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Los archivos pulineros: Teodora, del circo al trono

Pues aquí os dejo un artículo que escribí sobre la muy intrigante, muy misteriosa y muy fascinante Teodora de Bizancio. Una santa o el demonio hecho mujer, según a quién leamos. En cualquier caso, una de las mujeres más poderosas e influyentes de la historia.

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Aventurera, prostituta, intrigante, vengativa, ambiciosa, heroína, santa… Detodas estas formas se ha descrito a la emperatriz Teodora, la mujer más poderosa de su época y una de las más enigmáticas de todos los tiempos.

El misterio que rodea a Teodora se debe tanto al hecho de que gran parte de su vida –la anterior a su matrimonio con el emperador Justiniano– no esté documentada y sólo se haya podido reconstruir sobre suposiciones y rumores, como a que su principal biógrafo fuera al mismo tiempo su más encarnizado detractor: Procopio de Cesarea.

Procopio es el historiador más famoso de su época, gracias fundamentalmente a su Historia de las guerras de Justiniano. Además de esta obra, dedicó a la pareja imperial Sobre los edificios, en el que glosa su programa de construcciones en Constantinopla; en realidad, es un panegírico de los soberanos en el que nuestro autor demuestra sus extraordinarias dotes para la adulación. Tanto almíbar se le debió de indigestar; además, estaba resentido con Justiniano y odiaba a Teodora, si bien ignoramos los motivos concretos de su inquina: puede que su nombramiento como prefecto de Bizancio y la concesión del título de Ilustre no fueran suficiente recompensa. El caso es que, ya fuera como pasatiempo, como instrumento de chantaje o como terapia para desahogarse, Procopio escribió una de las obras más venenosas, retorcidas y chismosas de todos los tiempos: laAnekdota, o Historia secreta, en la que retrata a Bizancio como una sociedad enteramente corrupta y degenerada, gobernada por dos demonios de forma humana, Justiniano y Teodora.

Esta última es quien peor parada sale: a su lado, Mesalina es una tímida colegiala. No hay vicio, depravación o crimen que le sea ajeno: robo, fraude, prostitución, zoofilia, aborto, tortura, brujería… El problema es que, aunque en la Historia secreta hay anécdotas evidentemente falsas, fruto del odio y la imaginación calenturienta de Procopio o de la chismografía de aquel entonces, no podemos descartar la obra entera: es un buen retrato de la época y hay datos son corroborados por otras fuentes, al menos en lo esencial; otros, si bien no verificados, sí resultan verosímiles, como los que se refieren a los orígenes de Teodora.

Teodora debió de nacer en el año 500; en algún lugar indeterminado del Imperio, probablemente en Siria o en Chipre, según las escasas fuentes de las que disponemos. Era la segunda de las tres hijas de un modesto matrimonio. De su madre no conocemos ni el nombre, y de su padre sólo sabemos que trabajaba como domador de osos en el Hipódromo de Constantinopla y que se llamaba, probablemente, Acacio. Los patronos de Acacio eran los miembros de la facción Verde. Éstos no eran los ecologistas de la época, ni mucho menos: la sociedad bizantina estaba radicalmente dividida en dos facciones, los Verdes y los Azules; originariamente no eran más que dos equipos que competían en las carreras del Hipódromo, pero con el tiempo se habían convertido en bandos que dominaban por completo la vida en Constantinopla, y a los que casi podríamos comparar con los partidos políticos actuales. Sus respectivos partidarios se enfrentaban a menudo y causaban desórdenes, que acababan generalmente con intervenciones de la guardia imperial y algunos de los cabecillas en prisión.

El padre de Teodora falleció cuando ella tenía seis años, y su madre no tardó en casarse de nuevo. Esperaba que los Verdes contrataran a su nuevo esposo para ocupar el puesto del difunto, pero no fue así. Por ello, esperando conmover al público y que los Verdes no tuvieran más remedio que reconsiderar su decisión, vistió a sus tres hijitas con túnicas y guirnaldas de flores y las hizo aparecer abrazadas a ella en medio de la arena del Hipódromo en uno de los intermedios, suplicando la compasión del respetable. Lo sentimental siempre vende, y aquella no fue una excepción: los Verdes no se ablandaron, pero los Azules sí, y contrataron al padrastro de Teodora. Ésta no olvidó jamás aquello y permaneció fiel a la facción Azul el resto de su vida.

Pero las hijas crecen y la madre de Teodora pronto se vio sin recursos para mantenerlas, por lo que las animó a dedicarse al espectáculo. La mayor, Comito, pronto se hizo actriz, con bastante éxito. En aquella época (como en casi todas) las actrices no tenían demasiada buena fama: se las consideraba prácticamente como prostitutas; de hecho, muchas combinaban ambas actividades. La hermana de Teodora parece haber formado parte de esta categoría, y pronto llamó a su hermana, por entonces de unos 12 años, para que la ayudara en calidad de sirvienta. Si hemos de creer a Procopio, Teodora no tardó en desbancar a Comito tanto dentro como fuera del escenario. Omitiremos aquí los pasajes más escabrosos de la vida de nuestra protagonista; los interesados pueden acudir a ese antecedente del Sálvame y similares que es la Historia secreta.

El caso es que Teodora acabó a los 16 años convertida en amante de un funcionario al que destinaron a Libia, adonde lo acompañó. La convivencia resultó un desastre, y al poco Teodora decidió regresar a Constantinopla. De vuelta a casa se detuvo en Alejandría, lo que cambió su vida para siempre. Fue acogida por la comunidad monofisita de la ciudad, y al parecer experimentó una conversión espiritual, abrazó el monofisismo y decidió abandonar su antigua vida.

Así, en Constantinopla no volvió a los escenarios ni a su disoluta conducta anterior. Una leyenda medieval asegura que se dedicaba a hilar lana en una humilde vivienda cercana al palacio imperial cuando conoció a Justiniano, sobrino del emperador Justino y verdadero soberano en la sombra. Lo más probable, sin embargo, es que ambos se conocieran por mediación de una tal Macedonia, antigua compañera de Teodora en el mundo del espectáculo y una de las informantes de Justiniano. El caso es que el sobrino del emperador quedó totalmente fascinado por ella y la hizo su amante. Ambos vivieron en concubinato varios años, y al parecer incluso tuvieron un hijo, si bien el niño moriría en la infancia. Teodora, por cierto, ya tenía una hija (como se diría ahora, “fruto de una relación anterior”), de la que ignoramos el nombre.

Justiniano estaba totalmente hechizado por Teodora (según Procopio, literalmente) y deseaba hacerla su esposa, pero una antigua ley prohibía a las actrices contraer matrimonio con personas de rango; además, la esposa de Justino, Eufemia, se oponía tajantemente al enlace, pues consideraba que aquélla era una mujer de baja estofa indigna de tan alto honor. Seguramente hablaba por experiencia: antes de casarse con Justino era una esclava analfabeta de nombre Lupicina (nombre muy común entre las prostitutas, dicho sea de paso). No fue hasta la muerte de su tía que Justiniano pudo convencer a Justino para que derogara la ley y le permitiera casarse con Teodora, en el año 525.

Por extraño que parezca, el matrimonio funcionó. Jamás se separaron ni tuvieron la menor disputa; y, por mucho que fastidiara a Procopio, por lo visto se guardaron fidelidad hasta la muerte. En el 527 fueron coronados coemperadores con Justino, y enseguida, sólo cuatro meses después, a la muerte de éste, se convierten en amos absolutos del Imperio. Por deseo de su esposo, Teodora no fue emperatriz consorte, sino soberana por derecho propio, su igual, su principal consejera y colaboradora. Justiniano era un hombre que, pese a sus orígenes campesinos, había recibido una esmerada educación en Constantinopla y estaba considerado un intelectual. Teodora, si bien carecía de formación, era una mujer inteligente, astuta y, sobre todo, tremendamente ambiciosa. Amaba el poder y no pensaba renunciar a él.

Así lo demostró en el acontecimiento más importante de su vida, la revolución llamada Nika.

Ya hemos comentado la rivalidad existente entre las facciones Verde y Azul, y los disturbios que provocaban regularmente en Constantinopla. Sin embargo, en el año 532 esas revueltas fueron más allá de las simples algaradas callejeras. Debido al descontento popular con la subida de impuestos y la corrupción generalizada de la administración, al frente de la cual se encontraban Juan de Capadocia y Triboniano. El pueblo exigía su expulsión, y por una vez Verdes y Azules se unieron en la protesta cuando sus cabecillas fueron encarcelados y condenados a muerte.

Las algaradas acabaron por convertirse en revolución: el pueblo se negaba a obedecer al ejército, tampoco al mismísimo emperador. Ni siquiera la facción Azul, con la que simpatizaban tanto Justiniano como Teodora, hizo caso del llamamiento a la calma, ni de la oferta de perdón para los alborotadores. Las calles se convirtieron en campos de batalla y Constantinopla se vio envuelta en llamas. Edificios como la antigua basílica de Santa Sofía o el Senado fueron arrasados por el fuego. Justiniano, que, pese a su inteligencia y brillantez, era un hombre bastante indeciso y, por lo visto, cobarde, decidió que lo mejor era huir de la ciudad. Con la ayuda de sus más cercanos, preparó la huida por mar; pero, inesperadamente, Teodora se negó a acompañarle.

Hasta el mismo Procopio se vio obligado a señalar que la reacción de la emperatriz fue impecable (puede, incluso, que, llevado por la lírica, adornara en exceso su narración de los hechos); con firmeza, a los presentes en palacio Teodora les dijo que, aunque fuera impropio que una mujer aconsejara a unos hombres asustados, no creía que huir fuera lo más digno. Un emperador jamás debía escapar. Todo el que nace morirá tarde o temprano, y ella prefería hacerlo como emperatriz. Nunca renunciaría a sus vestiduras imperiales ni a la dignidad que le conferían. Si Justiniano quería huir, podía hacerlo sin dificultad. Ella prefería seguir el antiguo dicho según el cual la púrpura es el más noble de los sudarios.

Impresionado y animado por el discurso de su esposa, Justiniano cambió radicalmente de actitud. Envió a sus dos mejores hombres, los generales Belisario y Mundo, a sofocar la revolución. Éstos aguardaron a que el pueblo se hallara reunido en el Hipódromo para las carreras, bloquearon todas las salidas y procedieron a la masacre: más de 30.000 hombres, mujeres y niños perecieron. El horror apagó instantáneamente la revuelta.

Naturalmente, aquello extinguió la poca popularidad que pudiera quedarle al emperador, y aún más la de la emperatriz, a la que casi todos despreciaban y consideraban instigadora de la represión. De nada sirvieron los magníficos programas de reconstrucción o beneficencia llevados a cabo por la pareja, o las numerosas reformas legales: su fama de crueles no les abandonaría.

Muchos vieron como un castigo divino el que la pareja no tuviera hijos. Por mucho que ambos lo desearan, y pese a que ya habían sido padres antes de su matrimonio, Teodora no volvió a concebir. Según los cronistas más piadosos, Teodora dedicó el resto de su vida a ocuparse de los más necesitados y a inspirar a su esposo reformas a favor de las mujeres y los desposeídos. Sin duda, Justiniano impulsó varias reformas en ese sentido, como la que confería a las mujeres el mismo derecho de propiedad que a los hombres, pero no es posible atribuir estas mejoras sólo a la influencia de Teodora, a la que algunos quieren ver como antecedente del feminismo militante y prototipo de las mujeres modernas y liberadas. Las reformas legales de Justiniano, en especial su compilación de las leyes romanas, constituyeron indudablemente un avance histórico, pero no fueron fruto de una decisión súbita o una inspiración genial del emperador, sino el resultado de un proceso que ya llevaba en marcha muchos años y que le precedía. Justiniano y Teodora llevaron a cabo grandes reformas, sí, pero es absurdo y antihistórico atribuirles ideas o modos de pensar progresistas.

Lo que es indudable es que Teodora marcó la época. Fiel al monofisismo hasta su muerte, fue la principal valedora de esta corriente ante el emperador, y a muchos de sus protegidos llegó a ocultarlos en sus propias estancias para librarlos de la persecución. Diversos historiadores la consideran culpable de fomentar la división del cristianismo oriental, mientras que otros sostienen que, bien al contrario, Teodora logró retrasar el cisma siquiera unos años.

La mujer más poderosa de su tiempo murió en el año 548, probablemente de un cáncer de pecho. Su desolado esposo jamás se recuperó y, pese a no tener herederos, no volvió a contraer matrimonio. La hizo sepultar con todos los honores en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Diecisiete años más tarde se reuniría allí con ella.

Hoy, ambos son venerados como santos por la Iglesia Ortodoxa, que celebra su festividad el 14 de noviembre. Cabe preguntarse qué pensaría de ello el viperino Procopio.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 21 de marzo de 2012.

Los archivos pulineros: El naufragio del White Ship

Hace tiempo que no rescato alguno de los articulejos con los que amenazaba amenizaba  a los pacientes lectores de los Suplementos de LD. Aquí va uno de ellos, publicado hace un añito. O tempora.

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Inglaterra, 1120. Enrique I reina desde hace 20 años. Es un monarca poderoso, cuyos dominios se extienden a ambos lados del Canal de la Mancha, que debe cruzar a menudo para ocuparse de sus territorios de Normandía. El paso del Canal, por breve que resulte, es siempre peligroso, especialmente en invierno, cuando fuertes vientos y oleajes provocan accidentes a menudo. Por ello, el rey nunca realiza la travesía pasado el mes de septiembre. Pero ese año tiene un motivo especial para demorar su viaje de regreso a Inglaterra: tras dos años de guerra, ha conseguido firmar la paz con el rey de Francia.

Desde que en 1066 Guillermo, duque de Normandía, conquistara Inglaterra, las disputas entre los monarcas ingleses y sus poderosos vecinos del continente fueron continuas. Los duques normandos, en principio vasallos del rey de Francia, vieron aumentado espectacularmente su poder con la conquista de Inglaterra. A partir de ese momento, estados vecinos como Flandes, Anjou o Maine veían a Guillermo y a sus sucesores como rivales por el dominio de las tierras galas. Guillermo trató de evitar problemas y suspicacias dividiendo sus posesiones entre sus hijos mayores: a Roberto le correspondió Normandía y a Guillermo II, Inglaterra. Pero con ello no logró sino agravar el problema: sus hijos trataron de arrebatarse mutuamente sus posesiones, los vecinos seguían mirándoles mal y los barones anglonormandos, con tierras a ambos lados del Canal, preferían tener un solo señor al que servir, no dos.

En aquellas circunstancias, hacía falta un hombre fuerte y a la vez hábil negociador para mantener a raya a parientes, vecinos y súbditos, y ni Roberto ni el disoluto y rapaz Guillermo II lo eran. Pero el tercer hijo de Guillermo el Conquistador sí reunía esas características: Enrique, astuto e intrigante, había apoyado ora a un hermano, ora al otro en sus disputas. Tanto había cambiado de bando, que éstos, desconfiados, hicieron testamento para legarse mutuamente sus posesiones en caso de fallecer sin herederos legítimos: todo con tal de que no heredara Enrique.

De nada les sirvió: cuando en 1100 Guillermo falleció sin hijos, en un accidente de caza en el mismo bosque en el que –¡oh, casualidad!– Enrique estaba cazando, éste vio llegada su oportunidad. Por muy atado y bien atado que creyeran sus hermanos tener el tema de la sucesión, el ascenso al trono en la Inglaterra normanda era más bien una cuestión de velocidad: había que ser el primero en llegar a Winchester a tomar posesión del tesoro real, el más rápido en deshacerse de los posibles rivales y opositores; y, naturalmente, había que encontrar antes que los demás un obispo afín que se aviniera a la coronación. Enrique completó las tres etapas en tiempo récord, antes de que Roberto pudiera protestar, ya que se hallaba en las Cruzadas. A su regreso, éste le declaró la guerra; mejor no lo hubiera hecho: Enrique le derrotó, lo mantuvo prisionero de por vida y le arrebató el ducado de Normandía.

Pero Enrique siguió teniendo problemas. Si bien en Inglaterra no hubo levantamientos durante el resto de su reinado, en el continente no cesaron las luchas. Un año especialmente difícil para él fue 1118: hubo de hacer frente a graves disputas con Anjou y guerrear contra Francia, lo que le mantuvo ocupado hasta el año siguiente, cuando derrotó al soberano francés y logró firmar un tratado de paz con el conde Foulques de Anjou. Según dicho tratado, la hija de Foulques se casaría con Guillermo Adelin (o Aetheling, término con el que los anglosajones designaban a los príncipes herederos), hijo de Enrique. El soberano normando tenía más de veinte hijos bastardos reconocidos, a los que colmaba de honores, pero sólo dos hijos legítimos: Guillermo, el heredero, y su hermana Matilde, casada con el emperador alemán Enrique V.

Enrique, tras vencer a Luis VI de Francia, logró que éste aceptara que su hijo Guillermo le prestase homenaje, lo que equivalía a reconocer al primero como señor de Normandía y a su hijo como legítimo heredero.

Todo había salido a la perfección en el continente. Tras las celebraciones que tuvieron lugar en Normandía, el soberano normando se hallaba listo para partir de regreso a Inglaterra el 20 de noviembre de 1120.

En el puerto de Barfleur le esperaba el snecca, el barco real con proa en forma de dragón típico de los normandos. Barfleur era el puerto más importante de Normandía, el mismo desde el que había partido en 1066 Guillermo el Conquistador rumbo a Inglaterra. Para colmo de casualidades, en el puerto se encuentra Thomas Fitzstephen, hijo del mismo capitán que había llevado al Conquistador a las Islas.

Fitzstephen pone a disposición del rey su nuevo barco: el White Ship (en francés, la Blanche-Nef), el Barco Blanco. Se trata de la nave más moderna y mejor preparada del momento, el orgullo de su capitán. Enrique prefiere seguir con sus planes de viaje originales y regresar en el snecca, pero para no desairar a Fitzstephen le propone que lleve a su hijo Guillermo y a su séquito.

Esa misma tarde parte el rey. Su hijo y sus compañeros, mientras, prefieren seguir con las celebraciones en el puerto. La comitiva estaba formada por la flor y nata de la nobleza anglonormanda: dos de los hijos bastardos del rey, Ricardo y Matilde, condesa de Perche; el conde de Chester y su hermano, tutor del príncipe; el sobrino favorito del rey, Esteban, hijo de su hermana Adela; un sobrino del emperador Enrique V… En total, unos 150 nobles, más sus sirvientes y la tripulación. Se calcula que se hallaban a bordo unas 300 personas.

El ambiente en el White Ship antes de zarpar es de fiesta, han consumido todo el vino que se encontraba en el puerto, con lo que el pasaje y la tripulación están completamente borrachos cuando la nave, por fin, se hace a la mar. Antes, sin embargo, uno de los pasajeros exige desembarcar: Esteban, el sobrino del rey y el único que permanecía sobrio a bordo. Según algunos narradores, no pudo soportar más el desenfreno que reinaba a bordo; otros, como Orderic Vitalis, brillante cronista de la época, explican que no probara el alcohol y desembarcara debido a una inoportuna diarrea. Y no faltan quienes sospecharan que tuvo algo que ver en la tragedia que siguió.

Ya es de noche cerrada cuando el White Ship zarpa. No hay luna, pero el mar está en calma. El príncipe y sus compañeros, animados por el vino, retan a los marineros a alcanzar al snecca y llegar antes que éste a Inglaterra. El barco es más rápido y moderno, y, siguiendo una ruta más corta, puede lograrlo, argumentan. Así, en vez de abandonar el puerto por el sur, la salida habitual, lo hacen por el norte. A menos de milla y media hay una roca semisumergida, llamada Quillebeuf. Nadie a bordo la ve y el barco choca contra ella. En cuestión de minutos el barco se hunde. Guillermo, dicen algunos cronistas, logró subir al único bote salvavidas, pero ordena regresar cuando oye los gritos desesperados de su hermana bastarda, la condesa de Perche. Los que aún se mantienen a flote se lanzan sobre el bote cuando lo ven regresar y, en su desesperación, lo hacen volcar: todos los que iban a bordo se ahogan en las heladas aguas del Canal.

Pasan las horas y de los pasajeros del White Ship sólo dos se mantienen con vida, aferrados a un remo: un noble llamado Geoffrey Fitzgilbert y un carnicero de Rouen llamado Berold, que había subido a bordo para cobrar lo que le adeudaban unos miembros del séquito del príncipe. Fitzgilbert no resiste mucho más y se suelta del remo. A la mañana siguiente tres pescadores rescatan al único superviviente de la tragedia, el carnicero Berold, cuyo chaleco de basta piel de oveja le ha ayudado a no morir congelado.

Orderic Vitalis cuenta que Thomas Fitzstephen, el capitán y armador, se habría salvado también, pero que, ante la perspectiva de comparecer ante el rey y tener que anunciarle la muerte de su hijo, prefirió ahogarse. La reacción de Enrique I cuando, días después, se atrevieron a darle la noticia de la tragedia fue no sólo la de un padre al perder a un hijo, sino la de un monarca que ve que sus planes de sucesión, fruto de costosas alianzas, guerras e intrigas, se vienen abajo. Fue tal su desesperación, que se desmayó y, según las crónicas, nunca volvió a sonreír.

El naufragio del White Ship no sólo tuvo consecuencias en la sucesión al trono: muchas familias nobles de Inglaterra y Normandía habían perdido a sus descendientes. El caos hereditario duraría décadas. Enrique trataría infructuosamente de engendrar un nuevo heredero legítimo contrayendo matrimonio apenas dos años después con una joven condesa de Lorena. Al fracasar en sus intentos intentará que los barones acepten a su hija Matilde, viuda del emperador alemán, como heredera. Aunque éstos la jurarán como tal en dos ocasiones, de nada servirá: Enrique muere en 1135 de una indigestión tras un atracón de lampreas, y el primero en llegar a Winchester y hacerse coronar no será Matilde, sino Esteban, el sobrino del rey que milagrosamente se salvó de morir ahogado en la aciaga noche del 20 de noviembre de 1120.

La guerra civil que asolaría Inglaterra durante veinte años estaba a punto de comenzar.

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Publicado originalmente en el Suplemento Historia de Libertad Digital el 22 de febrero de 2012.

Santa Cecilia

Hoy es Santa Cecilia, patrona de los músicos. Cecilia fue martirizada en el siglo II o III, y es una de las siete santas a las que se menciona por su nombre en la plegaria eucarística I (Canon romano). Para celebrar este día, he decidido dejaros este cuadro de Rafael que representa a la santa, en el centro, escuchando extasiada un coro angélico, rodeada por San Pablo, San Juan Evangelista, San Agustín y Santa María Magdalena. A sus pies, instrumentos musicales rotos, abandonados, como símbolo de la música terrena que palidece ante la gloria divina, y, por extensión, del abandono de lo material por lo espiritual. El cuadro, que se halla en la Pinacoteca Nacional de Bolonia, tuvimos ocasión de contemplarlo en Madrid en la reciente exposición de Rafael en el Museo del Prado.

Según la versión más aceptada, Cecilia fue una joven cristiana romana obligada a casarse con el pagano Valeriano. Durante el banquete de bodas, mientras sonaba la música profana, Cecilia, en su corazón, cantaba himnos a Dios, de ahí que se la hiciera patrona de músicos. Posteriormente Valeriano y su hermano Tiburcio fueron convertidos por Cecilia al cristianismo y martirizados como ella, probablemente durante una persecución del emperador Alejandro Severo (hacia el 230) .

Otra tradición la hace nativa de Sicilia y martirizada allí  durante la época de Marco Aurelio (en torno al 175-180). La historia de su martirio es, como todas las que han llegado hasta nosotros, confusa, y probablemente muy alterada con hechos prodigiosos y detalles píos a lo largo del tiempo. Sin embargo, la historicidad de Cecilia, Valeriano y Tiburcio está probada. Cecilia es una de las santas de cuya veneración tenemos datos más tempranos: hacia el siglo IV la iglesia de Roma ya celebraba su fiesta.

Si bien su patronazgo de los músicos tiene un origen un tanto discutible, y puede ser fruto incluso de una mala traducción de las Actas de Santa Cecilia (confusión entre los términos latinos para designar un instrumento musical y los que se refieren a un instrumento de tortura), el caso es que arraigó y son abundantes las representaciones artísticas que durante la época medieval la muestran acompañada de instrumentos musicales. En 1584 se fundó la Academia Romana de la Música, que la adoptó como patrona, y  en 1590 Gregorio XIII la canonizó y la nombró oficialmente patrona de los músicos. Son numerosas las asociaciones, festivales y agrupaciones musicales que llevan su nombre en todo el mundo.

En Roma está también la Basílica de Santa Cecilia in Trastevere. El último cardenal presbítero titular de esta iglesia ha sido el recientemente fallecido Mons. Carlo Maria Martini. En el interior de la basílica se halla la impresionante escultura de Maderno que representa a la santa y que podemos ver en la entrada de hoy  del siempre recomendable blog de Noa Todo. El Sr. Todo nos ha dejado en esa misma entrada una maravillosa Misa de Santa Cecilia de Haydn. Nada mejor que escucharla para acabar de festejar este día.

Bodas de platino

Como algunos sabréis, soy una gran fan de la reina Isabel II de Inglaterra. No soy especialmente monárquica, pero creo que si hay monarquía, ésta tiene que ser bien fastuosa y con pompa, boato y todo el joyerío, porque para medio pelo, ninguno, y no quiero mirar a  Letizia nadie…

Su Graciosa Majestad, que es muy seria y profesional y no especialmente graciosa, ha celebrado este 2012 sus 60 años en el trono de la Gran Bretaña con los fastos del Diamond Jubilee que tanto nos han entretenido a los fans de lo kitsch, lo tróspido y lo british.

Bien, pues como está claro que éste es su año, la buena de Isabel y su señor esposo, el príncipe Felipe, Duque de Edimburgo, celebran hoy sus Bodas de Platino. 65 años casados, quién iba a pensar que durarían tanto; el padre de ella, Jorge VI, no parecía muy feliz de que su adorada y mimada hija se casara con un príncipe griego exiliado, con muy buena facha, sí, pero sin un penique, sin formación para ser el consorte de la futura reina y con fama de juerguista. Pero Isabel se puso cabezota y ya sabemos el resto: hubo boda en Westminster con todo el boato, luego llegaron cuatro hijos, a cada cual más gañán y escandaloso, nueras y yernos de todo pelaje, nietos para qué contar, constantes rumores de infidelidad por parte del Duque de Edimburgo, (que menudas juergas se ha montado hasta llegar a una provecta edad) y, sobre todo, continuas meteduras de pata del bueno de Felipe, que si se calla, revienta. Curiosamente, a los ingleses , aunque le critiquen y digan que no tiene tacto, estas gañanadas les hacen gracia, porque, en realidad, dice lo que ellos están pensando pero no se atreven a soltar en voz alta. Son los famosos “Philip’s bloopers” o “Philip’s gaffes”.

En fin, que pese al extraño sentido del humor de él  y a su afición a las faldas, y aunque una no pensaría que la seria, tacaña y formalísima Isabel es su pareja ideal, el caso es que su matrimonio bate récords. De hecho, no ha habido ningún monarca inglés que llegue a celebrar las Bodas de Platino,  y los medios están sacando lo mejor de su galería de fotos para celebrar el evento, como en este reportaje del Daily Mail.

Yo dejo aquí mi homenaje a Su Majes, en forma de vídeo que nos muestra cómo ha cambiado esta mujer con la edad… y cómo sigue vistiendo de mal. Y que siga así muchos años. Congrats, Elizabeth! And God save the Queen!

En los campos de Flandes

Hoy, 11 de noviembre, se conmemora el armisticio de la Primera Guerra Mundial. En los países de la Commonwealth, Francia, Bélgica y otras naciones se honra en este día a los caídos en las dos guerras mundiales y conflictos posteriores. En Estados Unidos es el día del Veterano.

El armisticio entró en vigor “a las once horas del día once del mes once” de 1918, momento en el que cesaron las hostilidades. Existe la costumbre de guardar un minuto de silencio en ese momento y los creyentes suelen rezar una oración por los caídos.

En la Commonwealth es tradicional que en las semanas previas al Remembrance Sunday (hace tiempo que se trasladó la conmemoración  al domingo más próximo al 11 de noviembre) se lleve en la solapa una amapola de papel, tela u otro material; la mayoría de ellas es elaborada por la Royal British Legion, una organización caritativa que destina fondos y ayuda de todo tipo a los veteranos, los combatientes y sus familias. Los campos de Flandes, donde cayeron tantos soldados en la Primera Guerra Mundial, estaban cubiertos de amapolas. Y éstas quedaron consagradas como flor emblemática tras la publicación del poema In Flanders Fields, uno de los más populares de la 1ª Guerra Mundial,  compuesto por el médico canadiense John MacRae en 1915 tras perder a un amigo y compañero de armas en la segunda batalla de Ypres.

In Flanders Fields

In Flanders fields the poppies blow
Between the crosses, row on row,
That mark our place; and in the sky
The larks, still bravely singing, fly
Scarce heard amid the guns below.

We are the Dead. Short days ago
We lived, felt dawn, saw sunset glow,
Loved and were loved, and now we lie
In Flanders fields.

Take up our quarrel with the foe:
To you from failing hands we throw
The torch; be yours to hold it high.
If ye break faith with us who die
We shall not sleep, though poppies grow
In Flanders fields.

Mi traducción, muy pedestre, sería:

En los campos de Flandes

En los campos de Flandes las amapolas florecen
en hileras, entre las cruces
que señalan nuestros puestos; y en el cielo
vuelan y aún cantan, valientes, las alondras,
apenas escuchadas en medio de los cañones.

Somos los muertos. Hace tan sólo unos días vivíamos,
gozábamos del amanecer y del resplandor del sol poniente,
amábamos y éramos amados, y ahora yacemos
en los campos de Flandes.

Proseguid nuestra lucha contra el enemigo:
a vosotros pasan la antorcha nuestras manos inertes;
os corresponde portarla.
Si nos traicionáis, los que hemos muerto
no descansaremos, aunque las amapolas crezcan
en los campos de Flandes. 

Que Dios les dé el descanso y la paz eterna. No olvidemos nunca el sacrificio de los caídos y honremos su memoria. 

La Noche de los Cristales Rotos

El 9 de noviembre de 1989 caía, al fin, el Muro de Berlín. Una fecha inolvidable que debería haber sido la nueva fiesta nacional alemana. ¿Por qué, pues, se eligió como tal al 3 de octubre, Día de la Unidad Alemana? Ese día simplemente entraba en vigor el acuerdo de Unificación firmado por la República Federal Alemana y la Republica Democrática. Algo muy burocrático, quizá, frente al mayor simbolismo que hubiera tenido elegir el día de la caída del Muro.

Pero fue precisamente el simbolismo de ese 9 de noviembre el que, finalmente, hizo que no fuera preferido como fiesta nacional, pues en ese mismo día,  pero de 1938, se producía uno de los acontecimientos más repugnantes y vergonzosos de la historia reciente alemana: el pogromo que se conoce con el nombre de Noche de los Cristales Rotos.

Además, curiosamente, el 9 de noviembre también fue el día en el que se proclamó la República de Weimar (1918) y en el que fracasó el golpe de Estado de Hitler en 1923 (Putsch de la Cervecería). Un día demasiado cargado de simbolismos, tal vez, como para ser el día nacional de un país que iniciaba una nueva fase de su historia. 

Os dejo aquí el artículo sobre la Noche de los Cristales Rotos que se publicó en Libertad Digital hace un par de años. 

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El de 1938 fue un año decisivo para el régimen nazi: tuvieron lugar acontecimientos cruciales como la anexión de Austria (Anschluss), la ocupación de los Sudetes o el pogromo del 9 y 10 de noviembre, que ha pasado a la historia como La Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht).

Desde su llegada al poder, los nazis adoptaron una serie de medidas encaminadas a excluir a los judíos de la sociedad. Entre 1933 y 1939 se dictaron más de 400 normas –entre ellas, las llamadas “Leyes de Núremberg”– que desposeían de derechos a los judíos: fueron apartados de la Administración y la Universidad, se les privó de la nacionalidad alemana, los matrimonios mixtos fueron prohibidos… Junto a esto, se vieron obligados a traspasar sus propiedades a alemanes no judíos por un precio muy inferior al real (política de arianización de la propiedad).

El objetivo principal de todas esas disposiciones era forzar la emigración masiva de judíos. Entre 1933 y 1938 habían abandonado Alemania más de 250.000 judíos, pero los dirigentes nazis contemplaban la adopción de medidas aún más enérgicas, para acelerar el proceso. Sin embargo, no acababa de surgir la ocasión. Necesitaban una excusa, una provocación, y ésta llegó como consecuencia de otra disposición antisemita del Gobierno nazi: la expulsión de los judíos polacos residentes en Alemania.

El 28 de octubre de 1938 unos 18.000 judíos polacos fueron detenidos y conducidos en trenes hasta la frontera germano-polaca. Prácticamente no llevaban más que lo puesto. Tras un viaje de pesadilla, se encontraron con que Polonia no admitía más que a un pequeño número; el resto quedó abandonado a su suerte en la frontera. Finalmente, Varsovia cedió y organizó campamentos.

Entre las familias deportadas estaba la de los Grynszpan, residentes en Alemania desde hacía más de veinte años. El único miembro de la familia que se libró de la expulsión fue Herschel, el hijo mayor, que había emigrado a París en busca de trabajo. Cuando se enteró de la situación en que se encontraba su familia, el joven decidió vengarse. Poco podía imaginar las trágicas consecuencias que su venganza tendría para todos los judíos de Alemania.

Tras adquirir una pistola, el 7 de noviembre Herschel se dirigió a la embajada alemana en París con la idea de asesinar al embajador, Johannes von Welczeck, que ese día no estaba en la sede diplomática. Herschel insistió en que llevaba un importante mensaje, por lo que fue recibido por un joven secretario, Ernst vom Rath; casualmente, éste estaba siendo investigado por la Gestapo, pues se sospechaba que tanto él como su familia simpatizaban con elementos contrarios al régimen, particularmente con judíos.

Sin vacilar, Grynszpan disparó contra el diplomático, al que hirió gravemente.

Moribundo, Vom Rath fue trasladado a un hospital, en tanto que Grynszpan fue detenido sin que opusiera resistencia. En 1940 el régimen de Vichy lo entregó a Alemania. Nada se sabe con certeza de la suerte que corrió a partir de 1942; fue declarado oficialmente muerto en 1960.

La noticia del atentado llegó pronto a Alemania. Uno de los primeros en enterarse de lo sucedido fue, naturalmente, el todopoderoso ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, que de inmediato decidió aprovechar la ocasión.

Goebbels estaba pasando por horas bajas: en los últimos meses, Hitler había cuestionado la efectividad de algunas de sus campañas; además, había caído en desgracia por su relación adúltera con la actriz Lida Baarova. Se le presentaba una gran oportunidad para redimirse, y no la desaprovechó.

Inmediatamente, instruyó a la prensa para que dedicara la mayor atención a la noticia del “intento de asesinato judío en París”. No debía presentarse como la acción de un solo individuo, sino como un ataque de los judíos contra Alemania. Además, ordenó al jefe de propaganda de la región de Hesse que, esa misma noche del 8 de noviembre, lanzara un ataque contra los judíos locales. Tanto en Hesse como en zonas de Hannover y Magdeburgo-Anhalt, grupos de las SA, apoyados por las SS y la Gestapo, incendiaron, asaltaron y destruyeron sinagogas, viviendas y propiedades judías.

Al día siguiente la prensa presentó los ataques como reacciones espontáneas del pueblo alemán, iracundo por el asesinato de Vom Rath. Nada más lejos de la realidad: la violencia había sido organizada desde un principio por Goebbels a modo de ensayo general para un pogromo a gran escala en toda Alemania.

El 9 de noviembre era una fecha especialmente significativa en el calendario nazi: se conmemoraba el fallido golpe de estado de 1923, el Putsch de la Cervecería. Como todos los años, Hitler y los altos cargos del Partido se reunieron en Múnich y participaron de una cena de gala en el Ayuntamiento. En el transcurso de la misma, Hitler y Goebbels recibieron la noticia del fallecimiento de Vom Rath. Tras una breve conversación con su ministro de Propaganda, el Führer abandonó el local sin dirigir una palabra más al resto de los asistentes. Goebbels, en cambio, pronunció un encendido discurso, en el que acusó a la “comunidad judía internacional” del asesinato del funcionario alemán. Un acto así, proclamó, no podía quedar impune; era preciso ofrecer una respuesta adecuada.

Goebbels.El ministro de Propaganda informó a los jerarcas nazis presentes en la cena de que ya se habían producido actos violentos antisemitas en diversas zonas del país; aunque el Führer se oponía, según Goebbels, a que ese tipo de acciones fueran organizadas por el Partido, en el caso de que se produjeran espontáneamente “no debían ser obstaculizadas”.

El mensaje estaba claro: el Partido no aparecería públicamente como organizador, pero lo sería de hecho. Los jerarcas se apresuraron a telefonear a sus cuarteles para cursar las instrucciones pertinentes. La orden que Hitler había transmitido a Goebbels era llevar a cabo un ataque coordinado y masivo en todo el Reich contra los judíos alemanes, sus propiedades y lugares de culto. Además, se detendría e internaría en campos de concentración al mayor número posible de varones hebreos. En ningún caso se dañarían propiedades de ciudadanos alemanes (recordemos que, tras las Leyes de Núremberg, los judíos ya no lo eran) o extranjeros.

Horas más tarde, Hitler repitió la misma orden a Heinrich Himmler –ausente en la cena del Ayuntamiento muniqués–, que a su vez las transmitió a su subordinado Heinrich Müller, jefe de la Gestapo. Tanto Müller como Reinhard Heydrich, jefe del SD (Servicio de Seguridad), enviaron telegramas con instrucciones detalladas a las oficinas locales de sus departamentos: no entrometerse en los actos antisemitas que tuvieran lugar, incautar los documentos valiosos que pudiera haber en las sinagogas, preparar el internamiento de entre 20.000 y 30.000 varones judíos, evitar que resultaran dañadas propiedades de no judíos, no molestar a ciudadanos extranjeros (aunque fueran judíos), impedir los saqueos, etc. Sin embargo, cuando estos telegramas fueron enviados ya se había desencadenado el más terrible pogromo de los registrados hasta la fecha en el III Reich, ya era tarde para detener los saqueos. Miembros de las SA y activistas del Partido se habían lanzado con entusiasmo a la tarea que les había sido encomendada: incendiar y destruir las propiedades judías.

Fue una noche de espanto. Prácticamente ardieron todas las sinagogas de Alemania. Las pocas que se mantuvieron en pie debieron su suerte al hecho de que el quemarlas habría supuesto un riesgo excesivo para edificios cuyos propietarios eran no judíos. Sea como fuere, también esas pocas fueron vandalizadas: los asaltantes sacaron a la calle los rollos de la Torá, los candelabros, los muebles valiosos…, y destruyeron todo, en ocasiones, ante la mirada de los propios judíos, que asistían, impotentes, a la profanación de sus lugares de culto mientras eran atacados, insultados y humillados.

Los negocios propiedad de judíos fueron igualmente destrozados. Tampoco se libraron las viviendas. Ni, claro, los propios judíos. Esa noche no se respetó a vivos ni a muertos: varios cementerios fueron asaltados, y sus tumbas profanadas.

El balance fue espantoso: unas 2.000 sinagogas incendiadas, 7.500 establecimientos destruidos, incontables viviendas asaltadas. Los fragmentos de cristal de ventanas y escaparates que cubrían las calles al día siguiente son los que inspiraron el nombre de Kristallnacht, que rechazan muchos judíos y estudiosos, pues consideran que quita gravedad a los hechos.

Más difícil aún es determinar el número de víctimas. Las cifras oficiales arrojan 91 muertos, si bien otras fuentes hablan de varios centenares. Hay que añadir a por lo menos 300 personas que, llevadas por la desesperación, prefirieron suicidarse. Hubo cientos de heridos, y varias mujeres fueron violadas. Más de 30.000 hombres fueron internados en campos de concentración (Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald). Sólo serían liberados a cambio de que se comprometieran a emigrar junto a sus familias y a traspasar sus propiedades a ciudadanos alemanes.

Los daños económicos ascendieron a millones de marcos. Para colmo, los judíos fueron obligados a limpiar los destrozos y a costear las reparaciones, pues las indemnizaciones de las compañías de seguros fueron confiscadas por el Estado. Además, los judíos de Alemania serían a partir de entonces considerados responsables solidarios de cualquier daño causado por uno solo de ellos al pueblo alemán; así, fueron condenados al pago de una multa colectiva de 1.000 millones de Reichsmarks como “indemnización” por el asesinato de Vom Rath.

El 12 de noviembre, en una reunión de dirigentes nazis presidida por Göring, se hizo balance del pogromo y se adoptaron nuevas medidas que privaban a los judíos alemanes de los escasos derechos que aún conservaban: se les excluyó de todos los negocios, se les prohibió asistir a espectáculos públicos, se les retiraron todos los beneficios fiscales, se les obligó a colocar sus valores y joyas en depósitos bloqueados por el Estado; se clausuraron todas las instituciones de la comunidad judía, se prohibieron las publicaciones judías… Los hebreos habían sido expulsados de la vida social alemana. La única salida que les quedaba era la emigración, pero incluso para eso les pusieron trabas, tanto Alemania (administrativas y económicas) como los países de destino (cuotas de inmigración).

Dada la brutalidad de los acontecimientos del 9 y 10 de noviembre y las medidas represivas subsiguientes, resulta escandaloso el silencio de las instituciones alemanas (universidades e iglesias, fundamentalmente). En cuanto a la reacción en el exterior, si bien la prensa se mostró indignada en un primer momento, las críticas no duraron mucho tiempo ni provocaron cambios de importancia en las actitudes o políticas de potencia alguna. Por lo que se refiere a la población alemana, la mayoría siguió mostrándose indiferente ante el destino de los judíos; incluso ganaron enteros las actitudes hostiles a ellos.

Para Hitler, el pogromo masivo constituyó un auténtico éxito. La ausencia de oposición o críticas relevantes le indicaron que ya no necesitaba mostrar contención alguna en lo que se refería a la eliminación de los judíos; el camino a la Shoá estaba abierto, como bien dijo el canciller Helmut Schmidt con motivo del 40º aniversario del mismo:

La noche del 9 de noviembre de 1938 marcó una de las etapas en el camino al infierno.

El Putsch de la Cervecería

Hoy, 8 de noviembre, se cumplen 89 años del intento de golpe de Estado de Hitler, conocido como el Putsch de Múnich o el Putsch de la Cervecería. Os dejo el artículo que escribí para el suplemento Historia de Libertad Digital

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No fue 1923 el mejor año para la República de Weimar: continuas crisis de gobierno, inflación galopante, el problema de las reparaciones de guerra y la ocupación franco-belga del Ruhr para forzar el pago de éstas… Todos estos problemas, estrechamente relacionados, no contribuían precisamente a la estabilidad política y económica de Alemania

En Baviera no se presenta el año mejor que en el resto del país. Múnich, su capital, es un verdadero refugio para los enemigos de la República, que pueden contar allí con protección y financiación para sus actividades. No es extraño que los grupos extremistas sean allí especialmente activos, y los disturbios y levantamientos se sucedan. Desde 1918, los Gobiernos locales carecen de estabilidad, y a menudo se oponen al Ejecutivo nacional, como en septiembre de 1923, cuando el presidente bávaro Von Knilling decreta el estado de excepción en protesta por la decisión del canciller Stresemann de suspender la resistencia pasiva ante la ocupación del Ruhr.

“Para garantizar el orden”, Von Knilling nombrará un Generalstaatskommissar (comisario o delegado general estatal) con plenos poderes, no sometido al control del Parlamento: Gustav von Kahr. Kahr, Hans von Seisser (jefe de la Policía Estatal Bávara) y Otto von Lossow (comandante de la 7ª División del Ejército, acantonada en Baviera) conformarán un triunvirato que ostentará el poder de facto en el Freistaat. Los tres, fieles a los Wittelsbach, la dinastía reinante en Baviera hasta 1918, desprecian la República y no pretenden obedecer, en absoluto, las órdenes de Berlín. Incluso contemplan la posibilidad de derrocar al Gobierno federal.

No son los únicos; en Múnich abundan los conspiradores contra la República. Dos de ellos destacan poderosamente, por diversas razones: Erich Ludendorff y Adolf Hitler. Ludendorff fue jefe del Estado Mayor del Ejército del Reich junto a Hindenburg durante la I Guerra Mundial; incapaz de frenar el avance de las fuerzas de la Entente, renunció en septiembre de 1918, no sin antes recomendar la firma de un tratado de paz, y se exilió en Suecia. Desde allí comenzó a propagar la idea de que el Ejército podría haber ganado la guerra de no haber sido traicionado por los políticos de izquierdas que firmaron la infame paz con el enemigo (la famosa leyenda de “la puñalada en la espalda”). De regreso a Alemania, Ludendorff se instala en las afueras de Múnich, desde donde se dedica a conspirar –como en el intento de golpe de estado de Kapp (1920)– y difundir sus ideas antidemocráticas, mientras es considerado un héroe por los bávaros.

Hitler, por el contrario, carece de un pasado glorioso: durante la guerra, el austriaco no pasó de cabo, y antes de ella no era más que un artista fracasado, un bohemio sin oficio ni beneficio. Pero desde 1919 empieza a ganar popularidad. Afiliado al DAP (Deutsche Arbeiter Partei), germen del NSDAP (Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiter Partei), pronto se revela un orador muy efectivo, capaz de mover a las masas con un discurso populista, agresivo y lleno de lugares comunes: los culpables de la postración de Alemania eran los marxistas, los judíos y el capital; el Tratado de Versalles debía ser abolido; era preciso crear una Gran Alemania que reuniera a toda la raza germana; había que dar trabajo a todos los alemanes…En ese clima de inestabilidad y crisis no le faltan oyentes, al menos en Baviera. Entre tanto, el número de simpatizantes y afiliados al partido nazi no para de crecer: en noviembre del 23, estos últimos son ya 55.000, a la espera de una orden de su líder para asaltar el poder.

Se veía venir: Hitler y Ludendorff acabaron reuniéndose para conspirar contra el Gobierno de Berlín. En 1923 celebran varias entrevistas, pero no acaban de ponerse de acuerdo. Hitler también matendrá encuentros con Kahr, Seisser y Lossow, pero la desconfianza impide el entendimiento.

Hitler no carece de medios humanos, materiales y económicos para intentar el golpe: las SA disponen de 15.000 hombres armados, e industriales y hombres de negocios como Fritz Thyssen no parecen tener grandes problemas en financiar un partido que clama por la nacionalización de las grandes empresas y se proclama anticapitalista. Tras la Marcha sobre Roma de Mussolini del año anterior, la idea de marchar sobre Berlín atrae profundamente al líder nazi, que ya tenía planeado el putsch en septiembre. Sin embargo, Kahr vacila. No se fía del austriaco y, además, quiere asegurarse el apoyo de otros länder, aparte del bávaro, para su revolución.

Pero el futuro Führer tiene prisa. Cree llegado el momento cuando, el 18 de octubre, el gobierno federal prohíbe el periódico nazi Völkischer Beobachter y el general Von Lossow se niega a cumplir la orden de hacer efectivo el cierre. Relevado de su puesto, el insumiso pone su división a las órdenes del estado de Baviera. Hitler considera estos efectivos decisivos para sus planes. Es hora de actuar, aunque el indeciso Kahr (al que Hitler considera, despectivamente, un burócrata) no esté de acuerdo. Varios planes de golpe se frustran en pocas semanas. Hitler teme que los miembros de su partido se impacienten.

El 7 de noviembre Hitler se reúne con Ludendorff, Lossow, Seisser y otros conspiradores. Planean dar el golpe al día siguiente en la Bürgerbräukeller, una de las cervecerías más populares de la ciudad, aprovechando que Kahr pronunciará allí un discurso. El plan del líder nazi es que las SA y otros grupos paramilitares menores irrumpan en el local y él proclame, ante Kahr y el resto del Gobierno bávaro, el inicio de la revolución. A partir de ahí, ocuparán la ciudad y el Freistaat, y marcharán sobre Berlín.

El plan, desde un principio, asombra a los conspiradores. Hitler no se interesa sino por la cantidad de hombres que deberá movilizar para ocupar la cervecería, qué armas han de llevar, en qué momento actuarán. La ocupación de la ciudad y el asalto a Berlín no le preocupan; parece creer que, tras la toma de la Bürgerbräukeller, todo vendrá rodado. Sus cómplices, o bien confían en que, aunque no se los revele, tiene los detalles bien pensados, o le temen demasiado como para contradecirle.

La Bürgerbräukeller.El 8 de noviembre, a las ocho y media de la tarde, Hitler y unos 600 hombres armados de las SA irrumpen en la Bürgerbräukeller, donde poco antes Kahr ha iniciado su discurso. Ante la alarmada audiencia, el austriaco se sube a una mesa y dispara su pistola al aire. “¡Ha comenzado la revolución nacional!”, proclama. Amenaza a los asistentes, declara depuesto al Gobierno bávaro y se erige jefe de un Gobierno provisional “hasta que se ajusten las cuentas con los criminales que están conduciendo Alemania a la ruina”. Hay algunas protestas en la sala, así que insta a Kahr y a los otros dos miembros del triunvirato a que le acompañen a una habitación contigua.

Ludendorff, tras conocer que Hitler se ha proclamado jefe del Gobierno provisional –cargo que esperaba asumir él–, se dirige a la cervecería. Allí se viven momentos de tensión. El austriaco amenaza a sus tres interlocutores; como teme que le traicionen, tiene cuatro balas en la pistola: una para cada uno de ellos, y la cuarta para él mismo. Tratan de razonar con él, de calmarle. No renuncian a su objetivo común, pero tal vez no sea el momento adecuado, ni el mejor medio. No obstante, la llegada de Ludendorff parece convencer, primero a Seisser y Lossow, luego a Kahr, de que el golpe es posible. Este último acepta, luego de solicitar que los Wittelsbach sean restaurados en el trono bávaro; Hitler, que no tiene, por supuesto, la menor intención de cumplir ese requisito, asiente.

Los miembros del Gobierno bávaro que se hallan en la sala principal son retenidos como rehenes. Ernst Röhm, comandante de las SA, y algunos de sus hombres toman el cuartel general del Ejército en el Ministerio de Defensa muniqués y se atrincheran allí. Otros miembros de las tropas de asalto nazis arrasan periódicos, viviendas de judíos, diversos locales… La policía y el ejército, sin órdenes de las autoridades, no se lo impiden, pero varios oficiales toman posiciones y se mantienen a la expectativa. En un cuartel de la ciudad, los militares se niegan a colaborar con un grupo de golpistas que acuden en busca de armas y los hacen prisioneros. Hitler, enterado, acude –sin éxito– a liberarlos. Ha cometido un error crucial. Ludendorff, harto de estar en la Bürgerbräukeller, y deseoso de reunirse con Röhm en el cuartel general del Ejército, deja marchar a Kahr, a Seisser y a Lossow “a ocupar sus puestos”. Cuando Hitler regresa, ya es tarde.

Los miembros del triunvirato se han dado cuenta de que el golpe, improvisado y chapucero, no tiene posibilidades de triunfar, y deciden organizar la resistencia antigolpista. De madrugada, Kahr anuncia que sus declaraciones de apoyo al golpe fueron obtenidas mediante coacción. Hitler y Ludendorff son conscientes de que les han traicionado, pero no abandonan. Regresan a la Bürgerbräukeller y esperan acontecimientos.

A la mañana siguiente, en Múnich muchos ignoran los acontecimientos de la noche anterior. Algunos periódicos anuncian el triunfo del golpe; miembros del partido nazi, como Julius Streicher, pronuncian discursos en las calles para informar a la población de la revolución y tratar de sumar apoyos para la misma. El alcalde, socialista, es tomado como rehén. A las doce, la comitiva golpista abandona la cervecería. Ludendorff está decidido a marchar sobre la ciudad, no se sabe bien con qué objeto. Tal vez cree que la población se les unirá. Hitler, vacilante, le sigue. Llegan a la Marienplatz, la plaza en la que se encuentra el Ayuntamiento, rodeados por miles de curiosos. Pero no se detienen. Al parecer, Ludendorff quiere reunirse con Röhm en el Ministerio de Defensa, sin saber que éste ya está sitiado por policías y soldados. Para llegar hasta allí deben atravesar la Odeonsplatz, donde se alza el monumento a los héroes militares de Baviera, la Feldherrnhalle. En la plaza se concentra la policía del estado. Tiene órdenes del gobierno de que los golpistas no pasen de allí.

A las 12:45 la marcha llega a la Feldherrnhalle; se ha reunido una multitud, entre golpistas y espectadores. De pronto suena una detonación. Ni siquiera hoy está claro de quién fue este primer disparo, al que sigue un breve e intenso tiroteo. Algunos cabecillas nazis, como Göring, resultan heridos. Hay una desbandada general. Hitler huye a toda prisa, en una ambulancia –años después alegará que lo hizo para salvar a un niño herido–. Cuatro policías, un espectador y catorce golpistas mueren en el tiroteo. Estos últimos, junto a dos milicianos muertos ante el Ministerio de Defensa, serán llamados por los nazis Blutzeugen (literalmente, “testigos de sangre”), los Mártires de la Feldherrnhalle, y recibirán toda clase de honores una vez el partido alcance el poder en 1933: monumentos funerarios custodiados por una guardia permanente, honras en el desfile anual en recuerdo del putsch, medallas conmemorativas…

Tras la huida, Hitler se refugia en el campo, en casa de un amigo. Piensa en suicidarse, en huir a Austria, pero es detenido días después, al igual que Ludendorff y otros cabecillas. El NSDAP y sus organizaciones dependientes, como las SA, son prohibidos en toda Alemania.

En la primavera de 1924, Hitler comparece ante el tribunal, acusado de alta traición. Se enfrenta a una posible pena de muerte o, en todo caso, a una larga condena y a la deportación, dada su condición de extranjero. Sin embargo, el juicio es una farsa. El partido nazi cuenta, como ya se ha dicho, con numerosos simpatizantes en Baviera. El juez, ultraconservador y ferviente nacionalista, no es una excepción, y permite que Hitler y los demás acusados hablen libremente durante el proceso. El futuro Führer pronuncia uno de sus interminables y exaltados discursos; pasa de acusado a acusador, señalando a la República como la verdadera causante de todos los males, y se presenta a sí mismo como a un patriota que ha venido a salvar al país.

La condena es ridícula: cinco años en la prisión de baja seguridad de Landshut, donde comenzará a escribir Mein Kampf. Ni siquiera cumplirá la condena completa; saldrá a los nueve meses por “buena conducta”. Para mayor vergüenza, el tribunal dictamina que un hombre que ha demostrado “tanto patriotismo” como Hitler no merece ser deportado tras cumplir la sentencia, como marca la ley. Otros golpistas, como Ludendorff, son declarados inocentes. El NSDAP volverá a ser legalizado en 1925.

Hitler aprendió del fracaso del putsch que ése no era el camino para hacerse con el poder: la inestable República de Weimar se podía derribar desde dentro. Cuando ante el terror y el desafío a la democracia se muestra tanta debilidad, se paga muy caro. Alemania y el mundo no tardarían en comprobarlo.