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Los archivos pulineros: Teodora, del circo al trono

Pues aquí os dejo un artículo que escribí sobre la muy intrigante, muy misteriosa y muy fascinante Teodora de Bizancio. Una santa o el demonio hecho mujer, según a quién leamos. En cualquier caso, una de las mujeres más poderosas e influyentes de la historia.

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Aventurera, prostituta, intrigante, vengativa, ambiciosa, heroína, santa… Detodas estas formas se ha descrito a la emperatriz Teodora, la mujer más poderosa de su época y una de las más enigmáticas de todos los tiempos.

El misterio que rodea a Teodora se debe tanto al hecho de que gran parte de su vida –la anterior a su matrimonio con el emperador Justiniano– no esté documentada y sólo se haya podido reconstruir sobre suposiciones y rumores, como a que su principal biógrafo fuera al mismo tiempo su más encarnizado detractor: Procopio de Cesarea.

Procopio es el historiador más famoso de su época, gracias fundamentalmente a su Historia de las guerras de Justiniano. Además de esta obra, dedicó a la pareja imperial Sobre los edificios, en el que glosa su programa de construcciones en Constantinopla; en realidad, es un panegírico de los soberanos en el que nuestro autor demuestra sus extraordinarias dotes para la adulación. Tanto almíbar se le debió de indigestar; además, estaba resentido con Justiniano y odiaba a Teodora, si bien ignoramos los motivos concretos de su inquina: puede que su nombramiento como prefecto de Bizancio y la concesión del título de Ilustre no fueran suficiente recompensa. El caso es que, ya fuera como pasatiempo, como instrumento de chantaje o como terapia para desahogarse, Procopio escribió una de las obras más venenosas, retorcidas y chismosas de todos los tiempos: laAnekdota, o Historia secreta, en la que retrata a Bizancio como una sociedad enteramente corrupta y degenerada, gobernada por dos demonios de forma humana, Justiniano y Teodora.

Esta última es quien peor parada sale: a su lado, Mesalina es una tímida colegiala. No hay vicio, depravación o crimen que le sea ajeno: robo, fraude, prostitución, zoofilia, aborto, tortura, brujería… El problema es que, aunque en la Historia secreta hay anécdotas evidentemente falsas, fruto del odio y la imaginación calenturienta de Procopio o de la chismografía de aquel entonces, no podemos descartar la obra entera: es un buen retrato de la época y hay datos son corroborados por otras fuentes, al menos en lo esencial; otros, si bien no verificados, sí resultan verosímiles, como los que se refieren a los orígenes de Teodora.

Teodora debió de nacer en el año 500; en algún lugar indeterminado del Imperio, probablemente en Siria o en Chipre, según las escasas fuentes de las que disponemos. Era la segunda de las tres hijas de un modesto matrimonio. De su madre no conocemos ni el nombre, y de su padre sólo sabemos que trabajaba como domador de osos en el Hipódromo de Constantinopla y que se llamaba, probablemente, Acacio. Los patronos de Acacio eran los miembros de la facción Verde. Éstos no eran los ecologistas de la época, ni mucho menos: la sociedad bizantina estaba radicalmente dividida en dos facciones, los Verdes y los Azules; originariamente no eran más que dos equipos que competían en las carreras del Hipódromo, pero con el tiempo se habían convertido en bandos que dominaban por completo la vida en Constantinopla, y a los que casi podríamos comparar con los partidos políticos actuales. Sus respectivos partidarios se enfrentaban a menudo y causaban desórdenes, que acababan generalmente con intervenciones de la guardia imperial y algunos de los cabecillas en prisión.

El padre de Teodora falleció cuando ella tenía seis años, y su madre no tardó en casarse de nuevo. Esperaba que los Verdes contrataran a su nuevo esposo para ocupar el puesto del difunto, pero no fue así. Por ello, esperando conmover al público y que los Verdes no tuvieran más remedio que reconsiderar su decisión, vistió a sus tres hijitas con túnicas y guirnaldas de flores y las hizo aparecer abrazadas a ella en medio de la arena del Hipódromo en uno de los intermedios, suplicando la compasión del respetable. Lo sentimental siempre vende, y aquella no fue una excepción: los Verdes no se ablandaron, pero los Azules sí, y contrataron al padrastro de Teodora. Ésta no olvidó jamás aquello y permaneció fiel a la facción Azul el resto de su vida.

Pero las hijas crecen y la madre de Teodora pronto se vio sin recursos para mantenerlas, por lo que las animó a dedicarse al espectáculo. La mayor, Comito, pronto se hizo actriz, con bastante éxito. En aquella época (como en casi todas) las actrices no tenían demasiada buena fama: se las consideraba prácticamente como prostitutas; de hecho, muchas combinaban ambas actividades. La hermana de Teodora parece haber formado parte de esta categoría, y pronto llamó a su hermana, por entonces de unos 12 años, para que la ayudara en calidad de sirvienta. Si hemos de creer a Procopio, Teodora no tardó en desbancar a Comito tanto dentro como fuera del escenario. Omitiremos aquí los pasajes más escabrosos de la vida de nuestra protagonista; los interesados pueden acudir a ese antecedente del Sálvame y similares que es la Historia secreta.

El caso es que Teodora acabó a los 16 años convertida en amante de un funcionario al que destinaron a Libia, adonde lo acompañó. La convivencia resultó un desastre, y al poco Teodora decidió regresar a Constantinopla. De vuelta a casa se detuvo en Alejandría, lo que cambió su vida para siempre. Fue acogida por la comunidad monofisita de la ciudad, y al parecer experimentó una conversión espiritual, abrazó el monofisismo y decidió abandonar su antigua vida.

Así, en Constantinopla no volvió a los escenarios ni a su disoluta conducta anterior. Una leyenda medieval asegura que se dedicaba a hilar lana en una humilde vivienda cercana al palacio imperial cuando conoció a Justiniano, sobrino del emperador Justino y verdadero soberano en la sombra. Lo más probable, sin embargo, es que ambos se conocieran por mediación de una tal Macedonia, antigua compañera de Teodora en el mundo del espectáculo y una de las informantes de Justiniano. El caso es que el sobrino del emperador quedó totalmente fascinado por ella y la hizo su amante. Ambos vivieron en concubinato varios años, y al parecer incluso tuvieron un hijo, si bien el niño moriría en la infancia. Teodora, por cierto, ya tenía una hija (como se diría ahora, “fruto de una relación anterior”), de la que ignoramos el nombre.

Justiniano estaba totalmente hechizado por Teodora (según Procopio, literalmente) y deseaba hacerla su esposa, pero una antigua ley prohibía a las actrices contraer matrimonio con personas de rango; además, la esposa de Justino, Eufemia, se oponía tajantemente al enlace, pues consideraba que aquélla era una mujer de baja estofa indigna de tan alto honor. Seguramente hablaba por experiencia: antes de casarse con Justino era una esclava analfabeta de nombre Lupicina (nombre muy común entre las prostitutas, dicho sea de paso). No fue hasta la muerte de su tía que Justiniano pudo convencer a Justino para que derogara la ley y le permitiera casarse con Teodora, en el año 525.

Por extraño que parezca, el matrimonio funcionó. Jamás se separaron ni tuvieron la menor disputa; y, por mucho que fastidiara a Procopio, por lo visto se guardaron fidelidad hasta la muerte. En el 527 fueron coronados coemperadores con Justino, y enseguida, sólo cuatro meses después, a la muerte de éste, se convierten en amos absolutos del Imperio. Por deseo de su esposo, Teodora no fue emperatriz consorte, sino soberana por derecho propio, su igual, su principal consejera y colaboradora. Justiniano era un hombre que, pese a sus orígenes campesinos, había recibido una esmerada educación en Constantinopla y estaba considerado un intelectual. Teodora, si bien carecía de formación, era una mujer inteligente, astuta y, sobre todo, tremendamente ambiciosa. Amaba el poder y no pensaba renunciar a él.

Así lo demostró en el acontecimiento más importante de su vida, la revolución llamada Nika.

Ya hemos comentado la rivalidad existente entre las facciones Verde y Azul, y los disturbios que provocaban regularmente en Constantinopla. Sin embargo, en el año 532 esas revueltas fueron más allá de las simples algaradas callejeras. Debido al descontento popular con la subida de impuestos y la corrupción generalizada de la administración, al frente de la cual se encontraban Juan de Capadocia y Triboniano. El pueblo exigía su expulsión, y por una vez Verdes y Azules se unieron en la protesta cuando sus cabecillas fueron encarcelados y condenados a muerte.

Las algaradas acabaron por convertirse en revolución: el pueblo se negaba a obedecer al ejército, tampoco al mismísimo emperador. Ni siquiera la facción Azul, con la que simpatizaban tanto Justiniano como Teodora, hizo caso del llamamiento a la calma, ni de la oferta de perdón para los alborotadores. Las calles se convirtieron en campos de batalla y Constantinopla se vio envuelta en llamas. Edificios como la antigua basílica de Santa Sofía o el Senado fueron arrasados por el fuego. Justiniano, que, pese a su inteligencia y brillantez, era un hombre bastante indeciso y, por lo visto, cobarde, decidió que lo mejor era huir de la ciudad. Con la ayuda de sus más cercanos, preparó la huida por mar; pero, inesperadamente, Teodora se negó a acompañarle.

Hasta el mismo Procopio se vio obligado a señalar que la reacción de la emperatriz fue impecable (puede, incluso, que, llevado por la lírica, adornara en exceso su narración de los hechos); con firmeza, a los presentes en palacio Teodora les dijo que, aunque fuera impropio que una mujer aconsejara a unos hombres asustados, no creía que huir fuera lo más digno. Un emperador jamás debía escapar. Todo el que nace morirá tarde o temprano, y ella prefería hacerlo como emperatriz. Nunca renunciaría a sus vestiduras imperiales ni a la dignidad que le conferían. Si Justiniano quería huir, podía hacerlo sin dificultad. Ella prefería seguir el antiguo dicho según el cual la púrpura es el más noble de los sudarios.

Impresionado y animado por el discurso de su esposa, Justiniano cambió radicalmente de actitud. Envió a sus dos mejores hombres, los generales Belisario y Mundo, a sofocar la revolución. Éstos aguardaron a que el pueblo se hallara reunido en el Hipódromo para las carreras, bloquearon todas las salidas y procedieron a la masacre: más de 30.000 hombres, mujeres y niños perecieron. El horror apagó instantáneamente la revuelta.

Naturalmente, aquello extinguió la poca popularidad que pudiera quedarle al emperador, y aún más la de la emperatriz, a la que casi todos despreciaban y consideraban instigadora de la represión. De nada sirvieron los magníficos programas de reconstrucción o beneficencia llevados a cabo por la pareja, o las numerosas reformas legales: su fama de crueles no les abandonaría.

Muchos vieron como un castigo divino el que la pareja no tuviera hijos. Por mucho que ambos lo desearan, y pese a que ya habían sido padres antes de su matrimonio, Teodora no volvió a concebir. Según los cronistas más piadosos, Teodora dedicó el resto de su vida a ocuparse de los más necesitados y a inspirar a su esposo reformas a favor de las mujeres y los desposeídos. Sin duda, Justiniano impulsó varias reformas en ese sentido, como la que confería a las mujeres el mismo derecho de propiedad que a los hombres, pero no es posible atribuir estas mejoras sólo a la influencia de Teodora, a la que algunos quieren ver como antecedente del feminismo militante y prototipo de las mujeres modernas y liberadas. Las reformas legales de Justiniano, en especial su compilación de las leyes romanas, constituyeron indudablemente un avance histórico, pero no fueron fruto de una decisión súbita o una inspiración genial del emperador, sino el resultado de un proceso que ya llevaba en marcha muchos años y que le precedía. Justiniano y Teodora llevaron a cabo grandes reformas, sí, pero es absurdo y antihistórico atribuirles ideas o modos de pensar progresistas.

Lo que es indudable es que Teodora marcó la época. Fiel al monofisismo hasta su muerte, fue la principal valedora de esta corriente ante el emperador, y a muchos de sus protegidos llegó a ocultarlos en sus propias estancias para librarlos de la persecución. Diversos historiadores la consideran culpable de fomentar la división del cristianismo oriental, mientras que otros sostienen que, bien al contrario, Teodora logró retrasar el cisma siquiera unos años.

La mujer más poderosa de su tiempo murió en el año 548, probablemente de un cáncer de pecho. Su desolado esposo jamás se recuperó y, pese a no tener herederos, no volvió a contraer matrimonio. La hizo sepultar con todos los honores en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Diecisiete años más tarde se reuniría allí con ella.

Hoy, ambos son venerados como santos por la Iglesia Ortodoxa, que celebra su festividad el 14 de noviembre. Cabe preguntarse qué pensaría de ello el viperino Procopio.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 21 de marzo de 2012.

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Los archivos pulineros: El naufragio del White Ship

Hace tiempo que no rescato alguno de los articulejos con los que amenazaba amenizaba  a los pacientes lectores de los Suplementos de LD. Aquí va uno de ellos, publicado hace un añito. O tempora.

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Inglaterra, 1120. Enrique I reina desde hace 20 años. Es un monarca poderoso, cuyos dominios se extienden a ambos lados del Canal de la Mancha, que debe cruzar a menudo para ocuparse de sus territorios de Normandía. El paso del Canal, por breve que resulte, es siempre peligroso, especialmente en invierno, cuando fuertes vientos y oleajes provocan accidentes a menudo. Por ello, el rey nunca realiza la travesía pasado el mes de septiembre. Pero ese año tiene un motivo especial para demorar su viaje de regreso a Inglaterra: tras dos años de guerra, ha conseguido firmar la paz con el rey de Francia.

Desde que en 1066 Guillermo, duque de Normandía, conquistara Inglaterra, las disputas entre los monarcas ingleses y sus poderosos vecinos del continente fueron continuas. Los duques normandos, en principio vasallos del rey de Francia, vieron aumentado espectacularmente su poder con la conquista de Inglaterra. A partir de ese momento, estados vecinos como Flandes, Anjou o Maine veían a Guillermo y a sus sucesores como rivales por el dominio de las tierras galas. Guillermo trató de evitar problemas y suspicacias dividiendo sus posesiones entre sus hijos mayores: a Roberto le correspondió Normandía y a Guillermo II, Inglaterra. Pero con ello no logró sino agravar el problema: sus hijos trataron de arrebatarse mutuamente sus posesiones, los vecinos seguían mirándoles mal y los barones anglonormandos, con tierras a ambos lados del Canal, preferían tener un solo señor al que servir, no dos.

En aquellas circunstancias, hacía falta un hombre fuerte y a la vez hábil negociador para mantener a raya a parientes, vecinos y súbditos, y ni Roberto ni el disoluto y rapaz Guillermo II lo eran. Pero el tercer hijo de Guillermo el Conquistador sí reunía esas características: Enrique, astuto e intrigante, había apoyado ora a un hermano, ora al otro en sus disputas. Tanto había cambiado de bando, que éstos, desconfiados, hicieron testamento para legarse mutuamente sus posesiones en caso de fallecer sin herederos legítimos: todo con tal de que no heredara Enrique.

De nada les sirvió: cuando en 1100 Guillermo falleció sin hijos, en un accidente de caza en el mismo bosque en el que –¡oh, casualidad!– Enrique estaba cazando, éste vio llegada su oportunidad. Por muy atado y bien atado que creyeran sus hermanos tener el tema de la sucesión, el ascenso al trono en la Inglaterra normanda era más bien una cuestión de velocidad: había que ser el primero en llegar a Winchester a tomar posesión del tesoro real, el más rápido en deshacerse de los posibles rivales y opositores; y, naturalmente, había que encontrar antes que los demás un obispo afín que se aviniera a la coronación. Enrique completó las tres etapas en tiempo récord, antes de que Roberto pudiera protestar, ya que se hallaba en las Cruzadas. A su regreso, éste le declaró la guerra; mejor no lo hubiera hecho: Enrique le derrotó, lo mantuvo prisionero de por vida y le arrebató el ducado de Normandía.

Pero Enrique siguió teniendo problemas. Si bien en Inglaterra no hubo levantamientos durante el resto de su reinado, en el continente no cesaron las luchas. Un año especialmente difícil para él fue 1118: hubo de hacer frente a graves disputas con Anjou y guerrear contra Francia, lo que le mantuvo ocupado hasta el año siguiente, cuando derrotó al soberano francés y logró firmar un tratado de paz con el conde Foulques de Anjou. Según dicho tratado, la hija de Foulques se casaría con Guillermo Adelin (o Aetheling, término con el que los anglosajones designaban a los príncipes herederos), hijo de Enrique. El soberano normando tenía más de veinte hijos bastardos reconocidos, a los que colmaba de honores, pero sólo dos hijos legítimos: Guillermo, el heredero, y su hermana Matilde, casada con el emperador alemán Enrique V.

Enrique, tras vencer a Luis VI de Francia, logró que éste aceptara que su hijo Guillermo le prestase homenaje, lo que equivalía a reconocer al primero como señor de Normandía y a su hijo como legítimo heredero.

Todo había salido a la perfección en el continente. Tras las celebraciones que tuvieron lugar en Normandía, el soberano normando se hallaba listo para partir de regreso a Inglaterra el 20 de noviembre de 1120.

En el puerto de Barfleur le esperaba el snecca, el barco real con proa en forma de dragón típico de los normandos. Barfleur era el puerto más importante de Normandía, el mismo desde el que había partido en 1066 Guillermo el Conquistador rumbo a Inglaterra. Para colmo de casualidades, en el puerto se encuentra Thomas Fitzstephen, hijo del mismo capitán que había llevado al Conquistador a las Islas.

Fitzstephen pone a disposición del rey su nuevo barco: el White Ship (en francés, la Blanche-Nef), el Barco Blanco. Se trata de la nave más moderna y mejor preparada del momento, el orgullo de su capitán. Enrique prefiere seguir con sus planes de viaje originales y regresar en el snecca, pero para no desairar a Fitzstephen le propone que lleve a su hijo Guillermo y a su séquito.

Esa misma tarde parte el rey. Su hijo y sus compañeros, mientras, prefieren seguir con las celebraciones en el puerto. La comitiva estaba formada por la flor y nata de la nobleza anglonormanda: dos de los hijos bastardos del rey, Ricardo y Matilde, condesa de Perche; el conde de Chester y su hermano, tutor del príncipe; el sobrino favorito del rey, Esteban, hijo de su hermana Adela; un sobrino del emperador Enrique V… En total, unos 150 nobles, más sus sirvientes y la tripulación. Se calcula que se hallaban a bordo unas 300 personas.

El ambiente en el White Ship antes de zarpar es de fiesta, han consumido todo el vino que se encontraba en el puerto, con lo que el pasaje y la tripulación están completamente borrachos cuando la nave, por fin, se hace a la mar. Antes, sin embargo, uno de los pasajeros exige desembarcar: Esteban, el sobrino del rey y el único que permanecía sobrio a bordo. Según algunos narradores, no pudo soportar más el desenfreno que reinaba a bordo; otros, como Orderic Vitalis, brillante cronista de la época, explican que no probara el alcohol y desembarcara debido a una inoportuna diarrea. Y no faltan quienes sospecharan que tuvo algo que ver en la tragedia que siguió.

Ya es de noche cerrada cuando el White Ship zarpa. No hay luna, pero el mar está en calma. El príncipe y sus compañeros, animados por el vino, retan a los marineros a alcanzar al snecca y llegar antes que éste a Inglaterra. El barco es más rápido y moderno, y, siguiendo una ruta más corta, puede lograrlo, argumentan. Así, en vez de abandonar el puerto por el sur, la salida habitual, lo hacen por el norte. A menos de milla y media hay una roca semisumergida, llamada Quillebeuf. Nadie a bordo la ve y el barco choca contra ella. En cuestión de minutos el barco se hunde. Guillermo, dicen algunos cronistas, logró subir al único bote salvavidas, pero ordena regresar cuando oye los gritos desesperados de su hermana bastarda, la condesa de Perche. Los que aún se mantienen a flote se lanzan sobre el bote cuando lo ven regresar y, en su desesperación, lo hacen volcar: todos los que iban a bordo se ahogan en las heladas aguas del Canal.

Pasan las horas y de los pasajeros del White Ship sólo dos se mantienen con vida, aferrados a un remo: un noble llamado Geoffrey Fitzgilbert y un carnicero de Rouen llamado Berold, que había subido a bordo para cobrar lo que le adeudaban unos miembros del séquito del príncipe. Fitzgilbert no resiste mucho más y se suelta del remo. A la mañana siguiente tres pescadores rescatan al único superviviente de la tragedia, el carnicero Berold, cuyo chaleco de basta piel de oveja le ha ayudado a no morir congelado.

Orderic Vitalis cuenta que Thomas Fitzstephen, el capitán y armador, se habría salvado también, pero que, ante la perspectiva de comparecer ante el rey y tener que anunciarle la muerte de su hijo, prefirió ahogarse. La reacción de Enrique I cuando, días después, se atrevieron a darle la noticia de la tragedia fue no sólo la de un padre al perder a un hijo, sino la de un monarca que ve que sus planes de sucesión, fruto de costosas alianzas, guerras e intrigas, se vienen abajo. Fue tal su desesperación, que se desmayó y, según las crónicas, nunca volvió a sonreír.

El naufragio del White Ship no sólo tuvo consecuencias en la sucesión al trono: muchas familias nobles de Inglaterra y Normandía habían perdido a sus descendientes. El caos hereditario duraría décadas. Enrique trataría infructuosamente de engendrar un nuevo heredero legítimo contrayendo matrimonio apenas dos años después con una joven condesa de Lorena. Al fracasar en sus intentos intentará que los barones acepten a su hija Matilde, viuda del emperador alemán, como heredera. Aunque éstos la jurarán como tal en dos ocasiones, de nada servirá: Enrique muere en 1135 de una indigestión tras un atracón de lampreas, y el primero en llegar a Winchester y hacerse coronar no será Matilde, sino Esteban, el sobrino del rey que milagrosamente se salvó de morir ahogado en la aciaga noche del 20 de noviembre de 1120.

La guerra civil que asolaría Inglaterra durante veinte años estaba a punto de comenzar.

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Publicado originalmente en el Suplemento Historia de Libertad Digital el 22 de febrero de 2012.

Los archivos pulineros: Quijotes del libro

Hoy he querido recuperar esta reseña que escribí para Libertad Digital de uno de los libros que más me han gustado este año, La librería ambulante.

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¿Cuál es la mejor ocupación del mundo? Para quienes amamos los libros, cualquiera de los relacionados con ellos podría ser el trabajo ideal.

¿Quién no ha soñado con montar una pequeña librería, incluso una editorial, abandonar un trabajo de oficina que no colma las aspiraciones propias y dedicarse a lo que realmente le satisface? Algunos, más emprendedores y valientes, cumplen su sueño. Pocos, sin embargo, son los que lo hacen de una forma tan original como la que se nos relata en La librería ambulante.

Helen McGill, una digna y respetable solterona de Nueva Inglaterra, vive consagrada a su granja y al cuidado de su hermano, un autor de éxito. Sus días están ocupados en hornear pan, vigilar que las gallinas pongan, llevar las cuentas y preparar, tres veces al día, sustanciosas comidas. Todo ello lo hace con entusiasmo, mimo y orgullo. Pero su vida cambia cuando una mañana llega a su granja un curioso hombrecillo a bordo de un no menos curioso vehículo: la librería ambulante que da título a la novela.

Todos estamos familiarizados, gracias al cine y la literatura, con los charlatanes y buhoneros que antaño recorrían las zonas rurales de Estados Unidos. En sus carromatos, llevaban todo tipo de mercancías ­­–desde los utensilios más modernos a los brebajes pseudomilagrosos más inútiles– a granjas y aldeas aisladas, donde su llegada era un gran acontecimiento. Frank Mifflin, el propietario de nuestra librería ambulante, es pariente cercano de estos mercaderes, pero a él le mueve un celo cuasi evangelizador: desea llevar la literatura, la buena literatura, a todos los rincones del país.

A algunos leer puede parecerles una frivolidad, un pasatiempo sin más. Cuántos son los que afirman que no leen porque no tienen tiempo. Precisamente ellos, quizá, son quienes más lo necesitan. Como la señorita MacGill, tan absorta en su trabajo, tan ocupada con los quehaceres diarios, que ve pasar la vida sin más objetivo que la comida del día siguiente, sin más ilusión que ahorrar lo suficiente del dinero que le produce la venta de huevos para comprarse un Ford modelo T que le sirva de ayuda en la granja. Vive rodeada de las maravillas de la naturaleza, pero apenas sale a contemplar una hermosa puesta de sol. No tiene tiempo, así que cómo va a perderlo leyendo.

La literatura, afirma Mifflin, no es sólo para los grandes intelectuales. No es un misterio al alcance de unos pocos que puedan apreciarla en todo su valor, un disfrute para las mentes más nobles y exquisitas. El protagonista de nuestra novela cree que precisamente son las gentes más simples, las que viven una dura existencia dedicadas a sus modestos trabajos y al cuidado de sus familias en pueblos remotos, quienes que más necesitan del consuelo y el disfrute que proporciona la lectura. Pero no basta con recomendarles leer, aunque se trate de libros excelentes, apunta el dueño de la librería: hay que ir hasta cada persona, conocerla, comprender sus intereses, leerle cuentos, poesías, novelas; dar a cada uno el libro ideal. Y ésa es la ilusión de su vida.

Frank Mifflin es, pues, el librero perfecto: un hombre que no busca sólo vender libros, sino hallar el libro perfecto para cada lector. Un Don Quijote al que los libros han robado el alma sin hacerle perder el seso. Ama la literatura y vive para ella, pero también ama a las personas y desea compartir con ellas la felicidad que transmite la lectura de un buen libro; por eso recorre los Estados Unidos bajo el sol, la lluvia y la nieve, a bordo de su caravana, con la sola compañía de su yegua y su perro Bock (por Bocaccio), viviendo mil peripecias extraordinarias. Su locura es conseguir que no haya un hogar sin un buen libro, pues los libros, para él, nos hacen verdaderos seres humanos.

Este Quijote improbable, bajito, calvo y aparentemente insignificante encontrará un Sancho aún más improbable: una solterona gruesa, pragmática y nada sentimental. Una mujer que siente que la vida no le tiene reservado nada mejor que hornear hogaza tras hogaza de pan hasta que el librero se cruza en su camino. Y, sorprendentemente, se contagia de su locura. Sancho se vuelve más Quijote que el propio Quijote: Helen se convierte en una mujer diferente, más aventurera, decidida e idealista que el pequeño librero cuando éste le descubre una nueva vida gracias a los libros. En realidad, lo único que sucede es que éstos sacan de ella lo mejor, su verdadero yo. Un buen libro es a la vez una pantalla que nos muestra otros mundos, otras vidas, un espejo que refleja aspectos de nosotros mismos que desconocemos.

Christopher Morley (1890-1957), el autor de La librería ambulante, es uno de esos grandes escritores estadounidenses prácticamente desconocidos en España. Sus novelas y relatos cautivaron por igual a los grandes autores y al público de su tiempo. Hay mucho de él en su personaje de Frank Mifflin: Morley también recorrió los Estados Unidos de punta a punta, también amaba los libros y se esforzaba por llevar a la gente la buena literatura. La librería ambulante fue su primera novela, y en ella encontramos muchos de los temas que desarrollará en su obra posterior: la idea de la literatura como algo universal y necesario, no sólo al alcance de unos elegidos; el elogio de la vida rural y de las gentes sencillas; la defensa de la originalidad y la disconformidad… Si estamos perfectamente satisfechos con nuestras vidas nunca progresaremos, nunca alcanzaremos nuestra plenitud. El progreso llega gracias a la insatisfacción, a la idea de que es posible mejorar. Debemos volcarnos en cada tarea que acometamos, tratar de hacer las cosas cada vez mejor, porque eso es lo que nos hace avanzar, y con nosotros avanzará el mundo. Para Mifflin y la señorita McGill, la mejor de las empresas es la de llevar a todas partes el amor por el libro y por los hombres. Hay una empresa, un trabajo ideal para cada uno de nosotros: el que saque lo mejor de nosotros mismos y nos haga avanzar más.

Morley posee un entusiasmo contagioso y la rara virtud de hacer que el lector sienta que el libro le habla directamente. Al leer La librería ambulante uno experimenta la sensación de que el autor le conoce, sabe cómo es su vida, cuáles son sus secretas aspiraciones y frustraciones; experimenta el absurdo orgullo de que algo ha sido escrito sólo para sus ojos. Es casi como si pudiéramos sentir que acompañamos a Helen y Frank a bordo de su caravana y reflexionamos con ellos sobre lo que los libros significan para nosotros.



Hoy, gracias a la tecnología, muchos afortunados podemos tener nuestras propias librerías ambulantes: plataformas electrónicas que hacen posible que llevemos con nosotros miles de volúmenes en el espacio que ocuparía una revista, que los libros estén en todas partes sin que haya que desplazarlos. Pero no por eso las personas como Mifflin son menos necesarias; al contrario: hace más falta que nunca gente que conozca bien los libros y a las personas, que sepan separar el grano de la paja y dar a cada uno el compañero perfecto, el libro que necesita en cada momento aun cuando no sea consciente de ello. Necesitamos buenos libreros, bibliotecarios, editores y escritores: nuestros Quijotes del libro.

CHRISTOPHER MORLEY: LA LIBRERÍA AMBULANTE. Periférica (Cáceres), 2012, 184 páginas. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas

La Noche de los Cristales Rotos

El 9 de noviembre de 1989 caía, al fin, el Muro de Berlín. Una fecha inolvidable que debería haber sido la nueva fiesta nacional alemana. ¿Por qué, pues, se eligió como tal al 3 de octubre, Día de la Unidad Alemana? Ese día simplemente entraba en vigor el acuerdo de Unificación firmado por la República Federal Alemana y la Republica Democrática. Algo muy burocrático, quizá, frente al mayor simbolismo que hubiera tenido elegir el día de la caída del Muro.

Pero fue precisamente el simbolismo de ese 9 de noviembre el que, finalmente, hizo que no fuera preferido como fiesta nacional, pues en ese mismo día,  pero de 1938, se producía uno de los acontecimientos más repugnantes y vergonzosos de la historia reciente alemana: el pogromo que se conoce con el nombre de Noche de los Cristales Rotos.

Además, curiosamente, el 9 de noviembre también fue el día en el que se proclamó la República de Weimar (1918) y en el que fracasó el golpe de Estado de Hitler en 1923 (Putsch de la Cervecería). Un día demasiado cargado de simbolismos, tal vez, como para ser el día nacional de un país que iniciaba una nueva fase de su historia. 

Os dejo aquí el artículo sobre la Noche de los Cristales Rotos que se publicó en Libertad Digital hace un par de años. 

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El de 1938 fue un año decisivo para el régimen nazi: tuvieron lugar acontecimientos cruciales como la anexión de Austria (Anschluss), la ocupación de los Sudetes o el pogromo del 9 y 10 de noviembre, que ha pasado a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht).

Desde su llegada al poder, los nazis adoptaron una serie de medidas encaminadas a excluir a los judíos de la sociedad. Entre 1933 y 1939 se dictaron más de 400 normas –entre ellas, las llamadas “Leyes de Núremberg”– que desposeían de derechos a los judíos: fueron apartados de la Administración y la Universidad, se les privó de la nacionalidad alemana, los matrimonios mixtos fueron prohibidos… Junto a esto, se vieron obligados a traspasar sus propiedades a alemanes no judíos por un precio muy inferior al real (política de arianización de la propiedad).

El objetivo principal de todas esas disposiciones era forzar la emigración masiva de judíos. Entre 1933 y 1938 habían abandonado Alemania más de 250.000 judíos, pero los dirigentes nazis contemplaban la adopción de medidas aún más enérgicas, para acelerar el proceso. Sin embargo, no acababa de surgir la ocasión. Necesitaban una excusa, una provocación, y ésta llegó como consecuencia de otra disposición antisemita del Gobierno nazi: la expulsión de los judíos polacos residentes en Alemania.

El 28 de octubre de 1938 unos 18.000 judíos polacos fueron detenidos y conducidos en trenes hasta la frontera germano-polaca. Prácticamente no llevaban más que lo puesto. Tras un viaje de pesadilla, se encontraron con que Polonia no admitía más que a un pequeño número; el resto quedó abandonado a su suerte en la frontera. Finalmente, Varsovia cedió y organizó campamentos.

Entre las familias deportadas estaba la de los Grynszpan, residentes en Alemania desde hacía más de veinte años. El único miembro de la familia que se libró de la expulsión fue Herschel, el hijo mayor, que había emigrado a París en busca de trabajo. Cuando se enteró de la situación en que se encontraba su familia, el joven decidió vengarse. Poco podía imaginar las trágicas consecuencias que su venganza tendría para todos los judíos de Alemania.

Tras adquirir una pistola, el 7 de noviembre Herschel se dirigió a la embajada alemana en París con la idea de asesinar al embajador, Johannes von Welczeck, que ese día no estaba en la sede diplomática. Herschel insistió en que llevaba un importante mensaje, por lo que fue recibido por un joven secretario, Ernst vom Rath; casualmente, éste estaba siendo investigado por la Gestapo, pues se sospechaba que tanto él como su familia simpatizaban con elementos contrarios al régimen, particularmente con judíos.

Sin vacilar, Grynszpan disparó contra el diplomático, al que hirió gravemente.

Moribundo, Vom Rath fue trasladado a un hospital, en tanto que Grynszpan fue detenido sin que opusiera resistencia. En 1940 el régimen de Vichy lo entregó a Alemania. Nada se sabe con certeza de la suerte que corrió a partir de 1942; fue declarado oficialmente muerto en 1960.

La noticia del atentado llegó pronto a Alemania. Uno de los primeros en enterarse de lo sucedido fue, naturalmente, el todopoderoso ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que de inmediato decidió aprovechar la ocasión.

Goebbels estaba pasando por horas bajas: en los últimos meses, Hitler había cuestionado la efectividad de algunas de sus campañas; además, había caído en desgracia por su relación adúltera con la actriz Lida Baarova. Se le presentaba una gran oportunidad para redimirse, y no la desaprovechó.

Inmediatamente, instruyó a la prensa para que dedicara la mayor atención a la noticia del “intento de asesinato judío en París”. No debía presentarse como la acción de un solo individuo, sino como un ataque de los judíos contra Alemania. Además, ordenó al jefe de propaganda de la región de Hesse que, esa misma noche del 8 de noviembre, lanzara un ataque contra los judíos locales. Tanto en Hesse como en zonas de Hannover y Magdeburgo-Anhalt, grupos de las SA, apoyados por las SS y la Gestapo, incendiaron, asaltaron y destruyeron sinagogas, viviendas y propiedades judías.

Al día siguiente la prensa presentó los ataques como reacciones espontáneas del pueblo alemán, iracundo por el asesinato de Vom Rath. Nada más lejos de la realidad: la violencia había sido organizada desde un principio por Goebbels a modo de ensayo general para un pogromo a gran escala en toda Alemania.

El 9 de noviembre era una fecha especialmente significativa en el calendario nazi: se conmemoraba el fallido golpe de estado de 1923, el Putsch de la Cervecería. Como todos los años, Hitler y los altos cargos del Partido se reunieron en Múnich y participaron de una cena de gala en el Ayuntamiento. En el transcurso de la misma, Hitler y Goebbels recibieron la noticia del fallecimiento de Vom Rath. Tras una breve conversación con su ministro de Propaganda, el Führer abandonó el local sin dirigir una palabra más al resto de los asistentes. Goebbels, en cambio, pronunció un encendido discurso, en el que acusó a la “comunidad judía internacional” del asesinato del funcionario alemán. Un acto así, proclamó, no podía quedar impune; era preciso ofrecer una respuesta adecuada.

Goebbels.El ministro de Propaganda informó a los jerarcas nazis presentes en la cena de que ya se habían producido actos violentos antisemitas en diversas zonas del país; aunque el Führer se oponía, según Goebbels, a que ese tipo de acciones fueran organizadas por el Partido, en el caso de que se produjeran espontáneamente “no debían ser obstaculizadas”.

El mensaje estaba claro: el Partido no aparecería públicamente como organizador, pero lo sería de hecho. Los jerarcas se apresuraron a telefonear a sus cuarteles para cursar las instrucciones pertinentes. La orden que Hitler había transmitido a Goebbels era llevar a cabo un ataque coordinado y masivo en todo el Reich contra los judíos alemanes, sus propiedades y lugares de culto. Además, se detendría e internaría en campos de concentración al mayor número posible de varones hebreos. En ningún caso se dañarían propiedades de ciudadanos alemanes (recordemos que, tras las Leyes de Núremberg, los judíos ya no lo eran) o extranjeros.

Horas más tarde, Hitler repitió la misma orden a Heinrich Himmler –ausente en la cena del Ayuntamiento muniqués–, que a su vez las transmitió a su subordinado Heinrich Müller, jefe de la Gestapo. Tanto Müller como Reinhard Heydrich, jefe del SD (Servicio de Seguridad), enviaron telegramas con instrucciones detalladas a las oficinas locales de sus departamentos: no entrometerse en los actos antisemitas que tuvieran lugar, incautar los documentos valiosos que pudiera haber en las sinagogas, preparar el internamiento de entre 20.000 y 30.000 varones judíos, evitar que resultaran dañadas propiedades de no judíos, no molestar a ciudadanos extranjeros (aunque fueran judíos), impedir los saqueos, etc. Sin embargo, cuando estos telegramas fueron enviados ya se había desencadenado el más terrible pogromo de los registrados hasta la fecha en el III Reich, ya era tarde para detener los saqueos. Miembros de las SA y activistas del Partido se habían lanzado con entusiasmo a la tarea que les había sido encomendada: incendiar y destruir las propiedades judías.

Fue una noche de espanto. Prácticamente ardieron todas las sinagogas de Alemania. Las pocas que se mantuvieron en pie debieron su suerte al hecho de que el quemarlas habría supuesto un riesgo excesivo para edificios cuyos propietarios eran no judíos. Sea como fuere, también esas pocas fueron vandalizadas: los asaltantes sacaron a la calle los rollos de la Torá, los candelabros, los muebles valiosos…, y destruyeron todo, en ocasiones, ante la mirada de los propios judíos, que asistían, impotentes, a la profanación de sus lugares de culto mientras eran atacados, insultados y humillados.

Los negocios propiedad de judíos fueron igualmente destrozados. Tampoco se libraron las viviendas. Ni, claro, los propios judíos. Esa noche no se respetó a vivos ni a muertos: varios cementerios fueron asaltados, y sus tumbas profanadas.

El balance fue espantoso: unas 2.000 sinagogas incendiadas, 7.500 establecimientos destruidos, incontables viviendas asaltadas. Los fragmentos de cristal de ventanas y escaparates que cubrían las calles al día siguiente son los que inspiraron el nombre de Kristallnacht, que rechazan muchos judíos y estudiosos, pues consideran que quita gravedad a los hechos.

Más difícil aún es determinar el número de víctimas. Las cifras oficiales arrojan 91 muertos, si bien otras fuentes hablan de varios centenares. Hay que añadir a por lo menos 300 personas que, llevadas por la desesperación, prefirieron suicidarse. Hubo cientos de heridos, y varias mujeres fueron violadas. Más de 30.000 hombres fueron internados en campos de concentración (Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald). Sólo serían liberados a cambio de que se comprometieran a emigrar junto a sus familias y a traspasar sus propiedades a ciudadanos alemanes.

Los daños económicos ascendieron a millones de marcos. Para colmo, los judíos fueron obligados a limpiar los destrozos y a costear las reparaciones, pues las indemnizaciones de las compañías de seguros fueron confiscadas por el Estado. Además, los judíos de Alemania serían a partir de entonces considerados responsables solidarios de cualquier daño causado por uno solo de ellos al pueblo alemán; así, fueron condenados al pago de una multa colectiva de 1.000 millones de Reichsmarks como “indemnización” por el asesinato de Vom Rath.

El 12 de noviembre, en una reunión de dirigentes nazis presidida por Göring, se hizo balance del pogromo y se adoptaron nuevas medidas que privaban a los judíos alemanes de los escasos derechos que aún conservaban: se les excluyó de todos los negocios, se les prohibió asistir a espectáculos públicos, se les retiraron todos los beneficios fiscales, se les obligó a colocar sus valores y joyas en depósitos bloqueados por el Estado; se clausuraron todas las instituciones de la comunidad judía, se prohibieron las publicaciones judías… Los hebreos habían sido expulsados de la vida social alemana. La única salida que les quedaba era la emigración, pero incluso para eso les pusieron trabas, tanto Alemania (administrativas y económicas) como los países de destino (cuotas de inmigración).

Dada la brutalidad de los acontecimientos del 9 y 10 de noviembre y las medidas represivas subsiguientes, resulta escandaloso el silencio de las instituciones alemanas (universidades e iglesias, fundamentalmente). En cuanto a la reacción en el exterior, si bien la prensa se mostró indignada en un primer momento, las críticas no duraron mucho tiempo ni provocaron cambios de importancia en las actitudes o políticas de potencia alguna. Por lo que se refiere a la población alemana, la mayoría siguió mostrándose indiferente ante el destino de los judíos; incluso ganaron enteros las actitudes hostiles a ellos.

Para Hitler, el pogromo masivo constituyó un auténtico éxito. La ausencia de oposición o críticas relevantes le indicaron que ya no necesitaba mostrar contención alguna en lo que se refería a la eliminación de los judíos; el camino a la Shoá estaba abierto, como bien dijo el canciller Helmut Schmidt con motivo del 40º aniversario del mismo:

La noche del 9 de noviembre de 1938 marcó una de las etapas en el camino al infierno.

El Putsch de la Cervecería

Hoy, 8 de noviembre, se cumplen 89 años del intento de golpe de Estado de Hitler, conocido como el Putsch de Múnich o el Putsch de la Cervecería. Os dejo el artículo que escribí para el suplemento Historia de Libertad Digital

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No fue 1923 el mejor año para la República de Weimar: continuas crisis de gobierno, inflación galopante, el problema de las reparaciones de guerra y la ocupación franco-belga del Ruhr para forzar el pago de éstas… Todos estos problemas, estrechamente relacionados, no contribuían precisamente a la estabilidad política y económica de Alemania

En Baviera no se presenta el año mejor que en el resto del país. Múnich, su capital, es un verdadero refugio para los enemigos de la República, que pueden contar allí con protección y financiación para sus actividades. No es extraño que los grupos extremistas sean allí especialmente activos, y los disturbios y levantamientos se sucedan. Desde 1918, los Gobiernos locales carecen de estabilidad, y a menudo se oponen al Ejecutivo nacional, como en septiembre de 1923, cuando el presidente bávaro Von Knilling decreta el estado de excepción en protesta por la decisión del canciller Stresemann de suspender la resistencia pasiva ante la ocupación del Ruhr.

“Para garantizar el orden”, Von Knilling nombrará un Generalstaatskommissar (comisario o delegado general estatal) con plenos poderes, no sometido al control del Parlamento: Gustav von Kahr. Kahr, Hans von Seisser (jefe de la Policía Estatal Bávara) y Otto von Lossow (comandante de la 7ª División del Ejército, acantonada en Baviera) conformarán un triunvirato que ostentará el poder de facto en el Freistaat. Los tres, fieles a los Wittelsbach, la dinastía reinante en Baviera hasta 1918, desprecian la República y no pretenden obedecer, en absoluto, las órdenes de Berlín. Incluso contemplan la posibilidad de derrocar al Gobierno federal.

No son los únicos; en Múnich abundan los conspiradores contra la República. Dos de ellos destacan poderosamente, por diversas razones: Erich Ludendorff y Adolf Hitler. Ludendorff fue jefe del Estado Mayor del Ejército del Reich junto a Hindenburg durante la I Guerra Mundial; incapaz de frenar el avance de las fuerzas de la Entente, renunció en septiembre de 1918, no sin antes recomendar la firma de un tratado de paz, y se exilió en Suecia. Desde allí comenzó a propagar la idea de que el Ejército podría haber ganado la guerra de no haber sido traicionado por los políticos de izquierdas que firmaron la infame paz con el enemigo (la famosa leyenda de “la puñalada en la espalda”). De regreso a Alemania, Ludendorff se instala en las afueras de Múnich, desde donde se dedica a conspirar –como en el intento de golpe de estado de Kapp (1920)– y difundir sus ideas antidemocráticas, mientras es considerado un héroe por los bávaros.

Hitler, por el contrario, carece de un pasado glorioso: durante la guerra, el austriaco no pasó de cabo, y antes de ella no era más que un artista fracasado, un bohemio sin oficio ni beneficio. Pero desde 1919 empieza a ganar popularidad. Afiliado al DAP (Deutsche Arbeiter Partei), germen del NSDAP (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter Partei), pronto se revela un orador muy efectivo, capaz de mover a las masas con un discurso populista, agresivo y lleno de lugares comunes: los culpables de la postración de Alemania eran los marxistas, los judíos y el capital; el Tratado de Versalles debía ser abolido; era preciso crear una Gran Alemania que reuniera a toda la raza germana; había que dar trabajo a todos los alemanes…En ese clima de inestabilidad y crisis no le faltan oyentes, al menos en Baviera. Entre tanto, el número de simpatizantes y afiliados al partido nazi no para de crecer: en noviembre del 23, estos últimos son ya 55.000, a la espera de una orden de su líder para asaltar el poder.

Se veía venir: Hitler y Ludendorff acabaron reuniéndose para conspirar contra el Gobierno de Berlín. En 1923 celebran varias entrevistas, pero no acaban de ponerse de acuerdo. Hitler también matendrá encuentros con Kahr, Seisser y Lossow, pero la desconfianza impide el entendimiento.

Hitler no carece de medios humanos, materiales y económicos para intentar el golpe: las SA disponen de 15.000 hombres armados, e industriales y hombres de negocios como Fritz Thyssen no parecen tener grandes problemas en financiar un partido que clama por la nacionalización de las grandes empresas y se proclama anticapitalista. Tras la Marcha sobre Roma de Mussolini del año anterior, la idea de marchar sobre Berlín atrae profundamente al líder nazi, que ya tenía planeado el putsch en septiembre. Sin embargo, Kahr vacila. No se fía del austriaco y, además, quiere asegurarse el apoyo de otros länder, aparte del bávaro, para su revolución.

Pero el futuro Führer tiene prisa. Cree llegado el momento cuando, el 18 de octubre, el gobierno federal prohíbe el periódico nazi Völkischer Beobachter y el general Von Lossow se niega a cumplir la orden de hacer efectivo el cierre. Relevado de su puesto, el insumiso pone su división a las órdenes del estado de Baviera. Hitler considera estos efectivos decisivos para sus planes. Es hora de actuar, aunque el indeciso Kahr (al que Hitler considera, despectivamente, un burócrata) no esté de acuerdo. Varios planes de golpe se frustran en pocas semanas. Hitler teme que los miembros de su partido se impacienten.

El 7 de noviembre Hitler se reúne con Ludendorff, Lossow, Seisser y otros conspiradores. Planean dar el golpe al día siguiente en la Bürgerbräukeller, una de las cervecerías más populares de la ciudad, aprovechando que Kahr pronunciará allí un discurso. El plan del líder nazi es que las SA y otros grupos paramilitares menores irrumpan en el local y él proclame, ante Kahr y el resto del Gobierno bávaro, el inicio de la revolución. A partir de ahí, ocuparán la ciudad y el Freistaat, y marcharán sobre Berlín.

El plan, desde un principio, asombra a los conspiradores. Hitler no se interesa sino por la cantidad de hombres que deberá movilizar para ocupar la cervecería, qué armas han de llevar, en qué momento actuarán. La ocupación de la ciudad y el asalto a Berlín no le preocupan; parece creer que, tras la toma de la Bürgerbräukeller, todo vendrá rodado. Sus cómplices, o bien confían en que, aunque no se los revele, tiene los detalles bien pensados, o le temen demasiado como para contradecirle.

La Bürgerbräukeller.El 8 de noviembre, a las ocho y media de la tarde, Hitler y unos 600 hombres armados de las SA irrumpen en la Bürgerbräukeller, donde poco antes Kahr ha iniciado su discurso. Ante la alarmada audiencia, el austriaco se sube a una mesa y dispara su pistola al aire. “¡Ha comenzado la revolución nacional!”, proclama. Amenaza a los asistentes, declara depuesto al Gobierno bávaro y se erige jefe de un Gobierno provisional “hasta que se ajusten las cuentas con los criminales que están conduciendo Alemania a la ruina”. Hay algunas protestas en la sala, así que insta a Kahr y a los otros dos miembros del triunvirato a que le acompañen a una habitación contigua.

Ludendorff, tras conocer que Hitler se ha proclamado jefe del Gobierno provisional –cargo que esperaba asumir él–, se dirige a la cervecería. Allí se viven momentos de tensión. El austriaco amenaza a sus tres interlocutores; como teme que le traicionen, tiene cuatro balas en la pistola: una para cada uno de ellos, y la cuarta para él mismo. Tratan de razonar con él, de calmarle. No renuncian a su objetivo común, pero tal vez no sea el momento adecuado, ni el mejor medio. No obstante, la llegada de Ludendorff parece convencer, primero a Seisser y Lossow, luego a Kahr, de que el golpe es posible. Este último acepta, luego de solicitar que los Wittelsbach sean restaurados en el trono bávaro; Hitler, que no tiene, por supuesto, la menor intención de cumplir ese requisito, asiente.

Los miembros del Gobierno bávaro que se hallan en la sala principal son retenidos como rehenes. Ernst Röhm, comandante de las SA, y algunos de sus hombres toman el cuartel general del Ejército en el Ministerio de Defensa muniqués y se atrincheran allí. Otros miembros de las tropas de asalto nazis arrasan periódicos, viviendas de judíos, diversos locales… La policía y el ejército, sin órdenes de las autoridades, no se lo impiden, pero varios oficiales toman posiciones y se mantienen a la expectativa. En un cuartel de la ciudad, los militares se niegan a colaborar con un grupo de golpistas que acuden en busca de armas y los hacen prisioneros. Hitler, enterado, acude –sin éxito– a liberarlos. Ha cometido un error crucial. Ludendorff, harto de estar en la Bürgerbräukeller, y deseoso de reunirse con Röhm en el cuartel general del Ejército, deja marchar a Kahr, a Seisser y a Lossow “a ocupar sus puestos”. Cuando Hitler regresa, ya es tarde.

Los miembros del triunvirato se han dado cuenta de que el golpe, improvisado y chapucero, no tiene posibilidades de triunfar, y deciden organizar la resistencia antigolpista. De madrugada, Kahr anuncia que sus declaraciones de apoyo al golpe fueron obtenidas mediante coacción. Hitler y Ludendorff son conscientes de que les han traicionado, pero no abandonan. Regresan a la Bürgerbräukeller y esperan acontecimientos.

A la mañana siguiente, en Múnich muchos ignoran los acontecimientos de la noche anterior. Algunos periódicos anuncian el triunfo del golpe; miembros del partido nazi, como Julius Streicher, pronuncian discursos en las calles para informar a la población de la revolución y tratar de sumar apoyos para la misma. El alcalde, socialista, es tomado como rehén. A las doce, la comitiva golpista abandona la cervecería. Ludendorff está decidido a marchar sobre la ciudad, no se sabe bien con qué objeto. Tal vez cree que la población se les unirá. Hitler, vacilante, le sigue. Llegan a la Marienplatz, la plaza en la que se encuentra el Ayuntamiento, rodeados por miles de curiosos. Pero no se detienen. Al parecer, Ludendorff quiere reunirse con Röhm en el Ministerio de Defensa, sin saber que éste ya está sitiado por policías y soldados. Para llegar hasta allí deben atravesar la Odeonsplatz, donde se alza el monumento a los héroes militares de Baviera, la Feldherrnhalle. En la plaza se concentra la policía del estado. Tiene órdenes del gobierno de que los golpistas no pasen de allí.

A las 12:45 la marcha llega a la Feldherrnhalle; se ha reunido una multitud, entre golpistas y espectadores. De pronto suena una detonación. Ni siquiera hoy está claro de quién fue este primer disparo, al que sigue un breve e intenso tiroteo. Algunos cabecillas nazis, como Göring, resultan heridos. Hay una desbandada general. Hitler huye a toda prisa, en una ambulancia –años después alegará que lo hizo para salvar a un niño herido–. Cuatro policías, un espectador y catorce golpistas mueren en el tiroteo. Estos últimos, junto a dos milicianos muertos ante el Ministerio de Defensa, serán llamados por los nazis Blutzeugen (literalmente, “testigos de sangre”), los Mártires de la Feldherrnhalle, y recibirán toda clase de honores una vez el partido alcance el poder en 1933: monumentos funerarios custodiados por una guardia permanente, honras en el desfile anual en recuerdo del putsch, medallas conmemorativas…

Tras la huida, Hitler se refugia en el campo, en casa de un amigo. Piensa en suicidarse, en huir a Austria, pero es detenido días después, al igual que Ludendorff y otros cabecillas. El NSDAP y sus organizaciones dependientes, como las SA, son prohibidos en toda Alemania.

En la primavera de 1924, Hitler comparece ante el tribunal, acusado de alta traición. Se enfrenta a una posible pena de muerte o, en todo caso, a una larga condena y a la deportación, dada su condición de extranjero. Sin embargo, el juicio es una farsa. El partido nazi cuenta, como ya se ha dicho, con numerosos simpatizantes en Baviera. El juez, ultraconservador y ferviente nacionalista, no es una excepción, y permite que Hitler y los demás acusados hablen libremente durante el proceso. El futuro Führer pronuncia uno de sus interminables y exaltados discursos; pasa de acusado a acusador, señalando a la República como la verdadera causante de todos los males, y se presenta a sí mismo como a un patriota que ha venido a salvar al país.

La condena es ridícula: cinco años en la prisión de baja seguridad de Landshut, donde comenzará a escribir Mein Kampf. Ni siquiera cumplirá la condena completa; saldrá a los nueve meses por “buena conducta”. Para mayor vergüenza, el tribunal dictamina que un hombre que ha demostrado “tanto patriotismo” como Hitler no merece ser deportado tras cumplir la sentencia, como marca la ley. Otros golpistas, como Ludendorff, son declarados inocentes. El NSDAP volverá a ser legalizado en 1925.

Hitler aprendió del fracaso del putsch que ése no era el camino para hacerse con el poder: la inestable República de Weimar se podía derribar desde dentro. Cuando ante el terror y el desafío a la democracia se muestra tanta debilidad, se paga muy caro. Alemania y el mundo no tardarían en comprobarlo.

Los archivos pulineros: El precio de la libertad

Leo por aquí que Rajoy pretende defender ante la ONU la Alianza de Civilizaciones zapateril. No es una sorpresa, ya la había defendido anteriormente y, realmente, de alguien que es un cobarde y un apaciguador frente al terrorismo de ETA no puede esperarse que no sea un cobarde y un apaciguador en otros temas. O incluso en todos.
En cualquier caso, vista esta desgraciada circunstancia y recordando la reciente reedición de la polémica de las viñetas de Mahoma, os recomiendo, más que nunca, la lectura de un excelente libro que reseñé hace un tiempo: Surrender: Appeasing Islam, Sacrificing Freedom, de Bruce Bawer. Aquí os dejo la reseña tal y como se publicó en LD. 

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EL PRECIO DE LA LIBERTAD

Surrender: Appeasing Islam, Sacrificing Freedom es un libro fundamental para comprender un aspecto de la yihad perligrosísimo pero del que muchos de nosotros, los occidentales, ni siquiera somos conscientes. Porque la guerra santa no la libran sólo los que ponen bombas o se hacen saltar por los aires.

Bruce Bawer es bien claro: los islamistas tienen por objetivo fundamental suprimir las libertades de que gozamos en Occidente; especialmente la que, a juicio de Bawer, soporta todas las demás: la libertad de expresión. Esta yihad cultural o blanda (soft jihad) está procurando éxitos magníficos a los islamistas, a un coste ciertamente insignificante. En buena medida, porque los propios occidentales se lo estamos poniendo así de baratito.

Anestesiados por la corrección política y el multiculturalismo, los occidentales nos estamos convirtiendo en dhimmies. El de dhimmitud es un término –acuñado por la autora británica de origen egipcio Bat Ye’or– que Bawer emplea a menudo en este libro para designar la situación de los no musulmanes que, por una combinación de motivos –miedo, complejo de culpa, desprecio a la propia libertad–, han preferido capitular y someterse al Islam. El dhimmi reconoce la superioridad del agresor, cuyos ataques justifica, y se dispone a satisfacer sus exigencias aun antes de que le sean planteadas. El rastro de la dhimmitud puede seguirse, por ejemplo, en los códigos de conducta de numerosas instituciones occidentales, la autocensura de los medios de comunicación y la crítica (a menudo acerba) a todo aquél que ose infringir los límites marcados por “el respeto a la diversidad y las creencias ajenas”.

Bawer ha recopilado una abrumadora cantidad de ejemplos que le permiten demostrar, con pasión y convicción, la rendición de Occidente (sobre todo de Europa) al islamismo. Surrender es un libro escrito con claridad y rigor, y que resulta asequible incluso para el lector sin conocimientos previos sobre el tema. A ello contribuye, sin duda, la acertada forma en que está estructurado.

Dividido en tres partes, en la primera se exponen los conceptos que se desarrollarán en las otras dos –por ejemplo, el de yihad cultural– y se explica cómo Occidente ha llegado a ser un terreno fértil para la implantación del islamismo. A juicio de Bawer, estamos tan habituados a disfrutar de nuestras libertades y nuestros derechos que hemos olvidado o no queremos recordar el altísimo precio que hemos tenido que pagar por ello; hay quien incluso parece olvidar, o querer olvidar, que la libertad es el requisito esencial para poder vivir una vida digna. Y la libertad, si no se basa en la libertad de expresión, no es nada. Por eso Bawer dedica a esta última, y a los ataques de que está siendo víctima, el grueso de la obra.

Si algo ha abonado el terreno a la yihad cultural es la emergencia de la corrección política y el multiculturalismo, que han permitido desafueros como la equiparación de nuestros sistemas legislativos, basados en los derechos y libertades del individuo, con la sharia, o la presentación de los verdugos islamistas como víctimas… ¡de sus víctimas!, especialmente cuando hay estadounidenses o israelíes de por medio.

La corrección política es un credo que, paradójicamente, no admite el debate ni que se pongan en cuestión sus postulados. De ahí que haya colocado en la diana a la libertad de expresión, uno de sus mayores enemigos. Si hay una cuestión en la que esto queda patente es en la del Islam. Los defensores de lo políticamente correcto, siempre en contra de Occidente y a favor de sus enemigos, tratarán de silenciar cualquier crítica al mundo islámico con argumentos como el de los “derechos en colisión” (el de expresarse libremente versus el inexistente derecho a no sentirse excluido o despreciado) o el del “ejercicio responsable de la libertad de expresión”, que viene a significar que no se puede decir cosa alguna que pueda “provocar”, “causar malestar” o “desencadenar una respuesta violenta”.

Tan violenta como la que sufrieron los protagonistas de los tres casos con que Bawer cierra la primera parte: Pim FortuynTheo Van Gogh y los dibujantes y editores de las célebres viñetas sobre Mahoma. Sin embargo, el hecho de que fueran asesinados (los dos primeros; Fortuyn, tan aborrecido por los islamistas, a manos de un ecologista holandés) o amenazados de muerte (los últimos) no provocó la condena unánime de las sociedades occidentales. Naturalmente, hubo protestas y muestras de apoyo a las víctimas; pero la mayoría corrieron por cuenta de ciudadanos de a pie; los intelectuales, los políticos y los medios de comunicación, en nombre de ese multiculturalismo aberrante, parecían más preocupados en buscar los tres pies al gato a los asesinados o, directamente, en justificar a sus asesinos. ¿Porque comparten cosmovisión con los islamistas? Para nada. Por miedo. La dhimmitud es esto.

La segunda parte está dedicada a los medios de comunicación (fundamentalmente, la prensa escrita), a los que el autor considera responsables, en gran medida, de la deriva suicida de Occidente. Su título es “Censors and Self-Censors” (“Censores y autocensores”), tan claro como expresivo. Intimidados por los islamistas, inspirados por el multiculturalismo o motivados por alguna extraña simpatía, los medios han decidido, en su mayoría, practicar la autocensura, manipular la información o, directamente, falsificarla cuando el objetivo de la misma es el Islam o los musulmanes. Cualquier aspecto negativo del Islam (lapidaciones, ablaciones, crímenes de honor…) se maquilla, justifica u omite a fin de que la ciudadanía no se forme una opinión incorrecta y hostil a dicho credo. Naturalmente, no todos los medios se comportan así, pero sí, repito, una parte muy considerable: por ejemplo y por citar algunos de los más importantes, el New York Times o las cadenas ABC y BBC.

Tariq Ramadán.Si se les critica semejante actitud, responden que el buen periodismo ha de ser matizado, reflexivo, tener en cuenta aspectos como la “diversidad” del Islam y ejercer la libertad de expresión de manera “responsable”. En realidad, denuncia Bawer, se comportan como verdaderos apologistas del islamismo que, en su afán por justificar lo injustificable, optan por ofrecer una visión falsa del mundo y los principios islámicos, definen como “moderados” a elementos que, como Tariq Ramadan, niño mimado de la prensa progre, están muy lejos de serlo y establecen equivalencias entre la violencia ejercida por los islamofascistas y las medidas que los países occidentales (sobre todo los Estados Unidos e Israel) adoptan en su lucha contra los islamofascistas, y silencian o manipulan el mensaje de los críticos con el Islam.

Pocas veces han sido más injustos, viles y cobardes los medios como en el caso de Ayaan Hirsi Ali: verdadera heroína de la lucha por la libertad, su extraordinaria experiencia constituye un ejemplo no sólo para las mujeres musulmanas en su lucha frente a la opresión a la que se ven sometidas, sino para todos nosotros. Bawer nos recuerda el vergonzoso trato que le dispensan la prensa y los intelectuales proislamistas: no sólo ridiculizan sus ideas –calificándolas de ingenuas y carentes de sutileza– y la tratan con condescendencia, es que encima la acusan de ser absolutista, una “integrista de la Ilustración” que ha cometido el imperdonable delito de tomarse en serio la lucha por la libertad. Grotesco.

Por último, en la tercera parte Bawer ofrece un exhaustivo análisis de cómo la yihad cultural afecta a diversas esferas de la vida en Occidente. Desde la universidad a la política, pasando por el cine, el arte, la función pública o los tribunales, no hay faceta de la vida cotidiana que no se vea afectada, en mayor o menor medida, por el islamismo. Especialmente duro resulta el capítulo dedicado a los homosexuales: son condenados a muerte, torturados, azotados o encarcelados (según el país) en todo el mundo islámico; sin embargo, la gran mayoría de los progresistas y muy buena parte de los homosexuales occidentales prefieren cerrar los ojos y callar ante semejantes atrocidades o, en un nuevo ejercicio de dhimmitud y cobardía, apoyar a los verdugos.

Tal y como indica el título de esta obra, Occidente se está rindiendo al Islam, sacrificando poco a poco su libertad. Pero eso no hará que los fanáticos se apacigüen, ni mucho menos. No tienen la menor intención de pactar o negociar nada con nosotros. Cada vez que cedemos, vuelven a la carga con más demandas. La sharia no es negociable para ellos: es la Ley, absoluta y revelada, y su objetivo es imponerla en el mundo entero. Nuestros gestos de apaciguamiento no los perciben como muestras de respeto, buena voluntad o conciliación, sino como signos de sumisión, debilidad y cobardía.

Puede que algunos occidentales prefieran creer que, con todo, siempre se podrá llegar a un acuerdo, pero hay temas en los que la negociación no es admisible: no se puede alcanzar un compromiso entre la libertad y la esclavitud, la democracia y la tiranía. Será conveniente que nos demos cuenta de ello antes de que sea demasiado tarde.

BRUCE BAWER: SURRENDER: APPEASING ISLAM, SACRIFICING FREEDOM. Doubleday (Nueva York), 2009, 321 páginas

Publicado originalmente en el suplemento Libros de Libertad Digital el 11 de noviembre de 2010

Los archivos pulineros: Morir por la libertad en la Alemania nazi

Hoy, nombres como los de Claus von Stauffenberg, los hermanos Scholl y la Rosa Blanca, Oskar Schindler, Dietrich Bonhoeffer y Martin Niemoller nos resultan familiares. Más desconocidos, especialmente fuera de Alemania, son los de Georg Elser, James y Freya von Moltke, el Círculo de Krasau o la Capilla Roja. Todos ellos tienen en común el haber luchado contra el nazismo. Pero ¿qué hay de los millones de alemanes que vivieron bajo el Tercer Reich?

El pueblo alemán en nombre del que decía actuar el régimen nazi, ¿realmente apoyaba y compartía los principios de ese Führer que prometía conducirlo a la gloria, al Reich de los Mil Años? Dejando de lado los héroes cuyos nombres aparecen en libros de Historia, ¿hubo gente corriente que luchara contra el nazismo de forma clandestina?

El libro que hoy nos ocupa, Solo en Berlín, de Hans Fallada, puede ayudarnos, y mucho, a responder a la pregunta de si existió realmente una resistencia popular a Hitler. En efecto, la hubo; hubo ciudadanos con nombres y apellidos que no han quedado para la posteridad que también se rebelaron contra el tirano. Ciudadanos como el matrimonio Hampel, cuya historia llegó, de manera indirecta, a manos de nuestro autor.

Rudolf Ditzen, más conocido como Hans Fallada, fue un escritor muy popular en Alemania durante los años 30 y 40 del siglo pasado. Su novela Pequeño hombre, ¿y ahora qué?, un brillante retrato de las tribulaciones de un modesto empleado durante la república de Weimar, le otorgó fama y prestigio. La llegada al poder de los nazis cambió abruptamente su vida. Encarcelado por una denuncia de su casera, que le sorprende una conversación sospechosa, al salir de prisión se retira al campo y se dedica a escribir novelas que no le den problemas por el contenido. Su obra anterior al año 33 era considerada subversiva por el Régimen, pero no tanto como para que le prohibieran seguir escribiendo.

Su suerte parece cambiar cuando una de sus novelas, Wolf unter Wölfen (“Lobo entre lobos”), atrae la atención del mismísimo Goebbels, que la encuentra espléndida. Fallada sucumbe a las presiones: escribe una obra en la que los nazis aparecen como salvadores de la patria, y varios prólogos ambiguos a algunos de sus libros muestran que trataba de aplacar a los nuevos amos. Durante la guerra evita los temas polémicos: escribe novelas de entretenimiento y obras infantiles. Pero sus nervios endebles, su adicción al alcohol y las drogas –pasará buena parte de su vida entrando y saliendo de sanatorios y clínicas de rehabilitación–, su personalidad turbulenta y las dificultades económicas le causan grandes problemas. Una violenta pelea, que acaba con su primer matrimonio tras años de tensiones, le lleva incluso a ser recluido en una de las terribles instituciones psiquiátricas nazis.

Hans Fallada.Acabada la guerra, el ejército soviético ocupante le nombra alcalde del pueblecito donde se halla refugiado, cargo que no le interesa y para el que no se ve preparado, y que abandona pronto para regresar a Berlín. Su segundo matrimonio, con una viuda treinta años más joven que él y también adicta a las drogas, no hace sino empeorar su ya precaria situación. Colabora con el diario Tägliche Rundschau para sostener su economía, cada vez más deteriorada, y trata de seguir escribiendo novelas.

Su última estancia en el psiquiátrico y el ambiente de posguerra le torturan. Profundamente desilusionado, cree que el nazismo se halla tan enquistado en la sociedad alemana que será prácticamente imposible erradicarlo por completo.

Y entonces llega a sus manos, a través de un amigo, el expediente del caso Hampel.

Le impresiona enormemente. Pronto escribe un artículo sobre esta humilde pareja de trabajadores, ejecutados en 1943 por traición, y planea escribir una novela sobre su peripecia, una novela que muestre que existió una resistencia popular a Hitler que no fue del todo en vano. Sus frecuentes ingresos en clínicas, provocados por su adicción a la morfina y sus crisis nerviosas, hacen que postergue el proyecto una y otra vez. Sin embargo, las dificultades económicas hacen que por fin lo retome y escriba, en sólo 24 días, la que sin duda es su mejor novela: Solo en Berlín. Que no verá publicada: el 5 de febrero de 1947, sólo unas semanas antes de su aparición, muere.

De ahí en adelante, su obra siguió siendo recordada en Alemania, no así en el extranjero; hasta que, hace un par de años, varias editoriales (como la francesa Denoël o la estadounidense Melville House) redescubren Solo en Berlín y deciden reeditarla, recuperando la versión original sin las correcciones de la editorial Aufbau, que había suprimido partes que, a su juicio, podían resultar polémicas en la Alemania de posguerra, como las referidas a la pertenencia de los protagonistas a diversas organizaciones nazis o ciertas escenas especialmente duras y descarnadas.

El éxito es inmediato. ¿Qué tiene esta novela para haber entusiasmado a lectores de todo el mundo?

En primer lugar, un poderoso argumento. Basándose en el caso Hampel, Fallada nos presenta al matrimonio Quangel, una pareja berlinesa humilde, ya madura, cuyo único hijo está en el frente. No son entusiastas del Régimen, pero, “como todo el mundo”, están afiliados a diversas organizaciones nazis, aunque sólo sea para no destacar: no se meten en política ni quieren saber nada de lo que ocurre más allá de la puerta de su casa; sólo desean que acabe la guerra, que Alemania venza, que su hijo regrese.

Pero llega la tragedia, la muerte de ese hijo durante la invasión de Francia. Eso hace que, a su pesar, abran los ojos. Y lo que ven les lleva a no poder ni querer cerrarlos. La injusticia, el miedo, el dolor, son tan grandes que Otto Quangel –un hombre gris, avaro y misántropo, cuyas máximas aspiraciones en la vida han sido siempre la tranquilidad y el anonimato– decide hacer algo heroico, algo que acabe con ese régimen asesino. Y lo que se le ocurre es escribir postales con mensajes subversivos que deja en escaleras de edificios de oficinas, esperando que circulen y sean leídas por el mayor número posible de personas. Que su mensaje contra los criminales nazis haga que otros abran los ojos y se unan para derrocar a ese régimen de terror. Su esposa, Anna, indecisa al principio, se une a él en ese combate desigual, esa lucha de “un ratón contra un elefante”, como la denomina Fallada. Un combate que no pueden ganar, como saben en su fuero interno, pero que creen que deben pelear igualmente.

Junto al matrimonio protagonista, el autor nos presenta una memorable galería de personajes secundarios: jóvenes idealistas que, tratando de combatir al nazismo, coquetean con el comunismo en células clandestinas; granujas de medio pelo que tratan de subsistir a costa de otros aún más desafortunados que ellos; canallas despreciables a los que el régimen nazi ha hecho prosperar y que les permite perpetrar atrocidades que quedan impunes; mujeres desencantadas de todo que desean huir de una ciudad hostil y un matrimonio fracasado… Y, naturalmente, los omnipresentes miembros de la Gestapo, las SS, el Partido: funcionarios que se dedican a la caza de personas con la misma indiferencia y frialdad con la que venderían sellos; asesinos a los que el uniforme que llevan autoriza a cometer sus crímenes; inadaptados a los que un régimen de inadaptados ha otorgado un poder casi absoluto.

Y, como telón de fondo, Berlín. La hostil capital del Reich, una ciudad que muy poco atrás era foco de cultura, refugio de intelectuales, cuna de vanguardias. Sus antiguos barrios elegantes han perdido su esplendor, los distritos pobres son más miserables que antes. Aunque el Régimen se esfuerce por que la población no note el desabastecimiento y la escasez, fracasa en su empeño. Conforme avance la guerra le será cada vez más difícil evitar los pillajes, los saqueos, el hambre. La miseria y el dolor reinan en las calles. Ya nadie piensa en los cabarets, los teatros, la ópera, sino en la prisión de Plötzensee, en el Tribunal del Pueblo, en la terrible sede de la Gestapo de la calle Prinz-Albrecht. Es la capital del terror.

Éste es otro de los aciertos de la novela: la forma en que Fallada, con su estilo conciso, directo, implacable, describe el miedo que se ha adueñado de Berlín y de Alemania entera. “Los pensamientos son libres”, dice una popular canción alemana. Pero ya no es así, los nazis se ocupan de que ni siquiera los pensamientos puedan escapar de sus redes de control y censura. Se fomenta y premia la sospecha, la delación y la traición. Nadie puede confiar en nadie: ni en amigos, ni en amantes, ni en padres ni en hijos. Ni siquiera en uno mismo. Debes expurgar cualquier pensamiento en contra del Führer antes de que los agentes de ese nuevo dios omnipresente descubran en ti cualquier vacilación, cualquier duda que te convierta en un enemigo, un traidor a la patria. Nunca te puedes sentir seguro, ni siquiera estando solo. Los chivatos, los soplones están por todas partes. Todo el mundo tiene secretos, todo el mundo miente hasta en lo más trivial, porque nunca se sabe quién puede estar escuchando. Inseguridad. Miedo. Soledad.

Sí, soledad, como indica el título de la obra. El panorama que se nos describe es el de una sociedad descompuesta, en la que ya nadie puede o quiere vivir para otros, solo para sí. Antes la gente se sentía segura en su hogar, con los suyos, entre amigos y conocidos. Pero los nazis han acabado con todo eso; no han venido a traer paz y seguridad, sino todo lo contrario. Lo que desean es tener una población controlada y sometida, y no hay mejor arma para ello que el miedo. Que nadie se crea con la conciencia tranquila. Que desaparezca la confianza y los vínculos entre las personas se deshagan: sólo deben lealtad al Partido; sólo deben amar a su Führer.

Un Führer que no deja de proclamar que tanto él como las instituciones del Reich están al servicio del pueblo y actúan sólo en nombre del pueblo. En el encabezado de la condena a muerte del matrimonio Hempel-Quangel, como en el de todas las demás, pone, en efecto, “En nombre del pueblo alemán”. Pero, justo al lado, un sello avisa: “Alto secreto”. He aquí otro de los principios del Régimen: el pueblo debe ignorar a toda costa las atrocidades que se cometen en su nombre. Los alemanes no tienen derecho a saber ni a pensar más que lo que su amo quiere que sepan y piensen. Porque, como ocurre en todas las tiranías, la población sólo es un herramienta al servicio del tirano, que la utiliza para alcanzar sus fines y la desprecia y se deshace de ella cuando deja de serle útil. Ése es el amor del Führer por su pueblo.

Los Quangel descubren que vale más luchar contra ese asesino y sus lacayos que seguir formando parte de la máquina de terror y muerte en que se ha convertido su país, una Alemania en la que ya no hay individuos, sólo piezas que se desechan y reemplazan por otras cuando ya no sirven. Una nación donde a un lado está el Partido, cuyos miembros poseen todos los derechos y privilegios, y al otro está el pueblo, convertido en masa. Unos prefieren, por miedo, convicciones o falta de ellas, seguir formando parte de esa masa despersonalizada. Otros, como nuestros protagonistas, a partir de un momento dado, no. Aunque sepan que no tienen apenas posibilidades de éxito, creen que vale la pena luchar, por alto que sea el precio. Y en verdad es alto, como descubrirá el lector. Hans Fallada no omite los terribles, escalofriantes detalles de la detención, tortura y proceso a que se ven sometidos los Quangel. En la versión políticamente correcta del año 47, muchos de ellos se suprimieron, pero, con buen criterio, los responsables de esta edición los han recuperado. El propio Fallada, consciente del efecto que estas páginas iban a provocar, advertía en una nota:

Algunos lectores opinarán que en este libro aparecen demasiado la tortura y la muerte. El autor quiere subrayar que esta obra trata casi exclusivamente de las personas que lucharon contra el régimen de Hitler, de ellas y de sus perseguidores. En el periodo 1940-1942, antes y después, se produjeron numerosas muertes en esos círculos. Casi la tercera parte de este libro transcurre en prisiones y manicomios, lugares en los que la muerte era muy habitual. A menudo al autor le hubiera gustado pergeñar un relato menos sombrío, pero una mayor claridad hubiera entrañado mentir.

Así es. Esas víctimas merecen que, siquiera sea en una novela, se diga la verdad sobre su sufrimiento. Que se sepa no sólo que murieron, sino cómo murieron, y en qué circunstancias. Porque lo peor, con ser terrible, no era la muerte, sino el deseo de los nazis de acabar con sus víctimas de la manera más dolorosa y humillante, de despojarles de su dignidad, su identidad y hasta su condición de seres humanos. Querían convertirlas en “una nulidad asustada y vociferante”. En bestias.

Tras todo ese sufrimiento, ¿valió la pena la lucha de los Hempel-Quangel y de todos los que, como ellos, resistieron la tiranía y la vesania de Hitler? ¿Qué lograron, si es que lograron algo? Fueron personas que lucharon por su libertad, y murieron por ella como individuos, no como piezas de una maquinaria. Mantuvieron su dignidad hasta el fin. Mostraron que no todos en Alemania estaban a favor del tirano. Probaron que es posible mantener la dignidad, el valor y los principios hasta cuando no hay esperanza. Fueron, en suma, como los justos de las Escrituras.

Sí, claro que hicieron mucho. Por ellos, por su pueblo y por todos nosotros. No merecen que se les olvide.

Solo en Berlín es un relato durísimo. Tanto, que ni siquiera Fallada puede resistirse a introducir un último rayo de esperanza, y concluye el libro no con la muerte, sino con un breve capítulo lleno de vida y optimismo y ambientado en el campo, tal vez el único lugar en el que fue verdaderamente feliz. Justifica este episodio con estas palabras:

No queremos concluir este libro con la muerte, está consagrado a la vida, a la vida indomable, que triunfa siempre de nuevo sobre el oprobio y las lágrimas, la miseria y la muerte.

Así, con esperanza en medio de las ruinas de una guerra, termina Sólo en Berlín, lleno de angustia, miedo y dolor, pero también de valor, dignidad y libertad. Hay que leerlo, claro. Y recordarlo.

HANS FALLADA: SOLO EN BERLÍN. Maeva (Madrid), 2011, 575 páginas. Traducción de Rosa Pilar Blanco.

Publicado originalmente en el suplemento Libros de Libertad Digital el 31 de marzo de 2011.