidad a la vez, en los que se mezclan sueño, leyenda y realidad, muy bien escritas y que logran enganchar al lector. Me está gustando bastante.

Pese a que la portada es muy rara y me hacía temerme lo peor, lo cierto es que tiene sentido. Buena traducción. Un agradable descubrimiento.

Una pequeña historia de la filosofía, de Nigel Warburton (Galaxia Gutenberg)

Tratando de solucionar mi ignorancia filosófica me topé con este libro el domingo. La editorial es buena, las críticas también, y la reseña de la contraportada hacía presagiar que este libro era lo que andaba buscando…pero me temo que no va a ser así. Tiene pinta de ser muy light, excesivamente light, incluso para alguien sin conocimientos, como yo.

Voy a concederle el beneficio de la duda un par de capítulos más (voy por Boecio) antes de pasarme a otro libro más prometedor.

COMPRADOS

Sonetos, de William Shakespeare (Acantilado); La bella figura, de Beppe Severgnini (Hodder&Stoughton);  Cinco mujeres excepcionales, de James Lord (Elba), La estratagema, de Léa Cohen (Libros del Asteroide); Cuaresma con los Santos Padres, de Antonio González (Edibesa); La Teología de Joseph Ratzinger. Una introducción, de Pablo Blanco Sarto (Palabra).