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Los archivos pulineros: Morir por la libertad en la Alemania nazi

Hoy, nombres como los de Claus von Stauffenberg, los hermanos Scholl y la Rosa Blanca, Oskar Schindler, Dietrich Bonhoeffer y Martin Niemoller nos resultan familiares. Más desconocidos, especialmente fuera de Alemania, son los de Georg Elser, James y Freya von Moltke, el Círculo de Krasau o la Capilla Roja. Todos ellos tienen en común el haber luchado contra el nazismo. Pero ¿qué hay de los millones de alemanes que vivieron bajo el Tercer Reich?

El pueblo alemán en nombre del que decía actuar el régimen nazi, ¿realmente apoyaba y compartía los principios de ese Führer que prometía conducirlo a la gloria, al Reich de los Mil Años? Dejando de lado los héroes cuyos nombres aparecen en libros de Historia, ¿hubo gente corriente que luchara contra el nazismo de forma clandestina?

El libro que hoy nos ocupa, Solo en Berlín, de Hans Fallada, puede ayudarnos, y mucho, a responder a la pregunta de si existió realmente una resistencia popular a Hitler. En efecto, la hubo; hubo ciudadanos con nombres y apellidos que no han quedado para la posteridad que también se rebelaron contra el tirano. Ciudadanos como el matrimonio Hampel, cuya historia llegó, de manera indirecta, a manos de nuestro autor.

Rudolf Ditzen, más conocido como Hans Fallada, fue un escritor muy popular en Alemania durante los años 30 y 40 del siglo pasado. Su novela Pequeño hombre, ¿y ahora qué?, un brillante retrato de las tribulaciones de un modesto empleado durante la república de Weimar, le otorgó fama y prestigio. La llegada al poder de los nazis cambió abruptamente su vida. Encarcelado por una denuncia de su casera, que le sorprende una conversación sospechosa, al salir de prisión se retira al campo y se dedica a escribir novelas que no le den problemas por el contenido. Su obra anterior al año 33 era considerada subversiva por el Régimen, pero no tanto como para que le prohibieran seguir escribiendo.

Su suerte parece cambiar cuando una de sus novelas, Wolf unter Wölfen (“Lobo entre lobos”), atrae la atención del mismísimo Goebbels, que la encuentra espléndida. Fallada sucumbe a las presiones: escribe una obra en la que los nazis aparecen como salvadores de la patria, y varios prólogos ambiguos a algunos de sus libros muestran que trataba de aplacar a los nuevos amos. Durante la guerra evita los temas polémicos: escribe novelas de entretenimiento y obras infantiles. Pero sus nervios endebles, su adicción al alcohol y las drogas –pasará buena parte de su vida entrando y saliendo de sanatorios y clínicas de rehabilitación–, su personalidad turbulenta y las dificultades económicas le causan grandes problemas. Una violenta pelea, que acaba con su primer matrimonio tras años de tensiones, le lleva incluso a ser recluido en una de las terribles instituciones psiquiátricas nazis.

Hans Fallada.Acabada la guerra, el ejército soviético ocupante le nombra alcalde del pueblecito donde se halla refugiado, cargo que no le interesa y para el que no se ve preparado, y que abandona pronto para regresar a Berlín. Su segundo matrimonio, con una viuda treinta años más joven que él y también adicta a las drogas, no hace sino empeorar su ya precaria situación. Colabora con el diario Tägliche Rundschau para sostener su economía, cada vez más deteriorada, y trata de seguir escribiendo novelas.

Su última estancia en el psiquiátrico y el ambiente de posguerra le torturan. Profundamente desilusionado, cree que el nazismo se halla tan enquistado en la sociedad alemana que será prácticamente imposible erradicarlo por completo.

Y entonces llega a sus manos, a través de un amigo, el expediente del caso Hampel.

Le impresiona enormemente. Pronto escribe un artículo sobre esta humilde pareja de trabajadores, ejecutados en 1943 por traición, y planea escribir una novela sobre su peripecia, una novela que muestre que existió una resistencia popular a Hitler que no fue del todo en vano. Sus frecuentes ingresos en clínicas, provocados por su adicción a la morfina y sus crisis nerviosas, hacen que postergue el proyecto una y otra vez. Sin embargo, las dificultades económicas hacen que por fin lo retome y escriba, en sólo 24 días, la que sin duda es su mejor novela: Solo en Berlín. Que no verá publicada: el 5 de febrero de 1947, sólo unas semanas antes de su aparición, muere.

De ahí en adelante, su obra siguió siendo recordada en Alemania, no así en el extranjero; hasta que, hace un par de años, varias editoriales (como la francesa Denoël o la estadounidense Melville House) redescubren Solo en Berlín y deciden reeditarla, recuperando la versión original sin las correcciones de la editorial Aufbau, que había suprimido partes que, a su juicio, podían resultar polémicas en la Alemania de posguerra, como las referidas a la pertenencia de los protagonistas a diversas organizaciones nazis o ciertas escenas especialmente duras y descarnadas.

El éxito es inmediato. ¿Qué tiene esta novela para haber entusiasmado a lectores de todo el mundo?

En primer lugar, un poderoso argumento. Basándose en el caso Hampel, Fallada nos presenta al matrimonio Quangel, una pareja berlinesa humilde, ya madura, cuyo único hijo está en el frente. No son entusiastas del Régimen, pero, “como todo el mundo”, están afiliados a diversas organizaciones nazis, aunque sólo sea para no destacar: no se meten en política ni quieren saber nada de lo que ocurre más allá de la puerta de su casa; sólo desean que acabe la guerra, que Alemania venza, que su hijo regrese.

Pero llega la tragedia, la muerte de ese hijo durante la invasión de Francia. Eso hace que, a su pesar, abran los ojos. Y lo que ven les lleva a no poder ni querer cerrarlos. La injusticia, el miedo, el dolor, son tan grandes que Otto Quangel –un hombre gris, avaro y misántropo, cuyas máximas aspiraciones en la vida han sido siempre la tranquilidad y el anonimato– decide hacer algo heroico, algo que acabe con ese régimen asesino. Y lo que se le ocurre es escribir postales con mensajes subversivos que deja en escaleras de edificios de oficinas, esperando que circulen y sean leídas por el mayor número posible de personas. Que su mensaje contra los criminales nazis haga que otros abran los ojos y se unan para derrocar a ese régimen de terror. Su esposa, Anna, indecisa al principio, se une a él en ese combate desigual, esa lucha de “un ratón contra un elefante”, como la denomina Fallada. Un combate que no pueden ganar, como saben en su fuero interno, pero que creen que deben pelear igualmente.

Junto al matrimonio protagonista, el autor nos presenta una memorable galería de personajes secundarios: jóvenes idealistas que, tratando de combatir al nazismo, coquetean con el comunismo en células clandestinas; granujas de medio pelo que tratan de subsistir a costa de otros aún más desafortunados que ellos; canallas despreciables a los que el régimen nazi ha hecho prosperar y que les permite perpetrar atrocidades que quedan impunes; mujeres desencantadas de todo que desean huir de una ciudad hostil y un matrimonio fracasado… Y, naturalmente, los omnipresentes miembros de la Gestapo, las SS, el Partido: funcionarios que se dedican a la caza de personas con la misma indiferencia y frialdad con la que venderían sellos; asesinos a los que el uniforme que llevan autoriza a cometer sus crímenes; inadaptados a los que un régimen de inadaptados ha otorgado un poder casi absoluto.

Y, como telón de fondo, Berlín. La hostil capital del Reich, una ciudad que muy poco atrás era foco de cultura, refugio de intelectuales, cuna de vanguardias. Sus antiguos barrios elegantes han perdido su esplendor, los distritos pobres son más miserables que antes. Aunque el Régimen se esfuerce por que la población no note el desabastecimiento y la escasez, fracasa en su empeño. Conforme avance la guerra le será cada vez más difícil evitar los pillajes, los saqueos, el hambre. La miseria y el dolor reinan en las calles. Ya nadie piensa en los cabarets, los teatros, la ópera, sino en la prisión de Plötzensee, en el Tribunal del Pueblo, en la terrible sede de la Gestapo de la calle Prinz-Albrecht. Es la capital del terror.

Éste es otro de los aciertos de la novela: la forma en que Fallada, con su estilo conciso, directo, implacable, describe el miedo que se ha adueñado de Berlín y de Alemania entera. “Los pensamientos son libres”, dice una popular canción alemana. Pero ya no es así, los nazis se ocupan de que ni siquiera los pensamientos puedan escapar de sus redes de control y censura. Se fomenta y premia la sospecha, la delación y la traición. Nadie puede confiar en nadie: ni en amigos, ni en amantes, ni en padres ni en hijos. Ni siquiera en uno mismo. Debes expurgar cualquier pensamiento en contra del Führer antes de que los agentes de ese nuevo dios omnipresente descubran en ti cualquier vacilación, cualquier duda que te convierta en un enemigo, un traidor a la patria. Nunca te puedes sentir seguro, ni siquiera estando solo. Los chivatos, los soplones están por todas partes. Todo el mundo tiene secretos, todo el mundo miente hasta en lo más trivial, porque nunca se sabe quién puede estar escuchando. Inseguridad. Miedo. Soledad.

Sí, soledad, como indica el título de la obra. El panorama que se nos describe es el de una sociedad descompuesta, en la que ya nadie puede o quiere vivir para otros, solo para sí. Antes la gente se sentía segura en su hogar, con los suyos, entre amigos y conocidos. Pero los nazis han acabado con todo eso; no han venido a traer paz y seguridad, sino todo lo contrario. Lo que desean es tener una población controlada y sometida, y no hay mejor arma para ello que el miedo. Que nadie se crea con la conciencia tranquila. Que desaparezca la confianza y los vínculos entre las personas se deshagan: sólo deben lealtad al Partido; sólo deben amar a su Führer.

Un Führer que no deja de proclamar que tanto él como las instituciones del Reich están al servicio del pueblo y actúan sólo en nombre del pueblo. En el encabezado de la condena a muerte del matrimonio Hempel-Quangel, como en el de todas las demás, pone, en efecto, “En nombre del pueblo alemán”. Pero, justo al lado, un sello avisa: “Alto secreto”. He aquí otro de los principios del Régimen: el pueblo debe ignorar a toda costa las atrocidades que se cometen en su nombre. Los alemanes no tienen derecho a saber ni a pensar más que lo que su amo quiere que sepan y piensen. Porque, como ocurre en todas las tiranías, la población sólo es un herramienta al servicio del tirano, que la utiliza para alcanzar sus fines y la desprecia y se deshace de ella cuando deja de serle útil. Ése es el amor del Führer por su pueblo.

Los Quangel descubren que vale más luchar contra ese asesino y sus lacayos que seguir formando parte de la máquina de terror y muerte en que se ha convertido su país, una Alemania en la que ya no hay individuos, sólo piezas que se desechan y reemplazan por otras cuando ya no sirven. Una nación donde a un lado está el Partido, cuyos miembros poseen todos los derechos y privilegios, y al otro está el pueblo, convertido en masa. Unos prefieren, por miedo, convicciones o falta de ellas, seguir formando parte de esa masa despersonalizada. Otros, como nuestros protagonistas, a partir de un momento dado, no. Aunque sepan que no tienen apenas posibilidades de éxito, creen que vale la pena luchar, por alto que sea el precio. Y en verdad es alto, como descubrirá el lector. Hans Fallada no omite los terribles, escalofriantes detalles de la detención, tortura y proceso a que se ven sometidos los Quangel. En la versión políticamente correcta del año 47, muchos de ellos se suprimieron, pero, con buen criterio, los responsables de esta edición los han recuperado. El propio Fallada, consciente del efecto que estas páginas iban a provocar, advertía en una nota:

Algunos lectores opinarán que en este libro aparecen demasiado la tortura y la muerte. El autor quiere subrayar que esta obra trata casi exclusivamente de las personas que lucharon contra el régimen de Hitler, de ellas y de sus perseguidores. En el periodo 1940-1942, antes y después, se produjeron numerosas muertes en esos círculos. Casi la tercera parte de este libro transcurre en prisiones y manicomios, lugares en los que la muerte era muy habitual. A menudo al autor le hubiera gustado pergeñar un relato menos sombrío, pero una mayor claridad hubiera entrañado mentir.

Así es. Esas víctimas merecen que, siquiera sea en una novela, se diga la verdad sobre su sufrimiento. Que se sepa no sólo que murieron, sino cómo murieron, y en qué circunstancias. Porque lo peor, con ser terrible, no era la muerte, sino el deseo de los nazis de acabar con sus víctimas de la manera más dolorosa y humillante, de despojarles de su dignidad, su identidad y hasta su condición de seres humanos. Querían convertirlas en “una nulidad asustada y vociferante”. En bestias.

Tras todo ese sufrimiento, ¿valió la pena la lucha de los Hempel-Quangel y de todos los que, como ellos, resistieron la tiranía y la vesania de Hitler? ¿Qué lograron, si es que lograron algo? Fueron personas que lucharon por su libertad, y murieron por ella como individuos, no como piezas de una maquinaria. Mantuvieron su dignidad hasta el fin. Mostraron que no todos en Alemania estaban a favor del tirano. Probaron que es posible mantener la dignidad, el valor y los principios hasta cuando no hay esperanza. Fueron, en suma, como los justos de las Escrituras.

Sí, claro que hicieron mucho. Por ellos, por su pueblo y por todos nosotros. No merecen que se les olvide.

Solo en Berlín es un relato durísimo. Tanto, que ni siquiera Fallada puede resistirse a introducir un último rayo de esperanza, y concluye el libro no con la muerte, sino con un breve capítulo lleno de vida y optimismo y ambientado en el campo, tal vez el único lugar en el que fue verdaderamente feliz. Justifica este episodio con estas palabras:

No queremos concluir este libro con la muerte, está consagrado a la vida, a la vida indomable, que triunfa siempre de nuevo sobre el oprobio y las lágrimas, la miseria y la muerte.

Así, con esperanza en medio de las ruinas de una guerra, termina Sólo en Berlín, lleno de angustia, miedo y dolor, pero también de valor, dignidad y libertad. Hay que leerlo, claro. Y recordarlo.

HANS FALLADA: SOLO EN BERLÍN. Maeva (Madrid), 2011, 575 páginas. Traducción de Rosa Pilar Blanco.

Publicado originalmente en el suplemento Libros de Libertad Digital el 31 de marzo de 2011.

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Los archivos pulineros: La voz de la nación

Hace unos días, en el cine, poco antes de que comenzara la proyección de la excelente películaEl discurso del Rey, escuché una conversación entre dos respetables señoras que estaban sentadas detrás de mí. Una preguntaba quién era el rey del título, a lo que la otra respondió que creía que Enrique IV, hijo de “no sé quién”. Iluminada, la primera dama repuso: “Ah, sí, el de ‘Mi reino por un caballo'”. “Pero eso fue más tarde, en la guerra”, puntualizó su docta interlocutora.

Jorge VI es uno de los soberanos británicos menos conocidos en España. Tampoco es que sus antecesores sean escandalosamente populares, pero, gracias sobre todo al cine y la televisión, Enrique VIII, la reina Victoria, Isabel I o Ricardo Corazón de León nos resultan algo más familiares, por muy distorsionados que sean a veces los retratos que de ellos se hacen. Jorge VI, padre de la actual soberana, Isabel II, es prácticamente un desconocido entre nosotros, apenas un personaje secundario en filmes sobre la Segunda Guerra Mundial o sobre su infinitamente más famoso hermano, el duque de Windsor. Pues bien, igual la cinta de Tom Hooper contribuye a que cambien algo las cosas. Voy a tratar de aportar mi granito de arena.

Alberto Federico Arturo Jorge, segundo de los cinco hijos de Jorge V y María, nació el 14 de diciembre de 1895 en York Cottage, en la finca real de Sandringham. Se le bautizó con el nombre de Alberto en honor a su bisabuelo, Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, esposo de la reina Victoria, la cual al parecer no acogió con especial alegría el nacimiento de nuestro hombre: y es que el pobre tuvo la mala fortuna –la primera de muchas– de nacer el día del aniversario del fallecimiento del idolatrado Príncipe Consorte. Para complacerla, el padre de la criatura propuso que llevara el nombre del difunto; no es que la anciana soberana no cupiera en sí de alegría, pero el detalle sirvió para animarla un poco y que le tuviera menos tirria al chico.

Alberto (Bertie para la familia) fue siempre el patito feo. Pronto manifestó problemas físicos y de salud: estaba desnutrido, tenía las piernas zambas, tics nerviosos y problemas digestivos. Además, padecía una extrema timidez y un tartamudeo que le acompañó, en mayor o menor grado, el resto de su vida. A ver quién se sorprende: a Bertie, vivir a la sombra de dos personalidades tan fuertes y distintas de la suya no hacía sino volverle más y más inseguro, torpe y enfermizo. Su hermano Eduardo (o David, como le llamaban los íntimos) tenía todo de lo que a él, al parecer, le faltaba: encanto, atractivo, confianza en sí mismo, habilidad en los deportes, popularidad… Pese a que, sin duda, quería a su hermano, a veces se burlaba de él de forma cruel. En realidad, era lo que hoy llamaríamos un pijazo con bastante mala sombra. Su padre, que seguía el simpático criterio pedagógico de inspirar en sus hijos el mismo temor reverencial que le inspirara en tiempos el suyo (Eduardo VII), ayudaba poco, con sus maneras bruscas y su poca paciencia, a que ganara confianza. Además, sus vástagos tenían que seguir sus pasos fielmente: así que todos cazaban, todos coleccionaban sellos y todos debían hacer carrera en la Marina.

En 1909, con trece años, Alberto ingresó como cadete en la Escuela Naval de Osborne, donde su hermano llevaba ya dos años. Al año siguiente su padre subió al trono y se convirtió en Jorge V, con lo que él pasó a ser el segundo en la línea de sucesión, tras Eduardo. Osborne, un antiguo palacio que la reina Victoria había hecho construir en la isla de Wight como residencia estival, no entusiasmó al pobre Bertie: era un estudiante mediocre, y en los exámenes acabó el último de su promoción. En la Escuela Naval de Dartmouth tampoco destacó. Finalmente, ingresó en la Armada… y no le fue mejor: padecía frecuentes gastritis… ¡y se mareaba al navegar! Ahora bien, cuando le tocó ponerse a prueba, nada menos que en la Batalla de Jutlandia, la mayor batalla naval de la Primera Guerra Mundial, no hizo mal papel. Poco después, y dado que se agravaron sus problemas de salud, fue transferido a la Fuerza Aérea, donde sirvió en puestos de despacho, lejos del frente.

En 1917 tuvo lugar un acontecimiento clave para toda la familia y para el mismo Imperio Británico: el rey Jorge decidió cambiar el nombre de la dinastía: Sajonia-Coburgo-Gotha, tan germánico y poco adecuado en plena guerra, por el eminentemente británico de Windsor. Además, aquél renunció, para sí y para toda la Casa (“la Empresa”, la llamaba él), a todos los títulos, rangos, distinciones y honores alemanes. Estos cambios agradaron a la población, que aborrecía todo lo que le recordara en lo más mínimo a los odiados hunos. Como muestra de lo alterados que andaban los ánimos por Gran Bretaña, señalaremos que numerosos dueños de perros salchicha fueron agredidos, ante la sospecha de que simpatizaban con el enemigo.

El papel de la Familia Real durante la contienda fue, en general, ejemplar. La conducta de sus padres sirvió de guía a Bertie, ya convertido en Jorge VI, durante la Segunda Guerra Mundial.

Pero volvamos a la Primera. Una vez finalizada, nuestro hombre ingresó en el Trinity College de Cambridge, donde se dedicó, fundamentalmente, a hacer el gamberrete y pasarlo bien. En 1920 su padre le otorgó el título de Duque de York.

En 1923 tomó la que posiblemente fue la mejor decisión de su vida: casarse con lady Isabel Bowes-Lyon, hija de un conde escocés. Isabel fue para él representante, secretaria, relaciones públicas, consejera, amiga, compañera fiel… Le ayudó a superar muchos de sus problemas, como el del tartamudeo y el miedo a hablar en público; a tal fin, le animó a visitar a diversos especialistas: fue Lionel Logue, un excéntrico terapeuta australiano, quien dio por fin con el enfoque, el tratamiento correcto. Pese a las inevitables licencias dramáticas, la relación entre Logue y Jorge VI está muy bien tratada en la película de Hooper; excelente película, por si no lo he dicho antes.

Alberto, Isabel y sus dos hijas (Isabel y Margarita) formaban la perfecta familia británica. Muy queridos por la población, su modélica (y aburrida) vida doméstica contrastaba enormemente con la que llevaba el príncipe de Gales: aficionado a las fiestas, el lujo, el juego y, sobre todo, a las mujeres casadas, su conducta era motivo de gran preocupación para su padre. Al final de sus días, Jorge V anhelaba que fuera su segundo hijo quien, pese a sus deficiencias, heredara la corona. Llegó a desear que Eduardo nunca se casara ni tuviera hijos, para que así nada se interpusiera entre Bertie, su querida y mimada nieta Isabel y el trono. La relación de Eduardo con una divorciada estadounidense de dudosa reputación, Wallis Warfield Simpson, le inquietaba especialmente; su hijo era el príncipe de Gales más popular de la historia, y aun así parecía decidido a echarlo todo por la borda por “esa mujer”, como la llamaba siempre la duquesa de York. Poco antes de su muerte, el Rey vaticinó: “Cuando yo muera, el chico no aguantará ni doce meses”.

Por no aguantar, no aguantó ni once. Jorge V falleció en Sandringham el 20 de enero de 1936, y Eduardo VIII, decidido a casarse con la Sra. Simpson, abdicó el 11 de diciembre de ese mismo año, sin haber llegado siquiera a ser coronado.

Con enorme pavor, Alberto se vio haciendo frente a lo que siempre había temido: el trono. La reina Isabel y su suegra, la reina María, estaban espantadas: el Rey de Inglaterra había abandonado su deber por una mujer. La población se sentía abandonada y defraudada. ¿Estaría Alberto a la altura de las circunstancias? No lo parecía, en absoluto. La imagen de la Corona se hundió hasta cotas abisales.

El nuevo soberano eligió el nombre de Jorge VI en honor a su padre, para ofrecer una imagen de continuidad dinástica y restaurar la confianza en la monarquía. Fue coronado en Westminster el 12 de mayo del 36, fecha prevista para la coronación de su hermano. El escritor Evelyn Waugh auguró que aquél sería uno de los reinados más desastrosos de la historia de la nación, y los funestos acontecimientos que se sucedieron parecían darle la razón: los ignominiosos Acuerdos de Múnich, la Segunda Guerra Mundial, el dominio soviético sobre media Europa, la dura posguerra, la pérdida de la India, el fin del Imperio… Demasiado para un rey bienintencionado, tímido, inseguro, ingenuo, lleno de idealismo y partidario del apaciguamiento.

Es sorprendente lo mucho que, pese a todo, tenía en común con su padre: ambos eran segundones que, en principio, no tenían que haber llegado al trono; sirvieron en la Armada; vivieron sendas guerras mundiales; se casaron con mujeres de fuerte personalidad que fueron decisivas para reforzar la imagen de la monarquía en los tiempos difíciles que les tocó vivir; fueron admirados por su pueblo por su sentido del deber y eran demasiado idealistas y proclives a políticas de consensoque evitaran los conflictos. Pero a veces los conflictos son inevitables, como predijo Churchill, si bien pocos quisieron escucharle.

La opinión pública y el propio Jorge VI apoyaron la política de conciliación del Gobierno Chamberlain. Cuando éste regresó de Múnich, tras la firma de los indecentes acuerdos, el Rey le invitó a saludar a la multitud que se había congregado en Buckingham. Aquello era no sólo insólito (nunca antes un plebeyo había sido invitado a aparecer allí, en el real balcón, junto a los monarcas), sino inconstitucional: el Rey no podía mostrar jamás favoritismo político alguno, y con ese gesto indicaba inequívocamente que apoyaba la firma de los Acuerdos. Independientemente de que éstos fueran la solución acertada o no (que no lo eran), habían sido cuestionados por la oposición, y ni siquiera se habían presentado aún ante el Parlamento.

Por suerte, durante la guerra Jorge VI no tuvo como premier a Chamberlain, sino a Churchill, con el que forjó una extraordinaria alianza. En un principio, el Rey no estaba muy conforme con que éste fuera el elegido para formar gobierno, pues era de los pocos que habían apoyado a Eduardo VIII durante la crisis de la abdicación; pero ambos eran demasiado responsables y profesionales como para permitir que aquello afectara a la nación, especialmente en esas terribles circunstancias. Al final, el monarca acabó entusiasmado con su jefe de Gobierno, al que siempre agradeció su labor durante la guerra. Resulta curioso que dos personalidades tan distintas acabaran entendiéndose tan bien. Tal vez la clave estuviera en que el Rey, en todo momento, fue consciente de su papel secundario. No hubo celos, intrigas ni camarillas, sino una relación sincera y un esfuerzo común por conducir el país a la victoria.

Jorge VI dio lo mejor de sí mismo durante la guerra. Demostró poseer no sólo el sentido del deber característico de la Casa de Windsor (corramos un tupido velo sobre las ilustres excepciones, o no acabaríamos jamás), sino un valor y una dedicación extraordinarios, que le hacían sobreponerse a su timidez, a su inseguridad e incluso a su tartamudez. Junto con su mujer, se negó a abandonar Londres durante el Blitz (no cambió de opinión ni siquiera cuando dos bombas cayeron en pleno Buckingham), insistió en tener una cartilla de racionamiento como sus súbditos y visitó refugios subterráneos, hospitales e infinidad de zonas devastadas por los bombardeos. Su labor para levantar la moral de la población contribuyó decisivamente a la victoria final.

El pueblo quería a los Reyes, sentía que comprendían y compartían su sufrimiento; por eso el 8 de mayo de 1945, el Día de la Victoria, una multitud se congregó espontáneamente ante el palacio de Buckingham para celebrar el fin de la pesadilla. Junto a ellos se hallaba, como en 1938, un primer ministro, pero esta vez con todo merecimiento: Jorge VI quiso compartir aquel momento con el hombre que lo había hecho posible, Winston Churchill.

Tras la guerra se sucedieron los disgustos para el monarca. Churchill fue derrotado en las elecciones por los laboristas, que adoptaron una serie de medidas que para nada eran del agrado de Su Majestad: nacionalizaciones, impuestos, la independencia de la India… Jorge VI no se mostró, en sus últimos años, muy optimista respecto al futuro de la monarquía; creía que incluso él, con toda su popularidad, podía perder el trono en un plazo relativamente breve de tiempo.

Su salud, ya de por sí débil, se deterioró rápidamente tras el esfuerzo de los últimos años. En 1949 hubo de ser intervenido en una pierna debido a la arterioesclerosis, y en 1951 le extirparon el pulmón izquierdo: padecía cáncer, para el que no había recibido el tratamiento adecuado (su médico personal era homeópata). Tras una breve recuperación, Jorge VI falleció en Sandringham, mientras dormía, el 6 de febrero de 1952, de una trombosis coronaria. Fue enterrado en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor.

Jorge VI no fue, desde luego, el monarca más brillante ni el más popular de la historia del Reino Unido. Cometió errores, y tenía numerosos defectos: era inculto, le gustaba el humor grueso, tenía una memoria extraordinaria para recordar los fallos ajenos, era proclive a los estallidos de ira. Sin embargo, también era un hombre recto, sincero, capaz de poner el interés nacional por encima del suyo propio. En una escena de El discurso del Rey, Alberto pregunta para qué sirve un monarca, dónde reside su poder: “En que la nación cree que cuando hablo, hablo por ella”, se responde a sí mismo. Sin duda, y pese a las dificultades, supo ser la voz de su pueblo.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 5-01-2011