Los archivos pulineros: Teodora, del circo al trono

Pues aquí os dejo un artículo que escribí sobre la muy intrigante, muy misteriosa y muy fascinante Teodora de Bizancio. Una santa o el demonio hecho mujer, según a quién leamos. En cualquier caso, una de las mujeres más poderosas e influyentes de la historia.

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Aventurera, prostituta, intrigante, vengativa, ambiciosa, heroína, santa… Detodas estas formas se ha descrito a la emperatriz Teodora, la mujer más poderosa de su época y una de las más enigmáticas de todos los tiempos.

El misterio que rodea a Teodora se debe tanto al hecho de que gran parte de su vida –la anterior a su matrimonio con el emperador Justiniano– no esté documentada y sólo se haya podido reconstruir sobre suposiciones y rumores, como a que su principal biógrafo fuera al mismo tiempo su más encarnizado detractor: Procopio de Cesarea.

Procopio es el historiador más famoso de su época, gracias fundamentalmente a su Historia de las guerras de Justiniano. Además de esta obra, dedicó a la pareja imperial Sobre los edificios, en el que glosa su programa de construcciones en Constantinopla; en realidad, es un panegírico de los soberanos en el que nuestro autor demuestra sus extraordinarias dotes para la adulación. Tanto almíbar se le debió de indigestar; además, estaba resentido con Justiniano y odiaba a Teodora, si bien ignoramos los motivos concretos de su inquina: puede que su nombramiento como prefecto de Bizancio y la concesión del título de Ilustre no fueran suficiente recompensa. El caso es que, ya fuera como pasatiempo, como instrumento de chantaje o como terapia para desahogarse, Procopio escribió una de las obras más venenosas, retorcidas y chismosas de todos los tiempos: laAnekdota, o Historia secreta, en la que retrata a Bizancio como una sociedad enteramente corrupta y degenerada, gobernada por dos demonios de forma humana, Justiniano y Teodora.

Esta última es quien peor parada sale: a su lado, Mesalina es una tímida colegiala. No hay vicio, depravación o crimen que le sea ajeno: robo, fraude, prostitución, zoofilia, aborto, tortura, brujería… El problema es que, aunque en la Historia secreta hay anécdotas evidentemente falsas, fruto del odio y la imaginación calenturienta de Procopio o de la chismografía de aquel entonces, no podemos descartar la obra entera: es un buen retrato de la época y hay datos son corroborados por otras fuentes, al menos en lo esencial; otros, si bien no verificados, sí resultan verosímiles, como los que se refieren a los orígenes de Teodora.

Teodora debió de nacer en el año 500; en algún lugar indeterminado del Imperio, probablemente en Siria o en Chipre, según las escasas fuentes de las que disponemos. Era la segunda de las tres hijas de un modesto matrimonio. De su madre no conocemos ni el nombre, y de su padre sólo sabemos que trabajaba como domador de osos en el Hipódromo de Constantinopla y que se llamaba, probablemente, Acacio. Los patronos de Acacio eran los miembros de la facción Verde. Éstos no eran los ecologistas de la época, ni mucho menos: la sociedad bizantina estaba radicalmente dividida en dos facciones, los Verdes y los Azules; originariamente no eran más que dos equipos que competían en las carreras del Hipódromo, pero con el tiempo se habían convertido en bandos que dominaban por completo la vida en Constantinopla, y a los que casi podríamos comparar con los partidos políticos actuales. Sus respectivos partidarios se enfrentaban a menudo y causaban desórdenes, que acababan generalmente con intervenciones de la guardia imperial y algunos de los cabecillas en prisión.

El padre de Teodora falleció cuando ella tenía seis años, y su madre no tardó en casarse de nuevo. Esperaba que los Verdes contrataran a su nuevo esposo para ocupar el puesto del difunto, pero no fue así. Por ello, esperando conmover al público y que los Verdes no tuvieran más remedio que reconsiderar su decisión, vistió a sus tres hijitas con túnicas y guirnaldas de flores y las hizo aparecer abrazadas a ella en medio de la arena del Hipódromo en uno de los intermedios, suplicando la compasión del respetable. Lo sentimental siempre vende, y aquella no fue una excepción: los Verdes no se ablandaron, pero los Azules sí, y contrataron al padrastro de Teodora. Ésta no olvidó jamás aquello y permaneció fiel a la facción Azul el resto de su vida.

Pero las hijas crecen y la madre de Teodora pronto se vio sin recursos para mantenerlas, por lo que las animó a dedicarse al espectáculo. La mayor, Comito, pronto se hizo actriz, con bastante éxito. En aquella época (como en casi todas) las actrices no tenían demasiada buena fama: se las consideraba prácticamente como prostitutas; de hecho, muchas combinaban ambas actividades. La hermana de Teodora parece haber formado parte de esta categoría, y pronto llamó a su hermana, por entonces de unos 12 años, para que la ayudara en calidad de sirvienta. Si hemos de creer a Procopio, Teodora no tardó en desbancar a Comito tanto dentro como fuera del escenario. Omitiremos aquí los pasajes más escabrosos de la vida de nuestra protagonista; los interesados pueden acudir a ese antecedente del Sálvame y similares que es la Historia secreta.

El caso es que Teodora acabó a los 16 años convertida en amante de un funcionario al que destinaron a Libia, adonde lo acompañó. La convivencia resultó un desastre, y al poco Teodora decidió regresar a Constantinopla. De vuelta a casa se detuvo en Alejandría, lo que cambió su vida para siempre. Fue acogida por la comunidad monofisita de la ciudad, y al parecer experimentó una conversión espiritual, abrazó el monofisismo y decidió abandonar su antigua vida.

Así, en Constantinopla no volvió a los escenarios ni a su disoluta conducta anterior. Una leyenda medieval asegura que se dedicaba a hilar lana en una humilde vivienda cercana al palacio imperial cuando conoció a Justiniano, sobrino del emperador Justino y verdadero soberano en la sombra. Lo más probable, sin embargo, es que ambos se conocieran por mediación de una tal Macedonia, antigua compañera de Teodora en el mundo del espectáculo y una de las informantes de Justiniano. El caso es que el sobrino del emperador quedó totalmente fascinado por ella y la hizo su amante. Ambos vivieron en concubinato varios años, y al parecer incluso tuvieron un hijo, si bien el niño moriría en la infancia. Teodora, por cierto, ya tenía una hija (como se diría ahora, “fruto de una relación anterior”), de la que ignoramos el nombre.

Justiniano estaba totalmente hechizado por Teodora (según Procopio, literalmente) y deseaba hacerla su esposa, pero una antigua ley prohibía a las actrices contraer matrimonio con personas de rango; además, la esposa de Justino, Eufemia, se oponía tajantemente al enlace, pues consideraba que aquélla era una mujer de baja estofa indigna de tan alto honor. Seguramente hablaba por experiencia: antes de casarse con Justino era una esclava analfabeta de nombre Lupicina (nombre muy común entre las prostitutas, dicho sea de paso). No fue hasta la muerte de su tía que Justiniano pudo convencer a Justino para que derogara la ley y le permitiera casarse con Teodora, en el año 525.

Por extraño que parezca, el matrimonio funcionó. Jamás se separaron ni tuvieron la menor disputa; y, por mucho que fastidiara a Procopio, por lo visto se guardaron fidelidad hasta la muerte. En el 527 fueron coronados coemperadores con Justino, y enseguida, sólo cuatro meses después, a la muerte de éste, se convierten en amos absolutos del Imperio. Por deseo de su esposo, Teodora no fue emperatriz consorte, sino soberana por derecho propio, su igual, su principal consejera y colaboradora. Justiniano era un hombre que, pese a sus orígenes campesinos, había recibido una esmerada educación en Constantinopla y estaba considerado un intelectual. Teodora, si bien carecía de formación, era una mujer inteligente, astuta y, sobre todo, tremendamente ambiciosa. Amaba el poder y no pensaba renunciar a él.

Así lo demostró en el acontecimiento más importante de su vida, la revolución llamada Nika.

Ya hemos comentado la rivalidad existente entre las facciones Verde y Azul, y los disturbios que provocaban regularmente en Constantinopla. Sin embargo, en el año 532 esas revueltas fueron más allá de las simples algaradas callejeras. Debido al descontento popular con la subida de impuestos y la corrupción generalizada de la administración, al frente de la cual se encontraban Juan de Capadocia y Triboniano. El pueblo exigía su expulsión, y por una vez Verdes y Azules se unieron en la protesta cuando sus cabecillas fueron encarcelados y condenados a muerte.

Las algaradas acabaron por convertirse en revolución: el pueblo se negaba a obedecer al ejército, tampoco al mismísimo emperador. Ni siquiera la facción Azul, con la que simpatizaban tanto Justiniano como Teodora, hizo caso del llamamiento a la calma, ni de la oferta de perdón para los alborotadores. Las calles se convirtieron en campos de batalla y Constantinopla se vio envuelta en llamas. Edificios como la antigua basílica de Santa Sofía o el Senado fueron arrasados por el fuego. Justiniano, que, pese a su inteligencia y brillantez, era un hombre bastante indeciso y, por lo visto, cobarde, decidió que lo mejor era huir de la ciudad. Con la ayuda de sus más cercanos, preparó la huida por mar; pero, inesperadamente, Teodora se negó a acompañarle.

Hasta el mismo Procopio se vio obligado a señalar que la reacción de la emperatriz fue impecable (puede, incluso, que, llevado por la lírica, adornara en exceso su narración de los hechos); con firmeza, a los presentes en palacio Teodora les dijo que, aunque fuera impropio que una mujer aconsejara a unos hombres asustados, no creía que huir fuera lo más digno. Un emperador jamás debía escapar. Todo el que nace morirá tarde o temprano, y ella prefería hacerlo como emperatriz. Nunca renunciaría a sus vestiduras imperiales ni a la dignidad que le conferían. Si Justiniano quería huir, podía hacerlo sin dificultad. Ella prefería seguir el antiguo dicho según el cual la púrpura es el más noble de los sudarios.

Impresionado y animado por el discurso de su esposa, Justiniano cambió radicalmente de actitud. Envió a sus dos mejores hombres, los generales Belisario y Mundo, a sofocar la revolución. Éstos aguardaron a que el pueblo se hallara reunido en el Hipódromo para las carreras, bloquearon todas las salidas y procedieron a la masacre: más de 30.000 hombres, mujeres y niños perecieron. El horror apagó instantáneamente la revuelta.

Naturalmente, aquello extinguió la poca popularidad que pudiera quedarle al emperador, y aún más la de la emperatriz, a la que casi todos despreciaban y consideraban instigadora de la represión. De nada sirvieron los magníficos programas de reconstrucción o beneficencia llevados a cabo por la pareja, o las numerosas reformas legales: su fama de crueles no les abandonaría.

Muchos vieron como un castigo divino el que la pareja no tuviera hijos. Por mucho que ambos lo desearan, y pese a que ya habían sido padres antes de su matrimonio, Teodora no volvió a concebir. Según los cronistas más piadosos, Teodora dedicó el resto de su vida a ocuparse de los más necesitados y a inspirar a su esposo reformas a favor de las mujeres y los desposeídos. Sin duda, Justiniano impulsó varias reformas en ese sentido, como la que confería a las mujeres el mismo derecho de propiedad que a los hombres, pero no es posible atribuir estas mejoras sólo a la influencia de Teodora, a la que algunos quieren ver como antecedente del feminismo militante y prototipo de las mujeres modernas y liberadas. Las reformas legales de Justiniano, en especial su compilación de las leyes romanas, constituyeron indudablemente un avance histórico, pero no fueron fruto de una decisión súbita o una inspiración genial del emperador, sino el resultado de un proceso que ya llevaba en marcha muchos años y que le precedía. Justiniano y Teodora llevaron a cabo grandes reformas, sí, pero es absurdo y antihistórico atribuirles ideas o modos de pensar progresistas.

Lo que es indudable es que Teodora marcó la época. Fiel al monofisismo hasta su muerte, fue la principal valedora de esta corriente ante el emperador, y a muchos de sus protegidos llegó a ocultarlos en sus propias estancias para librarlos de la persecución. Diversos historiadores la consideran culpable de fomentar la división del cristianismo oriental, mientras que otros sostienen que, bien al contrario, Teodora logró retrasar el cisma siquiera unos años.

La mujer más poderosa de su tiempo murió en el año 548, probablemente de un cáncer de pecho. Su desolado esposo jamás se recuperó y, pese a no tener herederos, no volvió a contraer matrimonio. La hizo sepultar con todos los honores en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Diecisiete años más tarde se reuniría allí con ella.

Hoy, ambos son venerados como santos por la Iglesia Ortodoxa, que celebra su festividad el 14 de noviembre. Cabe preguntarse qué pensaría de ello el viperino Procopio.

Publicado originalmente en el suplemento Historia de Libertad Digital el 21 de marzo de 2012.

Los libros de la(s) semana(s) (Del 18 de febrero al 3 de marzo)

Pues sí, ya son dos semanas y se me acumulan los libros, así que voy a intentar no extenderme mucho.

LEÍDOS

 The Pursuit of Italy, de David Gilmour (Penguin)

Por fin terminé uno de los libros con los que llevaba bastante tiempo. No es un libro para leer de una tacada, sobre todo si, como es mi caso, no se tienen demasiados conocimientos de la historia de Italia, especialmente de la moderna.
Hay que advertir que ésta no es una historia de Italia, o, al menos, una al uso. No se señalan aquí todos los hechos fundamentales, ni los personajes más sobresalientes. Se trata, por describirla de forma resumida, de una historia de la idea de Italia, de cómo el concepto de Italia como patria, como nación, ha ido evolucionando desde la época de los romanos hasta nuestros días. Naturalmente, se hace hincapié en la Unificación, y se analiza si ésta fue un acierto o un grave error que los italianos de hoy siguen pagando.

Es un libro ameno, documentadísimo y bien escrito. Me ha gustado especialmente la forma que tiene de desmontar tópicos, de cuestionar ideas que aparentemente se tienen como verdades intocables (la grandeza de ciertos personajes, las glorias del Risorgimento, la Italia rica y próspera del Norte desangrada por un Sur pobre y vago…). Gilmour razona y expone argumentos sólidos y convincentes, con imparcialidad, reconociendo méritos y fallos en unos y otros y manteniendo el interés del lector a lo largo de una obra extensa y  ambiciosa que pocos habrían sabido manejar.

Sólo en un par de ocasiones pierde el autor,  en parte,  esa equidistancia e imparcialidad: Cuando trata de personajes que le son especialmente queridos (Garibaldi, por ejemplo), aún reconociendo sus errores y fallos, no puede evitar contemplarlos con simpatía e indulgencia, lo que es comprensible, si bien esto chirría al contrastar con su habitual imparcialidad. Y el caso más flagrante, su manía por la Iglesia católica y su jerarquía, a la que no duda en acusar de numerosos defectos (muchos de ellos de forma justificada, bien es cierto), pero a la que no concede sus aciertos (alguno habrá tenido, digo yo, en casi dos milenios por tierras italianas) ni perdona sus fallos, como hace con sus personajes predilectos. No menciona muchas veces a la Iglesia, ciertamente, pero el tratamiento despectivo que le da destaca poderosamente en medio de una obra excelente.

Con todo, esos fallos no logran empañar un libro altamente recomendable y que incluyo ya entre mis favoritos.


¡Abajo el colejio!
, de Geoffrey Willians y Donald Searle (Impedimenta)

Uno de mis libros favoritos en inglés, por fin traducido al español. Y muy bien traducido, además. El diario de Nigel Molesworth, el terror de San Custodio, un arquetípico internado inglés, es una verdadera joya del mejor humor británico. Escrito con todas las faltas de ortografía habidas y por haber, lleno de comentarios carentes de respeto hacia directores, profesores y padres (por no hablar de los compañeros), plagado de planes a cual más absurdo para evitar clases, exámenes y demás incordios con los que los adultos, esos genios del mal, interrumpen la plácida existencia de un escolar. Con unas ilustraciones fantásticas y a la altura del texto, es imposible que este libro no haga reír. Ni siquiera el director de San Custodio podría resistirse

El lado bueno de las cosas, de Matthew Quick (DeBolsillo).

Me puse a leer este libro sin haber visto la película, lo que recomiendo. Tenía la intención de ver ésta después y comparar, y debo decir que no he podido hacerlo. Tanto el  libro como la película me han decepcionado un poco, pero por diferentes motivos. La película ha adaptado el libro de forma un tanto sui generis, modificando muchas cosas que en la novela son fundamentales, mejorando otras que me parecieron un error en el libro y cambiando mucho, demasiado quizá, a la mayor parte de los personajes.

Pero voy a juzgar el libro como tal, sin pensar en la película, y repito que me ha decepcionado. Esperaba algo más original, más profundo y, desde luego, mejor escrito. No es malo, ojo, sólo que esperaba más. Para no destripar demasiado el argumento, trata de un hombre, Pat, que sale del psiquiátrico en el que ha estado recluido una larga temporada por un trastorno bipolar. Y aquí empiezan los fallos: en mi nada experta opinión lo que tiene Pat no es un trastorno bipolar, sino ataques esporádicos de ira. Él no recuerda algunos hechos del pasado reciente, que ha bloqueado por un trauma. Sólo sabe que está separado de su mujer (por no haber sido un buen marido, según él mismo reconoce), y dedica todos sus esfuerzos a ser la clase de esposo que ella se merece y lograr que vuelva a su lado. Porque, piensa, eso es lo que pasa en las películas: el protagonista atraviesa crisis, duras pruebas y, finalmente, tras cambiar su comportamiento y lograr ser una persona mejor, recibe su recompensa: un final feliz. Y Pat considera que está viviendo la película de su vida y al final tendrá su final feliz, volver con su mujer.
La idea es prometedora, pero me temo que no da de sí todo lo que promete. Hay personajes poco trabajados, demasiadas cosas inverosímiles y por momentos se tiene la impresión de que Pat no es bipolar, ni iracundo, ni siquiera medio loco: parece un idiota o, la mayor parte del tiempo,  un adolescente especialmente memo. Al final del libro el propio Pat reconoce y explica ese comportamiento, que achaca a su enfermedad y a no haberse tomado su medicación regularmente, pero en mi opinión se debe a que el escritor no sabe muy bien cómo describir a alguien con un trastorno mental ni sabe tampoco cómo lograr que se note en una narración que alguien no está bien  de la cabeza y tiene un problema sin caer en la exageración y la distorsión.

Es un libro simpático, aunque a veces tengas ganas de abofetear al prota, lo que me fastidia especialmente cuando pienso que en la peli es Bradley Cooper, pero, sinceramente, no creo que recuerde nada de este libro dentro de dos meses. Sin pena ni gloria.

El sueño de Escipión, de Cicerón (Acantilado).

Pues todo lo contrario que el libro anterior: me ha entusiasmado. No sé si ya os he contado alguna vez que no tengo ni idea de filosofía, y no exagero. En el cole tuve un profesor nefasto, no aprendí nada y, lo que es peor, me quitó las ganas de aprender algo…hasta que he alcanzado esta provecta edad; ahora lamento no haberla estudiado antes.

Esta obrita es una verdadera maravilla. Me ha hecho pensar, reflexionar sobre mis ideas sobre el mundo y la vida, sobre lo que es importante y lo que no, y sobre la trascendencia de nuestros actos. Y creo que de eso, entre otras cosas, es de lo que trata la Filosofía, así que gracias al bueno de Cicerón por este milagro.

En este clásico, Cicerón coloca como protagonista a Publio Cornelio Escipión Emiliano, que, tras un banquete, narra a sus invitados un sueño en el que se le aparecen los espíritus de su padre, Emilio Paulo, y de su abuelo adoptivo, Escipión Africano, que le muestran cuán vanas son las glorias y la fama de este mundo, y cómo hay que aspirar a las del otro, el que nos aguarda tras la muerte. ¿Cómo alcanzarlas? ¿Qué virtudes hay que cultivar para ello, qué vicios hay que evitar? Leyendo esta breve narración lo descubrimos y vemos por qué esta obra es un auténtico clásico de la literatura y el pensamiento occidentales.

Me quiero hacer con el Comentarios al sueño de Escipión, de Macrobio, en Siruela.

Cuando acabe el invierno, de Mary Ann Clark Bremer (Periférica).

Libro que me ha hecho perder una tarde. Insufrible para mi gusto. Diario, o más bien, comentarios deslavazados de una snob que presume de gustos sencillos mientras se hace unos guantes a medida en Zurich, por ejemplo. Feminista, antisionista, y llena de superioridad moral; como es habitual en este tipo de personas, no vive de acuerdo a lo que predica.

En suma, los recuerdos pedantes e inconexos de una mujer pedante e inconexa, orgullosa de su “clase”, que se pasa medio libro hablando de que las mujeres deben sentirse libres e independientes (sobre todo no deben depender de un hombre), para acabar hablando de cómo ella, viuda, no volvió a ser feliz hasta que se casó por segunda vez.

Una pena. Me habían hablado muy bien de otro libro de esta autora que publicó anteriormente la misma editorial, pero me temo que éste no tiene nada que ver. Por cierto, escribir de forma caótica no es tener estilo; es escribir de forma caótica.

LEYENDO

Yom Kipur / El sueño de Makar, de Vladimir Korolenko (Hermida Editores).

Dos cuentos de un autor ruso desconocido para mí. Compré el libro por el título, pensando que sería una recopilación de cuentos judíos o algo similar, pero no es así. Son dos relatos ambientados en Rusia, muy breves, llenos de humor y sensibilidad a la vez, en los que se mezclan sueño, leyenda y realidad, muy bien escritas y que logran enganchar al lector. Me está gustando bastante.

Pese a que la portada es muy rara y me hacía temerme lo peor, lo cierto es que tiene sentido. Buena traducción. Un agradable descubrimiento.

Una pequeña historia de la filosofía, de Nigel Warburton (Galaxia Gutenberg)

Tratando de solucionar mi ignorancia filosófica me topé con este libro el domingo. La editorial es buena, las críticas también, y la reseña de la contraportada hacía presagiar que este libro era lo que andaba buscando…pero me temo que no va a ser así. Tiene pinta de ser muy light, excesivamente light, incluso para alguien sin conocimientos, como yo.

Voy a concederle el beneficio de la duda un par de capítulos más (voy por Boecio) antes de pasarme a otro libro más prometedor.

COMPRADOS

Sonetos, de William Shakespeare (Acantilado); La bella figura, de Beppe Severgnini (Hodder&Stoughton);  Cinco mujeres excepcionales, de James Lord (Elba), La estratagema, de Léa Cohen (Libros del Asteroide); Cuaresma con los Santos Padres, de Antonio González (Edibesa); La Teología de Joseph Ratzinger. Una introducción, de Pablo Blanco Sarto (Palabra).

Los libros del Papa

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Hoy ha sido el último día del pontificado de Benedicto XVI. Todos estos días, desde que anunció su despedida, han sido muy intensos y emocionantes. Hoy, con su humildad de siempre, se ha despedido del Vaticano y de Roma como Papa, y nos ha bendecido por última vez desde el balcón de Castelgandolfo.

Es un momento muy especial para los católicos y me está costando no dejarme llevar por el lado triste, que es no tener ya como Pontífice a este hombre extraordinario. Pero con su renuncia nos ha dado un nuevo ejemplo de fe, inteligencia y honestidad y, sobre todo, de amor a la Iglesia. Así que seré fuerte, pensaré de nuevo en lo mucho que nos ha dado Benedicto XVI y daré gracias por haber tenido la suerte de tener un Papa como él.

Os dejo mi entrada en el blog de LD Libros sobre los libros de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, que escribí como modesto homenaje a este gran hombre y gran Papa, cuya obra nos acompañará siempre.

Los archivos pulineros: El naufragio del White Ship

Hace tiempo que no rescato alguno de los articulejos con los que amenazaba amenizaba  a los pacientes lectores de los Suplementos de LD. Aquí va uno de ellos, publicado hace un añito. O tempora.

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Inglaterra, 1120. Enrique I reina desde hace 20 años. Es un monarca poderoso, cuyos dominios se extienden a ambos lados del Canal de la Mancha, que debe cruzar a menudo para ocuparse de sus territorios de Normandía. El paso del Canal, por breve que resulte, es siempre peligroso, especialmente en invierno, cuando fuertes vientos y oleajes provocan accidentes a menudo. Por ello, el rey nunca realiza la travesía pasado el mes de septiembre. Pero ese año tiene un motivo especial para demorar su viaje de regreso a Inglaterra: tras dos años de guerra, ha conseguido firmar la paz con el rey de Francia.

Desde que en 1066 Guillermo, duque de Normandía, conquistara Inglaterra, las disputas entre los monarcas ingleses y sus poderosos vecinos del continente fueron continuas. Los duques normandos, en principio vasallos del rey de Francia, vieron aumentado espectacularmente su poder con la conquista de Inglaterra. A partir de ese momento, estados vecinos como Flandes, Anjou o Maine veían a Guillermo y a sus sucesores como rivales por el dominio de las tierras galas. Guillermo trató de evitar problemas y suspicacias dividiendo sus posesiones entre sus hijos mayores: a Roberto le correspondió Normandía y a Guillermo II, Inglaterra. Pero con ello no logró sino agravar el problema: sus hijos trataron de arrebatarse mutuamente sus posesiones, los vecinos seguían mirándoles mal y los barones anglonormandos, con tierras a ambos lados del Canal, preferían tener un solo señor al que servir, no dos.

En aquellas circunstancias, hacía falta un hombre fuerte y a la vez hábil negociador para mantener a raya a parientes, vecinos y súbditos, y ni Roberto ni el disoluto y rapaz Guillermo II lo eran. Pero el tercer hijo de Guillermo el Conquistador sí reunía esas características: Enrique, astuto e intrigante, había apoyado ora a un hermano, ora al otro en sus disputas. Tanto había cambiado de bando, que éstos, desconfiados, hicieron testamento para legarse mutuamente sus posesiones en caso de fallecer sin herederos legítimos: todo con tal de que no heredara Enrique.

De nada les sirvió: cuando en 1100 Guillermo falleció sin hijos, en un accidente de caza en el mismo bosque en el que –¡oh, casualidad!– Enrique estaba cazando, éste vio llegada su oportunidad. Por muy atado y bien atado que creyeran sus hermanos tener el tema de la sucesión, el ascenso al trono en la Inglaterra normanda era más bien una cuestión de velocidad: había que ser el primero en llegar a Winchester a tomar posesión del tesoro real, el más rápido en deshacerse de los posibles rivales y opositores; y, naturalmente, había que encontrar antes que los demás un obispo afín que se aviniera a la coronación. Enrique completó las tres etapas en tiempo récord, antes de que Roberto pudiera protestar, ya que se hallaba en las Cruzadas. A su regreso, éste le declaró la guerra; mejor no lo hubiera hecho: Enrique le derrotó, lo mantuvo prisionero de por vida y le arrebató el ducado de Normandía.

Pero Enrique siguió teniendo problemas. Si bien en Inglaterra no hubo levantamientos durante el resto de su reinado, en el continente no cesaron las luchas. Un año especialmente difícil para él fue 1118: hubo de hacer frente a graves disputas con Anjou y guerrear contra Francia, lo que le mantuvo ocupado hasta el año siguiente, cuando derrotó al soberano francés y logró firmar un tratado de paz con el conde Foulques de Anjou. Según dicho tratado, la hija de Foulques se casaría con Guillermo Adelin (o Aetheling, término con el que los anglosajones designaban a los príncipes herederos), hijo de Enrique. El soberano normando tenía más de veinte hijos bastardos reconocidos, a los que colmaba de honores, pero sólo dos hijos legítimos: Guillermo, el heredero, y su hermana Matilde, casada con el emperador alemán Enrique V.

Enrique, tras vencer a Luis VI de Francia, logró que éste aceptara que su hijo Guillermo le prestase homenaje, lo que equivalía a reconocer al primero como señor de Normandía y a su hijo como legítimo heredero.

Todo había salido a la perfección en el continente. Tras las celebraciones que tuvieron lugar en Normandía, el soberano normando se hallaba listo para partir de regreso a Inglaterra el 20 de noviembre de 1120.

En el puerto de Barfleur le esperaba el snecca, el barco real con proa en forma de dragón típico de los normandos. Barfleur era el puerto más importante de Normandía, el mismo desde el que había partido en 1066 Guillermo el Conquistador rumbo a Inglaterra. Para colmo de casualidades, en el puerto se encuentra Thomas Fitzstephen, hijo del mismo capitán que había llevado al Conquistador a las Islas.

Fitzstephen pone a disposición del rey su nuevo barco: el White Ship (en francés, la Blanche-Nef), el Barco Blanco. Se trata de la nave más moderna y mejor preparada del momento, el orgullo de su capitán. Enrique prefiere seguir con sus planes de viaje originales y regresar en el snecca, pero para no desairar a Fitzstephen le propone que lleve a su hijo Guillermo y a su séquito.

Esa misma tarde parte el rey. Su hijo y sus compañeros, mientras, prefieren seguir con las celebraciones en el puerto. La comitiva estaba formada por la flor y nata de la nobleza anglonormanda: dos de los hijos bastardos del rey, Ricardo y Matilde, condesa de Perche; el conde de Chester y su hermano, tutor del príncipe; el sobrino favorito del rey, Esteban, hijo de su hermana Adela; un sobrino del emperador Enrique V… En total, unos 150 nobles, más sus sirvientes y la tripulación. Se calcula que se hallaban a bordo unas 300 personas.

El ambiente en el White Ship antes de zarpar es de fiesta, han consumido todo el vino que se encontraba en el puerto, con lo que el pasaje y la tripulación están completamente borrachos cuando la nave, por fin, se hace a la mar. Antes, sin embargo, uno de los pasajeros exige desembarcar: Esteban, el sobrino del rey y el único que permanecía sobrio a bordo. Según algunos narradores, no pudo soportar más el desenfreno que reinaba a bordo; otros, como Orderic Vitalis, brillante cronista de la época, explican que no probara el alcohol y desembarcara debido a una inoportuna diarrea. Y no faltan quienes sospecharan que tuvo algo que ver en la tragedia que siguió.

Ya es de noche cerrada cuando el White Ship zarpa. No hay luna, pero el mar está en calma. El príncipe y sus compañeros, animados por el vino, retan a los marineros a alcanzar al snecca y llegar antes que éste a Inglaterra. El barco es más rápido y moderno, y, siguiendo una ruta más corta, puede lograrlo, argumentan. Así, en vez de abandonar el puerto por el sur, la salida habitual, lo hacen por el norte. A menos de milla y media hay una roca semisumergida, llamada Quillebeuf. Nadie a bordo la ve y el barco choca contra ella. En cuestión de minutos el barco se hunde. Guillermo, dicen algunos cronistas, logró subir al único bote salvavidas, pero ordena regresar cuando oye los gritos desesperados de su hermana bastarda, la condesa de Perche. Los que aún se mantienen a flote se lanzan sobre el bote cuando lo ven regresar y, en su desesperación, lo hacen volcar: todos los que iban a bordo se ahogan en las heladas aguas del Canal.

Pasan las horas y de los pasajeros del White Ship sólo dos se mantienen con vida, aferrados a un remo: un noble llamado Geoffrey Fitzgilbert y un carnicero de Rouen llamado Berold, que había subido a bordo para cobrar lo que le adeudaban unos miembros del séquito del príncipe. Fitzgilbert no resiste mucho más y se suelta del remo. A la mañana siguiente tres pescadores rescatan al único superviviente de la tragedia, el carnicero Berold, cuyo chaleco de basta piel de oveja le ha ayudado a no morir congelado.

Orderic Vitalis cuenta que Thomas Fitzstephen, el capitán y armador, se habría salvado también, pero que, ante la perspectiva de comparecer ante el rey y tener que anunciarle la muerte de su hijo, prefirió ahogarse. La reacción de Enrique I cuando, días después, se atrevieron a darle la noticia de la tragedia fue no sólo la de un padre al perder a un hijo, sino la de un monarca que ve que sus planes de sucesión, fruto de costosas alianzas, guerras e intrigas, se vienen abajo. Fue tal su desesperación, que se desmayó y, según las crónicas, nunca volvió a sonreír.

El naufragio del White Ship no sólo tuvo consecuencias en la sucesión al trono: muchas familias nobles de Inglaterra y Normandía habían perdido a sus descendientes. El caos hereditario duraría décadas. Enrique trataría infructuosamente de engendrar un nuevo heredero legítimo contrayendo matrimonio apenas dos años después con una joven condesa de Lorena. Al fracasar en sus intentos intentará que los barones acepten a su hija Matilde, viuda del emperador alemán, como heredera. Aunque éstos la jurarán como tal en dos ocasiones, de nada servirá: Enrique muere en 1135 de una indigestión tras un atracón de lampreas, y el primero en llegar a Winchester y hacerse coronar no será Matilde, sino Esteban, el sobrino del rey que milagrosamente se salvó de morir ahogado en la aciaga noche del 20 de noviembre de 1120.

La guerra civil que asolaría Inglaterra durante veinte años estaba a punto de comenzar.

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Publicado originalmente en el Suplemento Historia de Libertad Digital el 22 de febrero de 2012.

Los libros de la semana (Del 10 al 17 de febrero)

Ha sido una semana bastante atareada, también en lecturas.

LEÍDOS

Siempre hemos vivido en el castillo, de Shirley Jackson (Minúscula)

Cuento de hadas, de brujas, de hermanas que viven en una casa remota en medio del bosque. De muertes misteriosas y asesinatos sin resolver. De miedo y odio y talismanes protectores. De jardines, pasteles y gatos. Del amor y de la familia que nos quiere, y de la familia que nos vuelve locos. De cambios. De fuego. De príncipes codiciosos. De niños perversos. De fantasmas que están vivos. De castillos.

De todo eso y mucho más trata este libro especial y diferente, que gustará a adultos y a adolescentes tan especiales como Merricat, la protagonista de esta historia. Un clásico que ha gustado a lectores de todas las edades y a escritores tan conocidos como Stephen King, Dorothy Parker y Joyce Carol Oates, autora del estupendo posfacio que cierra esta edición y que está prohibidísimo leer hasta terminar de leer esta historia que sorprende y engancha sin que, realmente, sepa explicar muy bien por qué. Será la magia de las buenas historias.

También lo comenté en LD Libros, por si os apetece oírlo.

Nazi, komm raus!, de Christian Springer (LangenMüller)

Cuando hablamos de nazis huidos al extranjero, casi todos pensamos inmediatamente en Argentina, Brasil, Uruguay o incluso España. En la organización ODESSA. En películas como Marathon Man.

Lo que mucha gente no sabe es que destacados criminales nazis hallaron refugio en países como Egipto, Siria o Líbano. Que los países árabes cooperaron con Hitler y que personajes tan siniestros como el Gran Muftí de Jerusalén Ammin Al-Husseini o el Primer Ministro iraquí Rashid Alí eran simpatizantes y aliados de los nacionalsocialistas y pasaron la II GM en Berlín como huéspedes de Hitler.

De esa conexión nazi-árabe trata este libro, más concretamente, de la peripecia de un joven actor alemán, Christian Spinger, enamorado de Siria, que un buen día descubre que en ese país se oculta uno de los más destacados criminales nazis, Alois Brunner, la mano derecha de Eichmann.Desde ese momento, y pese a no contar con el respaldo de nadie ni con mucha información, el joven Springer se dedicará, durante años, a recoger pistas, testimonios que le conduzcan a Brunner (o, como se hace llamar en Siria, Georg Fischer). Lo más terrible de todo no es que Brunner se paseara con total impunidad por Damasco, amparado y protegido por las autoridades, ni que el régimen de los Assad negara siempre que el asesino nazi estuviera en el país: lo que horroriza y llena de vergüenza es que nadie moviera un dedo para lograr la extradición de Brunner, condenado a muerte en Francia, y buscado por cazadores de nazis como Simon Wiesenthal o los Klarsfeld. Ni Alemania, ni la UE, ni la ONU;  nadie hizo nada ni se interesó por el asunto hasta que fue tarde y por el camino “desaparecieron” importantes pruebas que podrían haber revelado mucho de lo que pasó en Alemania tras la guerra, y de las sombras del proceso de “desnazificación”.

Un libro que resulta a veces un tanto desordenado y confuso, con numerosos saltos temporales, pues su autor no es escritor ni historiador, y no acierta a saber encajar las partes históricas con las anécdotas y peripecias de su aventura siria, si bien ambas partes son muy interesantes en sí mismas: es la mezcla lo que resulta confuso. Pero se perdona porque este libro cumple un propósito muy importante: recordar a las víctimas, tratar de descubrir quién y por qué ayudó a sus asesinos y demostrar que un solo hombre, un solo justo, puede hacer mucho. O, al menos, intentarlo.

La saga del sagú de Slattery, de Flann O’Brien (Nórdica)

Un libro bien curioso, no sólo por el tema y el peculiar estilo del escritor, sino porque es el último que escribió O’Brien. Inconcluso a la muerte del autor, Nórdica recupera ahora lo poco (unos capítulos) que dejó escritos.

Es difícil juzgar esta obra; lo que se nos presenta es interesante, sugestivo, divertido y bien escrito. Afirman algunas de las críticas que acompañan a la obra que el libro prometía convertirse en el mejor del autor irlandés. Creo que lo poco que nos ha llegado no permite afirmarlo: apenas conocemos a media docena de personajes, cuya importancia posterior en la obra desconocemos. La trama no está siquiera planteada: sabemos que va a tener que ver con la misteriosa planta del sagú, con Irlanda y con los Estados Unidos, pero nada más. Ni siquiera sabemos si  O’Brien, de haber vivido, habría llegado a terminarla o, a mitad de la narración, habría decidido que no le gustaba o no le interesaba y la habría abandonado. O si la versión definitiva, de haber existido, conservaría trama y personajes tal y como se insinúan en estas pocas páginas.

Si nos centramos sólo en lo que leemos: es divertido, retrata muy bien, en algunos golpes estupendos, los caracteres de irlandeses, estadounidenses y escoceses, a los que el cáustico autor aprovecha para repartir estopa con su estilo habitual. La historia promete, y realmente se queda uno con ganas de saber cómo continuaría la obra.

El problema, y el motivo por el que creo que la editorial se equivoca al publicar este libro, es que no es una versión completa de un libro que el autor no tuvo tiempo de revisar y corregir, o una serie de cuentos que se queda a medias. Es un conjunto de capítulos que no sabemos a dónde nos llevaría si la obra continuara, y eso, en mi opinión, no es una novela, ni debe venderse como si lo fuera. Para el estudioso puede ser interesante; para el lector es frustrante. No es una “obra póstuma”, como anuncia la editorial. Es algo que se quedó a medias y no sabemos qué habría llegado a ser. No llega a la categoría de “obra”, sino de “proyecto”.

Juzgando lo escrito, un notable alto; juzgando la publicación en general, un suspenso. Especialmente porque el precio es el de un libro entero.

El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono. Ilustraciones de Joëlle Jolivet (Duomo-Nefelibata)

Una bellísima historia, no sé si real o no, y la verdad es que eso no importa, sobre la generosidad, la humildad, el esfuerzo y el amor a la naturaleza y al ser humano. En este cuento se pone de manifiesto cómo el hombre puede ser colaborador en la labor divina. En este caso, con la muy evocadora imagen del hombre que planta semillas que dan fruto bueno y abundante; aunque éste no lo llegue a recoger el sembrador, alimentará (física y espiritualmente)  a quienes vengan después de él.

A veces de lo pequeño nace algo muy grande. De las bellotas que planta el protagonista de esta historia nacen robles, pero también esperanza, belleza y una vida nueva para muchas personas. Un libro con muchas moralejas posibles, pero que, incluso sin ellas, se puede disfrutar porque es una historia bonita, interesante y bien narrada.

Esta edición cuanta con unas preciosas ilustraciones y dos pop-ups, uno al principio de la historia y otro al final, que sirven para comprobar visualmente la diferencia que marca la acción de un sólo hombre en las vidas de muchos. Un libro perfecto para todas las edades.

LEYENDO

The Pursuit of Italy, de David Gilmour (Penguin)

Pues como ya os he contado aquí y aquí cómo iba, y esta semana sólo he podido llegar a un poco después de la Segunda Guerra Mundial, no añado más.

Me está costando acabarlo, y no porque no sea estupendo.

 

 

Hermanito y hermanita, y otros dieciséis cuentos que no están en los libros, de Jacob y Wilhelm Grimm (Nordica ebook)

Ocurre un poco con este libro como con el de Flann O’Brien que he comentado antes: son cuentos recopilados por los Hermanos Grimm y que publicaron en varias revistas, volúmenes de relatos, etc., pero que posteriormente (salvo tres o cuatro cuentos) fueron editados y reescritos por los autores para la versión definitiva de sus famosísimos libros de cuentos (en algunos casos los cambios son numerosos respecto al original). Algunas de las historias que aquí aparecen resultan chocantes, no tanto por el tema como por la estructura y el lenguaje. Me temo que será otro caso de libro que resulta curioso como anécdota o interesante para los estudiosos de la materia, pero no para el lector corriente, que puede sentirse (con razón) un tanto confundido al ver cuentos que parecen escritos por alguien que no sabe escribir. Y los Hermanos Grimm, desde luego, sabían.

Veremos cómo acaba la cosa.

¡Abajo el colejio!, de Geoffrey Willians y Donald Searle (Impedimenta)

Cuando me enteré de que habían editado este libro me eché a temblar: es, seguramente, uno de los libros más divertidos que había leído en inglés, pero su estilo, su humor, su mero planteamiento (el narrador es un escolar gamberro que escribe con faltas de ortografía bastantes para batir el récord Guinness a perpetuidad) me hacían pensar que sería intraducible.

Como de costumbre, me equivocaba. Jon Bilbao, el traductor, hace un magnífico trabajo y convierte este libro en una verdadera joya. Impresionante. Bravo a la editorial por arriesgarse y por traernos este clásico del humor inglés pata negra (o black leg, I presume) que estoy disfrutando como una enana. (Alguien me tiene que explicar un día por qué disfrutan tanto los enanos y por qué se aburren las ostras.)

COMPRADOS

 Constantine the Emperor, de David Potter (OUP); Israel: An Introduction, de Barry Rubin (Yale University Press); Christ Stopped at Eboli. The Story Of A Year, de Carlo Levi (Levi Press);  Nazis on the Run. How Hitler’s Henchmen Fled Justice, de Gerald Steinacher (OUP); Mossad, de Michael Bar-Zohar y Nissim Mishal (Ecco); When General Grant Expelled the Jews, de Michael D. Sarna (Schocken); Spies Against Armaggedon, de Yossi Melman y Dan Raviv (Levant Books); Necesario pero imposible, de Javier Gomá (Taurus); The Dialectics of Secularization, de Joseph Ratzinger y Jürgen Habermas (Ignatius Press); True Freedom: On Protecting Human Dignity and Religious Liberty, de Timothy Dolan (Random House); Prayer, de Hans Urs von Balthasar(Ignatius Press); Credo, de Hans Urs von Balthasar (Ignatius Press); Milestones, de Joseph Ratzinger (Ignatius Press); Mein Bruder der Papst, de Georg Ratzinger (Herbig); Der Schattenmann: Von Goebbels zu Carlos, de Willi Winkler (Rowohlt Berlin); Hitlers Muslime: Die Geschichte einer unheiligen Allianz, de Volker Koop (Bebra Verlag); Schweigen die Täter, reden die Enkel, de Claudia Brunner y Uwe von Seltmann (Fischer Taschenbuch); Persilscheine und fälsche Passe, de Ernst Klee (Fischer Taschenbuch); Halbmond und Hakenkreuz: Das Dritte Reich, die Araber und Palästina, de Klaus Mallmann und Martin Cüppers (Primus Verlag).

Superioridad moral

Un imbécil solemne, un indignasuno indocumentado, un Nadie con licencia para la demagogia, que responde al nombre de Gorka Otxoa, ha dicho en su Twitter (la de basura que cabe en 140 caracteres):

“El PP es culpable directo de la muerte de los 2 ancianos q iban a ser deshauciados [sic]. Tiene las manos llenas de sangre. Q lo sepan sus votantes”.

Yo había tenido la suerte de no enterarme, por el bien de mi hígado, hasta que he leído este estupendo artículo de mi amigo Mario Noya que, como de costumbre, lo clava. Leedlo, os lo recomiendo.

Y ésa es la superioridad moral de la izquierda, que ya conocemos bien, pero que no deja de sorprendernos cada vez que alcanza nuevas y abismales cotas de miseria.

Por otro lado, a muchos kilómetros (reales y metafóricos) de Otxoa El Valiente, un hombre sabio, anciano y humilde nos mostraba una vez más lo que es la verdadera superioridad moral:

“Muchos parecen dispuestos a rasgarse las vestiduras frente a los escándalos e injusticias -naturalmente cometidos por otros- pero pocos parecen dispuestos a actuar sobre el propio corazón, sobre la propia conciencia y las propias intenciones, dejando que el Señor transforme, renueve y convierta.”

Pues eso, el que tenga oídos para oír, que oiga. Y el que no, a seguir tuiteando basura.

Vídeo

Un paseo por Múnich

Desde hace un par de días tengo que trabajar en el portátil, no en el Mac grande de casa, y así he podido ver que tenía en él unas cuantas fotos de cuando estuve viviendo unos meses en Múnich de las que ya no me acordaba.

Con la tontería, me metí en Youtube, a ver qué tal funcionaba su editor de vídeos a partir de unas fotos; no está mal, pese a que sigo prefiriendo mis iMovie y iPhoto, especiales para torpes como yo. Pero es completito, salvo en el apartado musical; no permite (o yo no sé) subir tu propia música, tienes que elegir entre lo que tienen. Elegí “Rosen aus den Süden”, de Strauss, porque no encontré otra cosa que le fuera mejor, y además es de mis valses preferidos (aunque sea austriaco, como son vecinos de los bávaros usaremos la manga ancha).

Las fotos están sin retocar y se nota, y en esos meses hice cosas mejores, pero al final el resultado no me disgusta; pensaba borrarlo pues era sólo una prueba, pero lo voy a conservar porque me ha recordado mis paseos vespertinos por la ciudad; trataba de descubrir sitios nuevos, pero los lugares que aparecen en el vídeo son, al final, los más habituales en mi ruta.

Espero que os guste.